viernes, noviembre 30, 2012

jueves, noviembre 29, 2012

Hokusai y Dalí o Dalí y Hokusai

Se da la casualida de que entre esta y la pasada semana me he empujado un par de interesantes cómics de dos famosos pintores con muchas mas cosas en común de lo que podría parecer en un principio, pese a ser de estilos, paises y épocas que por razones obvias nada tienen que ver entre si.

La cosa es que una vez leidas las dos obras que nos ocupan en inevitable establecer ciertos paralelismos entre dos grandes genios pictóricos, como veremos tras hablar de estos buenos cómics cuasidocumentales, biopics que se dice ahora.

  
Comencemos con el primero que cayó, el innegablemente interesante a priori Dalí de Baudoin.

Nos dice la bilbaina editorial Astiberri, en la ficha de su web, que con motivo de la gran exposición retrospectiva sobre la obra de Dalí que se inauguró en París el 21 de noviembre, el Centro Pompidou invita a Edmond Baudoin, uno de los más prestigiosos autores de cómic europeo, a reflexionar sobre el pintor, asi que este, al que de inicio no le gusta el amigo Salvador, se mete ni corto ni perezoso en el entuerto de dibujar algo al respecto, supongo que por una buena pasta, y lo que le sale es un más que interesante documental, sellado por su reconocible estilo fajado en al novela gráfica de calidad, en el que cual profundiza en el día a día del genio, siguiendole a traves de fechas y sucesos o anécdotas importantes en su vida, por el contenido artístico, social o la huella personal que dejaron al hombre que se enamorara locamente de Gala.


Interesante por la tanto por motivos varios, ya seas fan de la obra de Dalí y quieras saber mas al respecto, o quieras conocer el cómo y el porqué de tal cuadro, o tratar de acercarte a la extraña persona y extraño personaje que era este, el primer gran artísta global en cuanto a lo comercial de su día a día, un genio que fué mas genio que nadie y que nunca, por ser el primero y más osado, llamando la atención sobre lo que hacia en todo momento y convirtiendose él mismo en una obra de arte, siempre por la pasta, el reconocimiento y la busqueda de un estilo y unos limites a los que nunca parecía llegar, con el tormento que esto le pudo suponer a la persona.

Por supuesto, y de esto no tengas ninguna duda, también te puedes acercar a esta lectura buscando el buen hacer habitual de Baudoin, que no defrauda, jugando con el trazo de su pincel página tras página, reinterpretando las obras de protagonista a su aire, pero sin perder un ápice de fidelidad, mientras se incluye como dubitativo personaje narrador de la obra, que descubre lo enorme del famoso artistas a la vez que el lector, lo cual le añade un toque de proximidad y humanidad al conjunto.

Y por supuesto, si no has leido nada de Dalí, ni sabes nada de su obra y milagros, o desconoces el buen hacer del señor Edmon, este es igualmente un buen momento.

Puntuación: Notable


Seguimos con el, grata sorpresa ha sido, Hokusai de Shotaro Ishinomori, autor desconocido para un servidor, que sin embargo es de reconocido prestigio en el pais del sol naciente, y que nos trae mas de 600 jugosas páginas con la vida, obra y milagros del conocido pintor japonés, considerado uno de los más influyentes de todos los tiempos allá, y en algunos lugares de por acá.

Estamos en la legendaria Era Edo japonesa, en el caso de la vida del artísta medio siglo antes y medio siglo despues de 1800, donde un chaval de origen humilde sueña con dibujar y dibuja hasta soñando, mientras trata de medrar avanzando en su destino complicado, que parece no ha de llevarle por cuna por el camino del arte, absorbiendo como una esponja los estilos de todos los maestros del dibujo que le rodean, queriendo por encima de todo encontrar su propio estilo.

Vemos dibujar y dibujar a nuestro prota cuando crece, siendo este un punto a tener en cuenta en el tebeo, ya que funciona a las mil maravillas, pese a centrarse unicamente en él, como fresco costumbrista de aquellos años que nos ocupan, con sus lugares y sus gentes.

Y llega un momento en el que el amigo comienza a ganarse una cierta popularidad con sus dibujos e historias folletinescas y....

Personaje antes que persona, Hokusai, el Viejo Pintor Loco, se vendió a si mismo y a su obra como nadie nunca había hecho antes en ningún lugar del mundo mundial, que para él y los que le rodeaban era el Japon no globalizado de entonces, mientras dejaba de lado sus obligaciones familiares y demás, viviendo la vida loca.



Interesante lectura por la tanto por motivos varios, ya seas fan de la obra de Hokusai y quieras saber mas al respecto, o quieras conocer el cómo y el porqué de tal cuadro, o tratar de acercarte a la extraña persona y extraño personaje que era este, el primer gran artísta global en cuanto a lo comercial de su día a día en el lejano Japon de la Era Edo, un genio que fué mas genio que nadie y que nunca, por ser el primero y más osado, aquel que cambió varias veces de nombre y residencia mientras la fama le perseguía, dibujó cientos y cientos de folios, cuadros, murales o libros entre otras cosas, por favores, por dinero, por fama o por fardar, reflejó en su famoso Hokusai Manga el día a día del Japon de su época en sus insuperables 15 volumenes, y todo ello mientras follaba y follaba como si el mundo se fuera a acabar mañana. Un crack adelantado a su época que sin enbargo siempre estuvo poseido por la hambrienta busqueda de ese, su estilo personal.

Por supuesto, y de esto no tengas ninguna duda, también te puedes acercar a esta lectura buscando el buen hacer de Shotaro Ishinomori, que no defrauda, entregandonos un cómic adulto, un estupendo seinen cercano a un gegika, con un dibujo fiel a su estilo clásico, sencillo que no simple, trabajado y magnífico en lo narrativo, comportandose como un docudrama que no pierde la fuerza ni el norte en ningún momento.

Mención especial, (ademas de la imbatible relación precio-calidad con más de 600 páginas de buen cómic por 15 eurillos de ná en este caro y duro mercado de nuestra afición), merecen las trufas que pueblan el tomo, que nos dejan ver piezas que fueron dibujadas por este especial, gigantesco Hokusai, y que nos hace ver como hace 200 años este tio tenía que ser visto muy, pero que muy arriba.

Puntuación: Notable





Buda en el ático de Julie Otsuka



De un tirón se lee esta corta novela, que alegrías no te va a dar como se supone vista al sipnósis, y que nos cuenta la odisea de mogollón de mujeres y/o niñas japonesas que emigraron a Yankilandia en modo caravana de mujeres y que, una vez allá encontraron lo que buscaban en algunos casos aunque mayormente no.

Contexto histórico fiel, de un enorme pais en crecimiento, en el que nunca fueron bien miradas estas mujeres luchadoras que llovieron desde Boston a California, que además habrán de encontrarse una vez instaladas con menor o aún menor fortuna, con una guerra global en el que su pais de origen es el contrario.

Narrada con brio, de recibo es destacar el original y eféctivo metodo que usa la escritora para hacernos llegar este multiple testimonio, poniendonos siempre en la mente de una mujer japonesa cualquiera, que habla por todas, mientras nos cuenta sus propias experiencias y las del resto del grupo o allegados.

Puntuación: Notable

Como muestra un botón:

"En el barco no podíamos saber que cuando viéramos a nuestros maridos por primera vez no tendríamos ni idea de quiénes eran. Que el grupo de hombres con gorras de ganchillo y abrigos negros harapientos no se parecían en nada a los jóvenes apuestos de las fotografías. Que las fotografías que nos habían enviado eran de hacía veinte años. Que las cartas habían sido escritas por personas distintas a nuestros maridos, profesionales con una caligrafía hermosa cuyo trabajo consistía en decir mentiras y ganarse corazones. Que cuando oímos pronunciar nuestros nombres por vez primera desde el otro lado del puerto, una de nosotras se taparía los ojos y se daría media vuelta – quiero volver a casa -, pero el resto de nosotras agachamos la cabeza, nos alisamos el kimono, descendimos por la rampa y nos encaramos a un día templado. “Esto es América – nos decíamos -, no hay por qué preocuparse”. Y estábamos equivocadas."

Ganadores de Expocómic 2012

Curiosity Shop (que no me he leido y ganas tengo) se lleva la palma, por otro lado el momento Azzarello/Risso en el Flashpoint de Batman hace bueno el boca a boca de la red.



Visto en Trazos en el Blog.

Vettel campeón remenber


Y mientras tanto Flash...


Máscara


En caso de Apocalipsis Zombie: 5 consejos para sobrevivir a la infección


Breaking News: Kaiju attack...!!



Otro viral del Pacific Rim de Guillermo del Toro. Pinta bien.

Test of the Kaiju Emergency Alert System



Viral del Pacific Rim de Guillermo del Toro. Pinta bien.

Science Fiction: A Supercut (Glitch Mob remix "Monday")

Bizarrismo Tercer Dan...


martes, noviembre 27, 2012

Los dos lobos y el viejo indio

Un viejo indio hablando con su nieto le decía:

" Me siento como si hubiera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los lobos es un lobo enojado,violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión".

El nieto preguntó:

-Abuelo, ¿ dime cual de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón ?

El abuelo contestó:

" Aquel que yo alimente.".

Relax: Copa y cigarrito

The Host 2 First Clip

Gggggggggggggggaaaaaaaaaaaaaaannnnnnnnnnnnnnnnnnaaaaaaaaaaaasssssssssssss.................!!!!!!!!!!!!!!

Super Chuck Norris Bros.

lunes, noviembre 26, 2012

Mi hijo Garikoitz hoy cumplió 4 años...!!!

Zorionak laztana, espero que seas algo menos enfermo que tu aita, que te dedica videos como este, (para que veas cuando seas más mayor por supuesto... )


jueves, noviembre 22, 2012

A Checkpoint Rock llegamos con Emel Mathlouthi desde Tunez, Egipto y Palestina (y en el resto del mundo)

 
Aqui os dejo los videos de Youtube de las más populares canciones de de esta cantautora tunecina, Emel Mathlouthi, que se hiciera famosa principalmente por dos de sus canciones protesta Ya Tounes Ya Meskina, (Poor Tunisia) y sobre todo Kelmti Horra (My World is Free), que se convirtió en himno de la revolución egipcia y tunecina. Famoso gesto suyo fué el que la llevó a cantar esta canción en Tunez tras una mani que acabó en su escenario, ante miles de personas.







Y por qué traigo esto ahora de repente...??? Pues porque la amiga vuelve a estar de actualidad, ya que lo de este lugar por descracia nunca pasa de moda, con esta otra canción, Nací en Palestina, asunto del que no creo haya que decir nada más.





PD: Esta última canción, la de Palestina, esta basada en Nací en Alamo interpretada por Remedios Silva, para la película Vengode Tony Gatlif.





Y dicho esto llegamos a Checkpoint Rock: Canciones desde Palestina, (en inglés Song from Palestine, en euskera Zuzenean) ,documental de Fermin Muguruza y el documentalista peruano Javier Corcuera, que como nos dice su sipnósis es un viaje por uno de los lugares sobre el que el mundo tiene puesta siempre su mirada, pero del que lo desconocemos casi todo. ¿Cuál es la música que pone voz y melodía a este lugar mítico? ¿Quiénes son sus músicos más representativos y cómo viven? ¿Qué piensan del destino único que les ha tocado vivir y cómo lo enfrentan a través de sus letras y melodías?

De los anuncios publicitarios y el neón de Tel Aviv a la pobreza y desesperanza de los territorios ocupados de Cisjordania y el gran campo de concentración en el que han convertido la franja de Gaza, con este Checkpoint Rock compartiremos con músicos muy distintos, de pueblo en pueblo y de checkpoint en checkpoint, un recorrido que cambiará la visión que tenemos de este pueblo en conflicto y también a nosotros mismos.

Pues ná, que aquí os lo dejo enterito, merece la pena sin lugar a dudas por escuchar el mensaje, conocer más y mejor, a un pueblo necesitado de una voz, de un vehículo, que como en cualquier otro lugar del mundo también puede ser la música y los músicos, que siempre transmiten algo más de lo que nos dejan ver los telediarios.






Ya falta menos para el fin del mundo...



Inteligencia

Cuando estaba en el ejército realice una de esas pruebas de aptitud intelectual, esas que todos los soldados realizan. Mi puntuación fue de 160, es decir, 60 puntos por encima del normal. Nunca antes alguien había obtenido un resultado así, y por esta razón durante dos horas hicieron un gran alboroto festejando mi logro (Esto no significo ninguna mejora para mi situación militar. Al día siguiente yo estaba en la cocina cumpliendo normalmente mi deber).

Toda mi vida he registrado puntuaciones similares a la descrita, así que tengo la sensación interna de que soy muy inteligente. Sin embargo estos índices lo único que significan en realidad, es que soy muy bueno en contestar el tipo de preguntas académicas que se consideran dignas, y que fueron realizadas por las personas que “inventan” las pruebas de inteligencia (¿personas con inclinaciones intelectuales similares a los mías?)

Una vez conocí a un mecánico de automóviles que de acuerdo a mi estimación no podría superar los 80 puntos en esas pruebas de inteligencia. Siempre di por sentado que era mucho más inteligente que el. Sin embargo, cuando algo funcionaba mal, lo miraba con ansiedad mientras exploraba las entrañas de mi automóvil y escuchaba sus declaraciones como si fueran oráculos divinos.

Pues bien, supongamos que mi mecánico de automóviles hubiese diseñado las preguntas para una prueba de inteligencia. O supongamos que un carpintero las formule, o un agricultor, o, de hecho, cualquiera que no fuese un académico. Seguramente no podría superarlas.

Si en este mundo yo no pudiese utilizar mi formación académica, mi talento verbal, y tendría que realizar tareas complicadas con mis manos, seguramente lo haría mal.

Mi inteligencia, entonces, no es absoluta, sino que es una función de la sociedad en que vivimos y el hecho de que una pequeña porción de la sociedad ha logrado imponer a los demás, cuales son las “normas” como un árbitro de esos asuntos.

Retomando el tema de mi mecánico, el tenía la costumbre de contarme chistes cada vez que me veía. Una vez levanto la cabeza de debajo del capó del automóvil para decirme: “Doc, un chico sordomudo entró en una ferretería a pedir unos clavos. Puso dos dedos juntos sobre el mostrador y luego hizo un movimiento de martillar con la otra mano. El empleado le trajo un martillo. Sacudió la cabeza y señaló a los dos dedos que estaba martillando. El empleado le trajo los clavos. Escogió el tamaño que quería, y se fue. Bueno, doctor, el siguiente tipo que entró fue un ciego. Quería tijeras. ¿Cómo cree que le preguntó por ellas? "

Indulgentemente levante la mano derecha e hice un movimientos de tijeras los dos primeros dedos. Acto seguido mi mecánico se rió ruidosamente y dijo: “Él usó su voz y pidió por unas tijeras”. Luego, con aire de suficiencia, dijo: “Durante todo el día me he burlado de mis clientes”. ¿Lo han acertado muchos? le pregunté. “Muy pocos”, dijo, “pero estaba seguro de que Ud. caería en la trampa.” ¿Por qué esa suposición? le pregunté. “Porque eres tan educado, doc, que sabía que no podría ser muy inteligente “.

Y tengo la incómoda sensación de que en su afirmación había algo de cierto…

Isaac Asimov

Humans Are Awesome 12 - Year of Summer 2012

Dumb Ways to Die

miércoles, noviembre 21, 2012

No lo digo yo...(y 7)

No lo digo yo...(y 6)

No lo digo yo... (y 5)

The Athlete Machine

Cello Wars (Star Wars Parody) Lightsaber Duel - ThePianoGuys

League of Legends: Turret Rush (live action)

Que pasa si una chica dice JIJI en Tuenti...??

martes, noviembre 20, 2012

Llega el Mercedes-Benz SLS AMG Black Series

 
 
460 y pico caballos, de 0 a 100 en 3 segundillos y medio de ná, se pone a 315....en fin, que si no sabeis que regalarme estas navidades...



Mas info y fotos aqui.

Gggggggggggggggggggggggaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaannnnnnnnnnnnnnn
nnaaaaaaaaaaaaaaaaaaassssssssssssssssssssss................!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Timun Mas publicará Wild Cards, editada por George R.R. Martin

En la entrevista que el portal Scyla publica emnsualmente con el editor de las editoriales Minotauro y Timun Mas, este ha comentado que van a comenzar a publicar la serie ‘Wild Cards’, creada, seleccionada y editada por George R.R. Martin, que cuenta con un gran numero de volumenes de relatos, que siguen publicandose. El proyecto de la editorial es publicar el primer libro en abril y el segundo después de verano.



Wild Cards, una serie de novelas y relatos en los que un virus alienígena mata o convierte a sus víctimas en los deformes "Jokers" o en "Aces" que tienen superpoderes. Las serie, que empezó a publicarse en 1987, trataba en las primeras entregas sobre los cambios que la aparición del virus causaba en la Tierra, mientras que en las últimas estos cambios son algo perteneciente al pasado y se centraban más en los Jokers y Aces. Martin no escribe todo el material de los libros, sino que sólo realiza un aporte y edita el trabajo de los numerosos colaboradores que han pasado por la serie, entre lo que han estado autores como Melinda M. Snodgrass (guionista de las series de TV Odyssey 5 y Star Trek: The Next Generation), Walter Jon Williams, Chris Claremont y el fallecido Roger Zelazny.

Teaser trailer de la 3ª Temporada de Juego de Tronos

Voyeur & Exhibicionista


Voyeur & Exhibicionista / Chica en minifalda y... por eyevoyeur

Prototype Quadrotor with Machine Gun!


No lo digo yo...(y 4)

sábado, noviembre 17, 2012

Hombre del sur

Eran cerca de las seis. Fui al bar a pedir una cerveza y me tendí en una hamaca a tomar un poco el sol de la tarde.
Cuando me trajeron la cerveza, me dirigí a la piscina pasando por el jardín.
Era muy bonito, lleno de césped, flores y grandes palmeras repletas de cocos. El viento soplaba fuerte en la copa de las palmeras, y las palmas, al moverse, hacían un ruido parecido al fuego. Grandes racimos de cocos colgaban de las ramas.
Había muchas hamacas alrededor de la piscina, así como mesitas y toldos multicolores; hombres y mujeres bronceados por el sol estaban sentados aquí y allá en traje de baño. Dentro de la piscina multitud de chicos y chicas chapoteaban, gritando y jugando al waterpolo, un poco en serio y un poco en broma.
Me quedé mirándolos. Las chicas eran unas inglesas del hotel en que me hospedaba. A los chicos no los conocía, pero parecían americanos, seguramente cadetes navales llegados en un barco militar que había anclado en el puerto aquella mañana.
Llegué hasta allí y me metí bajo un toldo amarillo donde había cuatro asientos vacíos, me serví la cerveza y me arrellané cómodamente con un cigarrillo entre los dedos.
Los marinos americanos congeniaban bien con las inglesas. Buceaban juntos bajo el agua y las hacían subir a la superficie sujetándolas por las piernas.
En aquel momento distinguí a un hombrecillo de edad, que caminaba rápidamente por el mismo borde de la piscina. Llevaba un traje blanco, inmaculado, y caminaba muy aprisa, dando un saltito a cada paso. Llevaba en la cabeza un gran sombrero de paja e iba a lo largo de la piscina mirando a la gente y a las hamacas.
Se paró frente a mí y me sonrió, enseñándome dos hileras de dientes pequeños y desiguales, ligeramente deslustrados.
Yo también le sonreí.
—Perdón. ¿Me puedo sentar aquí?
—Claro —dije yo—, tome asiento.
Dio la vuelta a la silla y la inspeccionó para su seguridad. Luego se sentó y cruzó las piernas. Llevaba sandalias de cuero, abiertas, para evitar el calor.
—Una tarde magnífica —dijo—; las tardes son maravillosas aquí, en Jamaica.
No estaba yo seguro de si su acento era italiano o español, pero lo que sí sabía de cierto era que procedía de Sudamérica, y además se le veía viejo, sobre todo cuando se le miraba de cerca. Tendría unos sesenta y ocho o setenta años.
—Sí —dije yo—, esto es estupendo.
—¿Y quiénes son ésos?, pregunto yo. No son del hotel, ¿verdad?
Señalaba a los bañistas de la piscina.
—Creo que son marinos americanos —le expliqué—, mejor dicho, cadetes.
—¡Claro que son americanos! ¿Quiénes si no iban a hacer tanto ruido? Usted no es americano, ¿verdad?
—No —dije yo—, no lo soy.
De repente uno de los cadetes americanos se detuvo frente a nosotros. Estaba completamente mojado porque acababa de salir de la piscina. Una de las inglesas le acompañaba.
—¿Están ocupadas estas sillas? —preguntó.
—No —contesté yo.
—¿Les importa que nos sentemos?
—No.
—Gracias —dijo.
Llevaba una toalla en la mano, y al sentarse sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor. Le ofreció a la chica, pero ella rehusó; luego me ofreció a mí y acepté uno. El hombrecillo, por su parte, dijo:
—Gracias, pero creo que tengo un cigarro puro.
Sacó una pitillera de piel de cocodrilo y cogió un purito. Luego sacó una especie de navaja provista de unas tijerillas y cortó la punta del cigarro puro.
—Yo le daré fuego —dijo el muchacho americano, tendiéndole el encendedor.
—No se encenderá con este viento.
—Claro que se encenderá. Siempre ha ido bien. El hombrecillo sacó el cigarro de su boca y dobló la cabeza hacia un lado, mirando al muchacho con atención.
¿Siempre? —dijo casi deletreándolo.
—¡Claro! Nunca falla, por lo menos a mí nunca me ha fallado.
El hombrecillo continuó mirando al muchacho.
—Bien, bien, así que usted dice que este encendedor no falla nunca. ¿Me equivoco?
—Eso es —dijo el muchacho.
Tendría unos diecinueve o veinte años y su rostro, al igual que su nariz, era alargado. No estaba demasiado bronceado y su cara y su pecho estaban completamente llenos de pecas. Tenía el encendedor en la mano derecha, preparado para hacerlo funcionar.
—Nunca falla —dijo sonriendo porque ahora exageraba su anterior jactancia intencionadamente—, le prometo que nunca falla.
—Un momento, por favor.
La mano que sostenía el cigarro se levantó como si estuviera parando el tráfico. Tenía una voz suave y monótona; miraba al muchacho con insistencia.
—¿Qué le parece si hacemos una pequeña apuesta? —le dijo sonriendo—. ¿Apostamos sobre si enciende o no su mechero?
—Apuesto —dijo el chico—. ¿Por qué no?
—¿Le gusta apostar?
—Sí, siempre lo hago.
El hombre hizo una pausa y examinó su puro y debo confesar que a mí no me gustaba su manera de comportarse. Parecía querer sacar algo de todo aquello y avergonzar al muchacho. Al mismo tiempo, me pareció que se guardaba algún secreto para sí mismo.
Miró de nuevo al americano y dijo despacio:
—A mí también me gusta apostar. ¿Por qué no hacemos una buena apuesta sobre esto? Una buena apuesta —repitió recalcándolo.
—Oiga, espere un momento —dijo el cadete—. Le apuesto veinticinco centavos o un dólar, o lo que tenga en el bolsillo; algunos chelines, supongo.
El hombrecillo movió su mano de nuevo.
—Óigame, nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto a que usted no puede encender su encendedor diez veces seguidas sin fallar.
—Le apuesto a que puedo —dijo el muchacho americano.
—De acuerdo, entonces..., ¿hacemos la apuesta?
—Bien, le apuesto cinco dólares.
—No, no, hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y deportivo. Ahora, escúcheme. Fuera del hotel está mi coche. Es muy bonito. Es un coche americano, de su país, un Cadillac...
—¡Oiga, oiga, espere un momento! —El chico se recostó en la hamaca y sonrió—. No puedo consentir que apueste eso, es una locura.
—No es una locura. Usted enciende su mechero y el Cadillac es suyo. Le gustaría tener un Cadillac, ¿verdad?
—Claro que me gustaría tener un Cadillac. —El cadete seguía sonriendo.
—De acuerdo, yo apuesto mi Cadillac.
—¿Y qué apuesto yo? —preguntó el americano.
El hombrecillo quitó cuidadosamente la vitola del cigarro todavía sin encender.
—Yo no le pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus posibilidades. ¿Comprende?
—Entonces, ¿qué puedo apostar?
—Se lo voy a poner fácil. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, póngamelo fácil.
—Tiene que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y que en caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le parece bien?
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda.
—¿Mi qué? —dejó de reír el muchacho.
—Sí. ¿Por qué no? Si gana se queda con mi coche. Si pierde, me quedo con su dedo.
—No le comprendo. ¿Qué quiere decir quedarse con mi dedo?
—Se lo corto.
—¡Rayos y truenos! ¡Eso es una locura! Apuesto un dólar. El hombrecillo se reclinó en su asiento y se encogió de hombros.
—Bien, bien, bien —dijo—. No lo entiendo. Usted dice que su mechero se enciende, pero no quiere apostar. Entonces, ¿lo olvidamos?
El muchacho se quedó quieto mirando a los bañistas de la piscina. De repente se acordó de que tenía el cigarrillo entre sus dedos. Lo acercó a sus labios, puso las manos alrededor del encendedor y lo encendió. Al momento, apareció una pequeña llama amarillenta. El americano ahuecó las manos de tal forma que el viento no pudiera apagar la llama.
—¿Me lo deja un momento? —le dije.
—¡Oh, perdón! Me olvidé de que usted también tenía el cigarrillo sin encender.
Alargué la mano para coger el encendedor, pero se incorporó y se acercó para encendérmelo él mismo.
—Gracias —le dije. Él volvió a su sitio.
—¿Se divierte? ¿Lo pasa bien? —le pregunté.
—Estupendo —me contestó—, esto es precioso.
Hubo un silencio. Me di cuenta de que el hombrecillo había logrado perturbar al chico con su absurda proposición. Estaba sentado muy quieto, y era evidente que la tensión se iba apoderando de él. Empezó a moverse en su asiento, a rascarse el pecho, a acariciarse la nuca y finalmente puso las manos en las rodillas y empezó a tamborilear con los dedos. Pronto empezó a dar golpecitos con un pie, incómodo y nervioso.
—Bueno, veamos en qué consiste esta apuesta —dijo al fin—, usted dice que vamos a su cuarto y si mi mechero se enciende diez veces seguidas, gano un Cadillac. Si me falla una vez, entonces pierdo el dedo meñique de la mano izquierda. ¿Es eso?
—Exactamente, ésa es la apuesta.
—¿Qué hacemos si pierdo? ¿Deberé sostener mi dedo mientras usted lo corta?
—¡Oh, no! Eso no daría resultado. Podría ser que usted no quisiera darme su dedo. Lo que haríamos es atar una de sus manos a la mesa antes de empezar y yo me pondría a su lado con una navaja, dispuesto a cortar en el momento en que su encendedor fallase.
—¿De qué año es el Cadillac? —preguntó el chico.
—Perdón, no le entiendo.
—¿De qué año..., cuánto tiempo hace que tiene usted ese Cadillac?
—¡Oh! ¿Cuánto tiempo? Sí, es del año pasado, está completamente nuevo, pero veo que no es un jugador. Ningún americano lo es.
Hubo una pausa. El muchacho miró primero a la inglesa y luego a mí.
—Sí —dijo de pronto—. Apuesto.
—¡Magnífico! —El hombrecillo juntó las manos por un momento—, ¡Estupendo! Ahora mismo. Y usted, señor —se volvió hacia mí—, será tan amable de hacer de... ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿Arbitro? ¿Juez?
Tenía los ojos muy claros, casi sin color, y sus pupilas eran pequeñas y negras.
—Bueno —titubeé yo—, esto me parece una tontería. No me gusta nada.
—A mí tampoco —dijo la inglesa. Era la primera vez que hablaba—. Considero esta apuesta estúpida y ridícula.
—¿Le cortará de veras el dedo a este chico si pierde? —pregunté yo.
—¡Claro que sí! Yo le daré el Cadillac si gana. Bueno, vamos a mi habitación. Se levantó.
—¿Quiere vestirse antes? —le preguntó.
—No —contestó el chico—. Iré tal como voy.
—Consideraría un favor que viniera usted con nosotros y actuara como arbitro. Se volvió hacia mí.
—Muy bien, iré. Pero no me gusta nada esta apuesta.
—Venga usted también —dijo a la chica—. Venga y mirará.
El hombrecillo se dirigió por el jardín hacia el hotel. Se le veía animado y excitado y al andar daba más saltitos que nunca.
—Vivo en el anexo —dijo—. ¿Quieren ver primero el coche? Está aquí.
Nos llevó hasta el aparcamiento del hotel y nos señaló un elegante Cadillac verde claro, aparcado en el fondo.
—Es aquel verde. ¿Le gusta?
—Es un coche precioso —contestó el cadete.
—Muy bien, vamos arriba y veamos si lo gana.
Le seguimos al anexo y subimos las escaleras. Abrió la puerta y entramos en una habitación doble, espaciosa, agradable. Había una bata de mujer a los pies de una de las camas.
—Primero tomaremos un martini —dijo tranquilamente.
Las bebidas estaban en una mesilla, dispuestas para ser mezcladas. Había una coctelera, hielo y muchos vasos. Empezó a preparar el martini.
Mientras tanto había hecho sonar la campanilla; se oyeron unos golpecitos en la puerta y apareció una doncella negra.
—¡Ah! —exclamó é! dejando la botella de ginebra.
Sacó del bolsillo una cartera y le dio una libra a la doncella.
—Me va a hacer un favor. Quédese con esto. Vamos a hacer un pequeño juego aquí. Quiero que me consiga dos..., no, tres cosas. Quiero algunos clavos; un martillo y un cuchillo de los que emplean los carniceros. Lo encontrará en la cocina. ¿Podrá conseguirlo?
¡Un cuchillo de carnicero! —La doncella abrió mucho los ojos y dio una palmada con las manos—. ¿Quiere decir un cuchillo de carnicero de verdad?
Sí, exactamente. Vamos, por favor, usted puede encontrarme esas cosas.
—Sí, señor, lo intentaré. Haré todo lo posible por conseguir lo que pide.
Después de estas palabras salió de la habitación.
El hombrecillo fue repartiendo los martinis. Los bebimos con ansiedad, el muchacho delgado y pecoso, vestido únicamente con el traje de baño; la chica inglesa, rubia y esbelta, que vestía un bañador azul claro y no dejaba de mirar al muchacho por encima de su vaso; el hombrecillo de ojos claros, con su traje blanco, inmaculado, que miraba a la chica del traje de baño azul claro. Yo no sabía qué hacer. La apuesta iba en serio y el hombre estaba dispuesto a cortar el dedo de su rival en caso de que perdiera. Pero, ¡diablos!, ¿y si el chico perdía? Tendríamos que llevarlo urgentemente al hospital en el Cadillac que no había podido ganar. Tendría gracia, ¿no es cierto?
En mi opinión, no habría por qué llegar a ese extremo.
—¿No les parece una apuesta muy tonta? —dije yo.
—Yo creo que es una buena apuesta —contestó el chico. Ya se había tomado un martini doble.
—Me parece una apuesta estúpida y ridícula —dijo la chica—. ¿Qué pasará si pierdes?
—No importa. Pensándolo un poco, no recuerdo haber usado jamás en mi vida el dedo meñique de mi mano izquierda. Aquí está. —El chico se cogió el dedo—. Y todavía no ha hecho nada por mí. ¿Por qué no voy a apostármelo? Yo creo que es una apuesta estupenda.
El hombrecillo sonrió y tomó la coctelera para volver a llenar los vasos.
—Antes de empezar —dijo— le entregaré al árbitro la llave del coche.
Sacó la llave de su bolsillo y me la dio.
—Los papeles de propiedad y del seguro están en el coche —añadió.
La doncella volvió a entrar. En una mano llevaba un cuchillo de los que usan los carniceros para cortar los huesos de la carne, y en la otra un martillo y una bolsita con clavos.
—¡Magnífico! ¿Lo ha conseguido todo? ¡Gracias, gracias! Ahora puede marcharse.
Esperó a que la doncella cerrara la puerta y entonces puso los objetos en una de las camas y dijo:
—Ahora nos prepararemos nosotros. Luego se dirigió al muchacho:
—Ayúdeme, por favor, a levantar esta mesa. La vamos a correr un poco.
Era una mesa de escritorio del hotel, una mesa corriente, rectangular, de metro veinte por noventa, con papel secante, plumas y papel. La pusieron en el centro de la habitación y retiraron las cosas de escribir.
—Ahora —dijo— lo que necesitamos es un cordel, una silla y los clavos.
Cogió la silla y la puso junto a la mesa. Estaba tan animado como la persona que organiza juegos en una fiesta infantil.
—Ahora hay que colocar los clavos.
Los clavó en la mesa con el martillo.
Ni el muchacho ni la chica ni yo nos movimos de donde estábamos. Con nuestros martinis en las mano, observábamos el trabajo del hombrecillo. Le vimos clavar dos clavos en la mesa a quince centímetros de distancia.
No los clavó del todo; dejó que sobresaliera una pequeña parte. Luego comprobó su firmeza con los dedos.
«Cualquiera diría que este hijo de puta ya lo ha hecho antes —pensé yo—. No duda un momento. La mesa, los clavos, el martillo, el cuchillo de cocina. Sabe exactamente lo que necesita y cómo arreglarlo.»
—Ahora el cordel —dijo alargando la mano para cogerlo—, Muy bien, ya estamos listos. Por favor, ¿quiere sentarse? —le dijo al chico.
El muchacho dejó su vaso y se sentó.
—Ahora ponga la mano izquierda entre esos dos clavos para que pueda atársela donde corresponda. Así, muy bien. Bueno, ahora le ataré la mano a la mesa.
Puso el cordel alrededor de la muñeca del chico, luego lo pasó varias veces por la palma de la mano y lo ató fuertemente a los clavos. Hizo un buen trabajo. Cuando hubo terminado, al muchacho le era imposible despegar la mano de la mesa, pero podía mover los dedos.
—Por favor, cierre el puño, excepto el dedo meñique. Tiene que dejar ese dedo alargado sobre la mesa. ¡Excelente! ¡Excelente! Ahora ya estamos dispuestos. Coja el encendedor con su mano derecha..., pero ¡espere un momento, por favor!
Fue hacia la cama y cogió el cuchillo. Volvió y se puso junto a la mesa, empuñando con firmeza el arma cortante.
—¿Preparados? —dijo—. Señor arbitro, puede dar la orden de comenzar.
La inglesa estaba de pie, justo detrás del muchacho, sin decir una palabra. El chico estaba sentado sin moverse, con el encendedor en la mano derecha mirando el cuchillo. El hombrecillo me miraba.
—¿Está preparado? —le pregunté al muchacho.
—Preparado.
—¿Y usted? —al hombrecillo.
—Preparado también.
Levantó el cuchillo al aire y lo colocó a cierta distancia del dedo del chico, dispuesto a cortar. El muchacho le observaba sin mover un miembro de su cuerpo. Simplemente frunció las cejas y le miró ceñudamente.
—Muy bien —dije yo—, empiecen.
El muchacho me hizo una petición antes de comenzar:
—¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor.
—Sí, lo haré.
Levantó la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedecita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.
—¡Uno! —dije yo.
No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender.
Dio otra fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña llama al final de la mecha.
—¡Dos!
El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecillo tenía el cuchillo en el aire y también miraba al encendedor.
—¡Tres!
—¡Cuatro!
—¡Cinco!
—¡Seis!
—¡Siete!
Desde luego era un mechero de los que funcionan a la perfección. La piedra chisporroteó y la mecha se encendió. Observé el pulgar bajar la tapa y apagar la llama. Luego, una pausa. El pulgar volvió a subirla otra vez. Era una operación de pulgar, este dedo lo hacía todo.
Respiré, dispuesto a decir ocho. El pulgar accionó la rueda, la piedra chispeó y la pequeña llama brilló de nuevo.
—¡Ocho! —dije yo al tiempo que se abría la puerta. Nos volvimos todos a la vez y vimos a una mujer en la puerta, una mujer pequeña y de pelo negro, bastante vieja, que se precipitó gritando:
—¡Carlos, Carlos!
Le agarró la muñeca y le cogió el cuchillo, lo arrojó a la cama, aferró al hombrecillo por las solapas de su traje blanco y lo sacudió vigorosamente, hablando al mismo tiempo aprisa y fuerte en un idioma que parecía español. Lo sacudía tan fuerte que no se le podía ver. Se convirtió en una línea difusa y móvil como el radio de una rueda.
Cuando paró y volvimos a ver al pequeño hombrecillo, ella le dio un empujón y lo tiró a una de las camas como si se tratara de un muñeco. El se sentó en el borde y cerró los ojos, moviendo la cabeza para ver si todavía podía torcer el cuello.
—Lo siento —dijo la mujer—, siento mucho que haya pasado esto.
Hablaba un inglés bastante correcto.
—Es horrible —continuó ella—. Supongo que todo ha ocurrido por mi culpa. Le he dejado solo durante diez minutos para lavarme el cabello y ha vuelto a hacer de las suyas.
Se la veía disgustada y preocupada.
El muchacho se estaba desatando la mano de la mesa. La inglesa y yo no decíamos ni una palabra.
—Es una seria amenaza —dijo la mujer—. Donde nosotros vivimos ha cortado ya cuarenta y siete dedos a diferentes personas y ha perdido once coches. Últimamente le amenazaron con quitarle de en medio. Por eso lo traje aquí.
—Sólo habíamos hecho una pequeña apuesta —murmuró el hombrecillo desde la cama.
—Supongo que habrá apostado un coche —dijo la mujer.
—Sí —contestó el cadete—, un Cadillac.
—No tiene coche. Ese es el mío, y esto agrava las cosas —dijo ella—, porque apuesta lo que no tiene. Estoy avergonzada y lo siento muchísimo.
Parecía una mujer muy simpática.
—Bueno —dije yo—, aquí tiene la llave de su coche. La puse sobre la mesa.
—Sólo estábamos haciendo una pequeña apuesta —murmuró el hombrecillo.
—No le queda nada que apostar —dijo la mujer—, no tiene nada en este mundo, nada. En realidad, yo se lo gané todo hace ya muchos años. Me llevó mucho, mucho tiempo, y fue un trabajo muy duro, pero al final se, lo gané todo.
Miró al muchacho y sonrió tristemente. Luego alargo la mano para coger la llave que estaba encima de la mesa.
Todavía ahora recuerdo aquella mano: sólo le quedaba un dedo y el pulgar.
 
Hombre del sur de Roald Dahl
 
 
 
 

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