lunes, diciembre 31, 2012

Los Nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la
liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la
crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Los Nadies, de El libro de los abrazos de Eduardo Galeano

Sin Palabras, Edición Nochevieja...


Christopher Lee - A Heavy Metal Christmas

Saruman y un servidor os deseamos Feliz Año Bueno...!!!

Llegó la Nochevieja...

domingo, diciembre 30, 2012

Arsenal vs Newcastle 7:3 Goals Highlights


Arsenal vs Newcastle 7:3 GOALS HIGHLIGHTS por UCL2410

Domingo de cortos: 43-97

Esplendido cortometraje del famoso director y guionista italiano Ettore Scola, que utiliza el cine el cine como símbolo de libertad ante un fascismo que perdura muchos años después...


sábado, diciembre 29, 2012

Con Ernesto en El Talón de Hierro

Cuando Ernesto entró, la veranda pareció súbitamente achicada. No es que fuese extraordinariamente grande –no medía más que 1,75 m–, sino que parecía irradiar una atmósfera de grandeza. Al detenerse para saludarme, manifestó una ligera vacilación en extraño desacuerdo con sus ojos intrépidos y su apretón de manos; éste era seguro y firme, lo mismo que sus ojos, que esta vez, empero, parecían contener una pregunta mientras me miraba, como el primer día, demasiado detenidamente.

–He leído su Filosofía de las clases trabajadoras –le dije, y vi brillar sus ojos de alegría.
–Naturalmente –me respondió–, usted habrá tenido en cuenta el auditorio al cual estaba dirigida la conferencia.
–Sí, y es a propósito de esto que quiero discutir con usted.
–Yo también tengo que pedirle algunas aclaraciones –dijo el obispo Morehouse.
Ante este doble desafío, Ernesto se alzó de hombros con aire jovial y aceptó una taza de té. El obispo se inclinó para cederme la precedencia.
–Usted fomenta el odio de clases –le dije a Ernesto. Me parece que ese llamado a todo lo que hay de estrecho y de brutal en la clase obrera es un error y un crimen. El odio de clases es antisocial y lo considero antisocialista.
–Pido un veredicto de inocencia –respondió–. No hay odio de clases ni en la letra ni en el espíritu de ninguna de mis obras.
–¡Oh! –exclamé con aire de reproche. Tomé mi libro y lo abrí.
Ernesto bebía su té, tranquilo y sonriente, mientras yo hojeaba.
–Página ciento treinta y dos –leí en alta voz–: "En el estado actual del desarrollo social, la lucha de clases se produce, pues, entre la clase que paga los salarios y las clases que los reciben".
Lo miré con aire triunfal.
–Ahí no hay nada que tenga que ver con el odio de clases me dijo sonriendo.
–Usted dice "lucha de clases".
–No es lo mismo. Y, créame, nosotros no fomentamos el odio; decimos que la lucha de clases es una ley del desenvolvimiento social. Nosotros no somos responsables de esa ley, puesto que no la hacemos. Nos limitamos a explicarla, de la misma manera que Newton explicaba la gravedad. Simplemente, analizamos la naturaleza del conflicto de intereses que produce la lucha de clases.
–Pero no debería haber conflicto de intereses –exclamé.
–Estoy completamente de acuerdo –respondió–. Y es precisamente la abolición de ese conflicto de intereses el que tratamos de provocar nosotros los socialistas. Dispénseme, déjeme que le lea otro pasaje. –Le alcancé el libro y volvió algunas páginas–. Página ciento veintiséis: "El ciclo de las luchas de clases que comenzó con la disolución del comunismo primitivo de la tribu y el nacimiento de la propiedad individual, terminará con la supresión de la apropiación individual de los medios de existencia social".
–Yo no estoy de acuerdo con usted –atajó el obispo, y su cara pálida se encendió ligeramente por la intensidad de sus sentimientos–. Sus premisas son falsas. No existen conflictos de intereses entre el trabajo y el capital, o por lo menos, no debieran existir.
–Le agradezco –dijo Ernesto gravemente– que me haya devuelto mis premisas en su última proposición.
 
- ¿ Pero por qué tiene que haber conflicto? – preguntó el obispo acaloradamente.
-Supongo que porque estamos hechos así -dijo Ernesto alzándose de hombros.
-¡Es que no estamos hechos así!
-Pero usted me está hablando del hombre ideal, despojado de egoísmo? – preguntó Ernesto- Son tan pocos que tenemos el derecho de considerarlos prácticamente inexistentes. ¿O quiere usted hablarme del hombre común y ordinario?
-Hablo del hombre ordinario.
¿Débil, falible y sujeto a error?
El obispo hizo un signo de asentimiento.
-¿Y mezquino y egoísta?
El pastor renovó su gesto.
-Preste atención – declaró Ernesto- .He dicho egoísta.
-El hombre ordinario es egoísta –afirmó valientemente el obispo.
-¿Quiere tener lo más posible; es deplorable, pero es cierto.
-Entonces lo atrapé. – Y la mandíbula de Ernesto chasqueó como el resorte de una trampa-. Tomemos un hombre que trabaje en los tranvías.
-No podría trabajar si no hubiese capital – interrumpió el obispo.
-Es cierto y usted estará de acuerdo en que el capital perecería si no contase con la mano de obra para ganar los dividendos.
El obispo no contestó.
-¿ No es usted de mi opinión?- insistió Ernesto.
El prelado asintió con la cabeza.
-Entonces , nuestras dos proposiciones se anulan recíprocamente y nos volvemos a encontrar en el punto de partida. Empecemos de nuevo: los trabajadores de tranvías proporcionan la mano de obra. Los accionistas proporcionan el capital. Gracias al esfuerzo combinado del trabajo y del capital, el dinero es ganado. Se dividen esa ganancia. La parte del capital se llama dividendo; la parte del trabajo se llama salario.
-Muy bien – interrumpió el obispo-. Y no hay ninguna razón para que ese reparto no se produzca amigablemente.
-Ya se olvidó usted de lo convenido – replicó Ernesto-. Nos hemos puesto de acuerdo en que el hombre es egoísta, el hombre común, tal cual es. Y ahora usted se me va a las nubes para establecer una diferencia entre ese hombre y los hombres tales como deberían ser, pero que no existen. Volvamos a la tierra; el trabajador, siendo egoísta, quiere lo más posible en el reparto. El capitalista , siendo egoísta , quiere tener todo lo que pueda tomar. Cuando una cosa existe en cantidad limitada y dos hombres quieren tener cada uno el máximo de esa cosa, hay conflicto de intereses . Tal es el que existe entre el capital y trabajo, y es un conflicto insoluble. Mientras existan obreros y capitalistas, continuarán disputándose el reparto. Si esta tarde usted estuviera en San Francisco, se vería obligado a andar a pie: no circula ningún tren en sus calles.
-¿Cómo? ¿Otra huelga?- preguntó el obispo con aire alarmado.
-Si pleitean sobre el reparto de los beneficios de los ferrocarriles urbanos.
El obispo se encolerizó.
-No tiene razón – gritó- Los obreros no ven más allá de sus narices. ¿Cómo pretenden contar luego con nuestra simpatía...
-- ...cuando se nos obliga a ir a pie? –concluyó maliciosamente Ernesto.
-Pero el obispo no paró mientes en esta proposición completiva.
-Su punto de vista es demasiado limitado – continúo-. Los hombres deberían conducirse como hombres y no como bestias. Habrá todavía nuevas violencias y crímenes y viudas y huérfanas afligidos. Capital y trabajo deberían marchar unidos. Deberían ir de la mano en su mutuo beneficio.
-Otra vez se fue a las nubes –hizo notar Ernesto fríamente-.
-Vamos, apéese y no pierda de vista nuestra premisa de que el hombre es egoísta.
-¡Pero no debería serlo! – exclamó el obispo.
-En este punto estoy de acuerdo con usted. No debería ser egoísta, pero continuará siéndolo mientras viva dentro de un sistema social basado sobre una moral de cerdos.
El dignatario de la Iglesia quedó azorado y papá se desternillaba de risa.
-Sí, una moral de cerdos –prosiguió Ernesto sin arrepentirse-. He aquí la última palabra de su sistema capitalista. He aquí lo que sostiene su Iglesia, lo que usted predica cada vez que sube al púlpito. Una ética de marranos, no se puede darle otro nombre.
El obispo se volvió como buscando la ayuda de mi padre; pero éste meneó la cabeza riéndose.
-Me parece que nuestro amigo tiene razón – dijo- .Es la política del dejar hacer, del cada uno para su estómago y que el diablo se lleve al último. Como lo decía las otras tardes el señor Everhard, la función que cumplís vosotros, las gentes de la Iglesia , es la de mantener el orden establecido, y la sociedad reposa sobre esa base.
-Esa no es, sin embargo, la doctrina de Cristo- exclamó el obispo.
-Hoy la Iglesia no enseña la doctrina de Cristo- respondió Ernesto-. Es por eso que los obreros no quieren tener contactos con ella. La Iglesia aprueba la terrible brutalidad, el salvajismo con que el capital trata a las masas trabajadoras.
-No aprueba – objetó el obispo.
-No protesta- replicó Ernesto-: por consiguiente, aprueba, pues no hay que olvidar que la Iglesia está sostenida por la clase capitalista.
                No había examinado las cosas bajo este aspecto – dijo ingenuamente el obispo- . Usted debe estar equivocado. Sé que la Iglesia ha perdido al ... a eso que usted llama el proletariado.
-Vosotros nunca habéis tenido al proletariado -gritó Ernesto.. El proletariado creció fuera de la Iglesia y sin ella.
-No entiendo bien... - confesó débilmente el obispo.
-Se lo voy a explicar.Como consecuencia de la introducción de las máquinas y del sistema fabril, hacia fines del siglo XVIII, la gran masa de los trabajadores fué arrancada de la tierra, con lo que el mundo antiguo del trabajo quedó dislocado.Arrojados de sus aldeas, los trabajadores se encontraron acorralados en las ciudades manufactureras.Las madres y los niños fueron puestos a trabajar en las nuevas máquinas.La vida de familia cesó.Las condiciones se tornaron atroces.Es una página de historia escrita con lágrimas y con sangre.
-Lo sé, lo sé -interrumpió el obispo, con angustiada expresión -.Fue terrible, pero eso pasaba en Inglaterra hace un siglo y medio.
-Y fue así como, hace siglo y medio, nació el proletariado moderno -continuó Ernesto-.Y la Iglesia lo ignoró: mientras los capitalistas construían esos mataderos del pueblo, la Iglesia permanecía muda, y hoy observa el mismo mutismo.Como dice Austin Lewis ' al hablar de esta época, los que habían recibido la orden de "Apacentad a mis ovejas" vieron sin la menor protesta a esas ovejas vendidas y cansadas hasta la muerte. . . . Antes de ir más adelante, le ruego que me diga redondamente si estamos o no de acuerdo. ¿Protestó la Iglesia ,en ese momento?
El obispo Morehuose vaciló.Lo mismo que el doctor Hammerfield, no estaba acostumbrado a esta ofensiva a domicilio, según la expresión de Ernesto.
-La historia del siglo XVIII está escrita -sugirió éste-.Si la Iglesia no ha sido muda, deben encontrarse huellas de su protesta en algunos pasajes de los libros.
-Desgraciadamente confesó el dignatario de la Iglesia-, creo que ha estado muda.
-Y hoy todavía permanece muda.
-Aquí ya no estamos de acuerdo.
Ernesto hizo una pausa, miró atentamente a su interlocutor y aceptó el desafío.
-Muy bien -dijo--, lo veremos.Hay en Chicago mujeres que trabajan toda la semana por noventa céntimos. ¿Protesta la Iglesia?
- Es una novedad para mí - fue la respuesta.. ¡Noventa céntimos Es espantoso.
-¿Protesta la Iglesia? -insistió Ernesto.
-La Iglesia ignora. -El prelado se debatía con firmeza.
-Sin embargo, la Iglesia ha recibido este mandamiento: "Apacentad a mis ovejas"- dijo Ernesto con amarga ironía; luego, recobrándose de súbito, agregó,-: Perdóneme este movimiento de acritud; ¿pero puede usted sorprenderse de que perdamos paciencia con vosotros? ¿Habréis protestado ante vuestras congregaciones capitalistas contra el empleo de niños en las hilanderías de algodón del Sur?.Niños de seis y siete años que trabajan toda la noche en equipos de doce horas.Nunca ven la santa luz del día.Mueren como moscas.Los dividendos son pagados con su sangre.
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Ernesto prosiguió su ataque.Explicó la existencia de un millón y medio de revolucionarios en los Estados Unidos, acusando a la clase capitalista de haber gobernado mal a la sociedad.Después de haber esbozado la situación económica del hombre de las cavernas y de la de los pueblos salvajes de nuestros días, que carecían de herramientas y de máquinas y no poseían más que sus medios naturales para producir la unidad de fuerza individual, delineó el desarrollo de las herramientas y de la organización hasta el punto actual, en que el poder productor del individuo civilizado es mil veces superior al del salvaje.
"Cinco hombres bastan ahora para producir pan para mil personas.Un solo hombre puede producir tela de algodón para doscientas cincuenta personas, tricotas para trescientas y calzado para mil.Uno se sentiría inclinado a concluir que con buena administración de la sociedad el civilizado moderno debería estar mucho más cómodamente que el hombre prehistórico. ¿Ocurre así?Examinemos el problema.En los Estados Unidos hay hoy quince millones de hombres que viven en la pobreza; por pobreza entiendo aquella condición en que, carente de alimento y de abrigo convenientes, su nivel de capacidad de trabajo no puede ser mantenido.A pesar de nuestra pretendida legislación del trabajo, hoy existen en los Estados Unidos tres millones de niños empleados como trabajadores . Su número se ha duplicado en doce años.A propósito, os pregunto por qué vosotros, los rectores de la sociedad, no habéis publicado las cifras del censo de 1910.Y respondo por vosotros: porque os han aterrorizado.Las estadísticas de la miseria habrían podido precipitar la revolución que se prepara.
"Pero vuelvo a mi acusación.Si el poder de producción del hombre moderno es mil veces superior al del hombre de las cavernas, ¿por qué, pues, hay actualmente en los Estados Unidos quince millones de habitantes que no están alimentados ni alojados convenientemente y tres millones de niños que trabajan?Es una grave acusación.La clase capitalista se ha hecho pasible del delito de mala administración.En presencia de este hecho, de este doble hecho -que el hombre moderno vive más miserablemente que su antepasado salvaje, en tanto que su poder productor es mil veces superior-, no cabe otra solución que la de la mala administración de la clase capitalista, que sois malos administradores, malos amos y que vuestra mala gestión es imputable a vuestro egoísmo.Y sobre este punto, aquí esta noche, frente a frente, no podéis responderme, del mismo modo que no puede responder vuestra clase entera al millón y medio de revolucionarios de los Estados Unidos.No podéis responderme; os desafío.Y me atrevo a decir desde ahora que cuando haya terminado, tampoco me responderéis.Sobre este punto vuestra lengua, por muy suelta que sea en otros temas, está trabada.
"Habéis fracasado en vuestra administración.Habéis hecho de la civilización un tajo de carnicería.Os habéis mostrado ávidos y ciegos.Habéis tenido, y tenéis todavía, la audacia de levantaros en las asambleas legislativas y declarar que sería imposible obtener beneficios sin el trabajo de los niños, ¡de los nenes! ¡Oh!, no me creáis solamente por mis palabras: todo eso está escrito, registrado por y contra vosotros.Habéis dormido vuestra conciencia con charlatanería sobre vuestro bello ideal y sobre vuestra querida moral.Heos aquí cebados de poderío y de riqueza, borrachos de éxito.Pues bien, tenéis contra nosotros las mismas posibilidades que los zánganos reunidos alrededor de la colmena, cuando las laboriosas abejas se lanzan para poner fin a su existencia ahita.Habéis fracasado en la dirección de la sociedad, y esa dirección os será arrebatada.Un millón y medio de hombres de la clase obrera se jactan de que ganarán para su causa al resto de la masa trabajadora y de quitaros el señorío del mundo.Esa es la revolución, señores míos. ¡Detenedla si sois capaces!"
Durante un espacio de tiempo apreciable, el eco de su voz resonó en el salón.Luego se hinchó el profundo gruñido ya oído y una docena de hombres se levantaron dando alaridos y gesticulando para atraer la atención del presidente.Noté que los hombros de la señorita Brentwood se agitaban convulsivamente y pasé por un momento de irritación al creer que se reía de Ernesto.Luego reconocí que no se trataba de un acceso de risa sino de un ataque de nervios.Estaba aterrorizada de lo que había hecho al lanzar esta tea ardiendo en medio de su querido club de los filómatas.
El coronel Van Gilbert no prestaba atención a la docena de hombres que, desfigurados por la ira, querían que se les concediese la palabra.El mismo se retorcía de rabia.Se levantó de un salto agitando los brazos, y durante- un momento sólo pudo proferir sonidos inarticulados.Luego se escapó de su boca un flujo verborreico.Pero no era el lenguaje del abogado de cien mil dólares ni su retórica un poco rancia.
-¡Error tras error! –exclamó-. ¡En mi vida he oído tantos errores proferidos en tan poco tiempo!Además, joven, usted no ha dicho nada nuevo.Todo eso lo aprendí en el colegio antes de que usted naciera.Pronto hará dos siglos que Juan Jacobo Rousseau lanzó su teoría socialista. ¿El regreso a la tierra? ¡Bah!, una reversión, cuyo absurdo demuestra nuestra biología.No sin razón suele decirse que un poco de ciencia es peligroso, y usted acaba de darnos una prueba palmaria esta noche con sus teorías descabelladas. ¡Un error tras otro!Verdaderamente nunca he estado tan asqueado por un desborde de errores.Tenga usted, éste es el caso que hago de sus generalizaciones precipitadas y de sus razonamientos infantiles.
Hizo castañetear su pulgar despectivamente y se dispuso a sentarse.La aprobación de las mujeres se dejó sentir por exclamaciones agudas y la de los hombres por sonidos roncos.La mitad de los candidatos a la tribuna se puso a hablar desde sus asientos y todos a la vez.Era una confusión indescriptible, una torre de Babel.Nunca la vasta mansión de la señora Pertonwaithe había servido de escenario a semejante espectáculo. ¿Cómo? ¿De modo que las frías cabezas del mundo industrial, la flor y nata de la bella sociedad, eran una banda de salvajes rugiendo y gruñendo?En verdad, Ernesto los había sacado de quicio cuando extendió sus manos hacia sus escarcelas, esas manos que representaban para ellos las de un millón y medio de revolucionarios.
Pero él no perdía la cabeza.Antes que el coronel hubiese conseguido sentarse, Ernesto estuvo de pie y dió un paso hacia adelante.
-¡Uno solo a la vez!-gritó con todas sus fuerzas.
El rugido de sus inmensos pulmones dominó a la tempestad humana y la fuerza sola de su personalidad les impuso silencio.
-¡Uno solo a la vez! -repitió con tono calmo-.Dejadme contestar al coronel Van Gilbert.Después de eso, los otros podrán atacarme, pero de a uno por vez, recordadlo; que no estamos aquí en una cancha de fútbol.En cuanto a usted -continuó, volviéndose hacia el coronel-, no contestó a nada de lo que he dicho.Simplemente ha emitido algunas apreciaciones excitadas y dogmáticas sobre mi calibre mental.Esas prácticas pueden serle útiles en sus negocios, pero no es a mí a quien hay que hablarle en ese tono.Yo no soy un obrero que ha llegado, con la gorra en la mano, a pedirle que me aumente el salario o que me proteja de la máquina que manejo.Mientras usted tenga que habérselas conmigo, no podrá servirse de sus maneras dogmáticas con la verdad.Resérvelas para sus relaciones con sus esclavos asalariados, que no se atreven a responderle porque usted tiene en sus manos su pan y su vida.
"En cuanto a esa vuelta a la naturaleza, que usted pretende haber aprendido en el colegio antes de mi nacimiento, permítame que le observe que usted parece no haber aprendido nada a partir de entonces.El socialismo no tiene nada de común con el estado natural, o tiene lo que pueda haber entre el cálculo infinitesimal y el catecismo.Yo había denunciado la falta de inteligencia de su clase para todo lo que no sea negocio; usted, señor, acaba de dar un ejemplo edificante en apoyo de mi tesis." -
Esta terrible corrección infligida a su querido abogado (de cien mil dólares) fue demasiado para lo que podía soportar la señorita Brentwood.Redobló la violencia de su ataque de histeria y tuvieron que llevarla fuera de la sala, llorando y riendo a la vez.Y era para ella lo mejor, pues lo gordo vendría después.
-No se fíe en mis palabras solamente –prosiguió Ernesto, después de esta interrupción-.Sus propias autoridades, con voto unánime, le probarán su falta de inteligencia, sus propios abastecedores de ciencia le dirán que usted está en un error.Consulte al más humilde de sus sociólogos de segundo orden y pregúntele la diferencia entre la teoría de Rousseau y la del socialismo; interrogue a sus mejores economistas ortodoxos y burgueses; busque en cualquier manual que duerme en los estantes de sus bibliotecas subvencionadas, y por todas partes se le responderá que no hay ninguna concordancia entre la vuelta a la naturaleza y el socialismo, sino que, por el contrario, las dos teorías son diametralmente opuestas.Le repito que no tenga fe en mis palabras.La prueba de su falta de inteligencia está en los libros, en esos libros que usted nunca lee.Por lo que respecta a su falta de inteligencia, usted no es más que una muestra de su clase.
"Usted sabe mucho de derecho y de negocios, señor coronel Van Gilbert.Usted se ingenia mejor que nadie para servir los carteles y aumentar los dividendos torciendo la ley.Perfectamente, manténgase en ese papel notable.Es usted un excelente abogado, pero un lamentable historiador.Usted no conoce una palabra de sociología, y en cuanto a la biología, usted parece contemporáneo de Plinio el Antiguo."
El coronel se agitaba en su asiento.Reinaba en el salón un silencio absoluto.Todos los asistentes estaban fascinados, pasmados.Ese trato al famoso coronel Van Gilbert era algo inaudito, increíble, inimaginable.¡EI personaje ante el cual temblaban los jueces cuando se levantaba para hablar al tribunal!Pero Ernesto nunca daba cuartel a un enemigo.
-Esto, naturalmente –agregó-, no comporta ninguna, censura para usted.Cada cual a su oficio.Manténgase en el suyo, y yo no me saldré del mío.Usted se ha especializado.Cuando se trata de conocer las leyes o de encontrar el mejor medio para escapar de ellas o de hacer otras nuevas para beneficio de las compañías expoliadoras, yo no le llego a la suela de sus zapatos.Pero cuando se trata de sociología, que es mi oficio, usted es a su vez el polvo de mis zapatos.Recuerde eso.Recuerde también que su ley es una materia efímera y que usted no es versado en materias que duran más de un día.En consecuencia, sus afirmaciones dogmáticas y sus generalizaciones imprudentes sobre temas históricos o sociológicos no valen ni el aliento que usted gasta para enunciarlas.
Ernesto hizo una pausa y observó con aire pensativo esa cara ensombrecida y deformada por la cólera, ese pecho jadeante, ese cuerpo que se agitaba, esas manos que se abrían y cerraban convulsivamente.Luego continuó:
-Pero usted parece tener todavía mucho aliento y yo le ofrezco una ocasión para gastarlo.He incriminado a su clase-,demuéstreme que mi acusación es falsa.Le he hecho notar la desesperada condición del hombre moderno -tres millones deniños esclavos en los Estados Unidos, sin el trabajo de los cuales todo beneficio sería imposible, y quince millones de personas mal alimentadas, mal vestidas y peor alojadas- Le he hecho notar que, gracias al empleo de las máquinas, el poder productor del civilizado actual es mil veces mayor que el del salvaje habitante de las cavernas.Y afirmé que de este doble hecho no se podía sacar otra conclusión que la de la mala gestión de la clase capitalista.Tal ha sido mi imputación; claramente, y en varias ocasiones, lo he desafiado a que contestase.He ido más lejos: le predije que no me contestaría.Usted hubiera podido emplear su aliento para desmentir mi profesía.Usted calificó de error mi discurso.Muéstreme dónde está la falsedad, coronel Van Gilbert.Responda a la acusación que yo y mi millón y medio de camaradas hemos lanzado contra usted y su clase.
El coronel olvidó completamente que su papel de presidente lo obligaba a ceder cortésmente la palabra a los que se la habían solicitado.Se levantó de un salto, lanzando a todos los vientos sus brazos, su retórica y su sangre fría; sucesivamente despotricaba contra su juventud y la demagogia de Ernesto y después atacaba salvajemente a la clase obrera, a la que trataba de presentar como exenta de toda capacidad y de todo valor.Cuando terminó esta parrafada, Ernesto replicó en estos términos:
-Jamás he encontrado un hombre de leyes más difícil de hacerlo ceñirse al tema, que usted.Mijuventud no tiene nada que ver con lo que he dicho, ni tampoco la falta de valor de la clase obrera.He acusado a la clase capitalista de haber dirigido mal a la sociedad.Y usted no me contestó.Ni siquiera ha intentado contestar. ¿Es que no tiene respuesta?Usted, es el campeón de este auditorio: todos, excepto yo, están suspensos de sus labios, esperando de usted esa respuesta que ellos no pueden dar.En cuanto a mí se lo vuelvo a decir, sé que usted no sólo no puede responder, sino que ni siquiera intentará hacerlo.
-¡Esto es intolerable! -exclamó el coronel!. ¡Es un insulto!
-Lo que es intolerable es que usted no conteste -replicó gravemente Ernesto.. Ningún hombre puede ser insultado intelectualmente.Por su naturaleza, el insulto es una cosa emocional.Serénese.Dé una respuesta intelectual a mi acusación intelectual de que la clase capitalista ha gobernado mal a la sociedad.
El coronel guardó silencio y se encogió con expresión de superioridad ceñuda, como de alguien que no quiere comprometerse a discutir con un bribón.
-No se desaliente -le espetó Ernesto-.Consuélese pensando que ningún miembro de su clase no supo nunca contestar a esta imputación.
Se volvió hacia los demás, impacientes de usar de la palabra.
-Y ahora, esta es la ocasión para vosotros.Vamos, pues, y no olvidéis que os he desafiado a todos para que me deis la respuesta que el coronel Van Gilbert no supo darme.
Me sería imposible referir todo lo que se dijo en el curso de la discusión.Nunca imaginé la cantidad de palabras que pueden ser pronunciadas en el breve espacio de tres horas.De todas maneras, fue soberbio.Cuanto más se encendían sus adversarios, más aceite arrojaba Ernesto al fuego.Conocía a fondo un terreno enciclopédico, y con una palabra o una frase, como con un estoque finamente manejado, los punzaba.Señalaba y designaba sus faltas de razonamiento.Tal silogismo era falso, tal conclusión no tenía ninguna relación con las premisas, tal premisa era una impostura porque había sido hábilmente encerrada en la conclusión que se buscaba.Esto era una inexactitud, aquello una presunción y tal otra aserción contraria a la verdad experimental estampada en todos los libros.
A veces trocaba la espada por la maza y machacaba los pensamientos de sus contradictores a derecha e izquierda.Reclamaba siempre hechos y se negaba a discutir teorías.Y los hechos que citaba eran desastrosos para ellos.En cuanto atacaban a la clase obrera, Ernesto replicaba:
-Es la sartén reprochando a la olla su tizne, pero eso no os salva de la suciedad imputada a vuestra propia cara.
Y a alguno o a todos les decía:
-¿Por qué no habéis refutado mi acusación de mala administración que he lanzado contra vuestra clase?Habéis hablado de otras cosas y hasta habéis hecho a propósito de éstas digresiones, pero no contestasteis. ¿Acaso no dais con la respuesta?
Hacia el fin de la discusión el señor Wickson tomó la palabra.Era el único que no había perdido la calma, y Ernesto lo trató con una consideración que no había concedido a los demás.
-Ninguna respuesta es necesaria -dijo el señor Wickson con voluntaria lentitud-.He seguido toda esta discusión con asombro y repugnancia.Sí, señores, vosotros, miembros de mi propia clase, me habéis fastidiado. Os habéis conducido como colegiales bobalicones. ¡Vaya idea la de mezclar en semejante discusión todas las pamplinas sobre moral y el trombón fuera de moda del político vulgar!No os habéis conducido ni como hombres de mundo ni como seres humanos: os habéis dejado arrastrar fuera de vuestra clase; es más, fuera de vuestra especie.Habéis sido bulliciosos y prolijos, pero no habéis hecho más que zumbar como los mosquitos alrededor de un oso.Señores, el oso está ahí (mostrando a Ernesto), erguido delante de nosotros, y vuestro zumbido no ha hecho, más que cosquillearle las orejas.
"Creedme, la situación es seria.El oso ha sacado sus patas esta noche para aplastarnos.Ha dicho que hay un millón y medio de revolucionarios en los Estados Unidos: es un hecho.Ha dicho que su intención es quitarnos nuestro gobierno, nuestros palacios y toda nuestra dorada comodidad: eso también es un hecho.Y también es cierto que se prepara un cambio, un gran cambio, en la sociedad; pero, felizmente, podría muy bien no ser el cambio previsto por el oso.El oso, dijo que nos aplastaría.Pues bien, señores, ¿y si nosotros aplastásemos al oso?"
Un gruñido gutural se agrandó en el vasto salón.Los hombres cambiaban entre sí signos de aprobación y de confianza. Las caras habían vuelto a tomar una expresión decidida.Eran combatientes, sin duda.
Con su aspecto frío y sin pasiones, el señor Wickson continuó:
-Pero no es con zumbidos con lo que aplastaremos al oso.Al oso hay que darle caza.Al oso no se le contesta con palabras.Le contestaremos con plomo.Estamos en el poder, nadie puede negarlo.Por obra y gracia de ese poder, allí nos quedaremos.
De pronto se enfrentó con Ernesto.El momento era dramático.
-He aquí nuestra respuesta.No vamos a gastar palabras con vosotros.Cuando estiréis esas manos cuyas fuerzas alabáis para cogernos nuestros palacios y nuestra dorada comodidad, os mostraremos lo que es la fuerza.Nuestra respuesta estará modulada en silbidos de obuses, en estallidos de“shrapnells" y en crepitar de ametralladoras.Despedazaremos a los revolucionarios bajo nuestro talón y caminaremos sobre vuestros rostros.El mundo es nuestro, somos sus dueños y seguirá siendo nuestro.En cuanto al ejército del trabajo, ha estado en el barro desde el comienzo de la historia y yo interpreto la historia como es preciso.En el barro quedará mientras yo y los míos y los que vendrán después que nosotros permanezcamos en el poder.He aquí la gran palabra, la reina de las palabras, ¡el Poder! Ni Dios ni Mammón, sino el Poder.Déle vueltas a esta palabra en su boca hasta que le escueza. ¡El Poder!
-Es usted el único que ha contestado -dijo tranquilamente Ernesto-, y ha dado la única respuesta que podía darse. ¡El Poder!Es lo que predicamos, nosotros los de la clase obrera.Sabemos, y lo sabemos al precio de una amarga experiencia, que ningún llamado al derecho, a la justicia o a la humanidad podría jamás conmoveros.Vuestros corazones son tan duros como los talones con que camináis sobre los rostros de los pobres.Por eso hemos emprendido la conquista del poder.Y con el poder de nuestros votos os quitaremos vuestro gobierno el día de las elecciones.
-Y aunque tuvieseis la mayoría, una mayoría aplastante en las elecciones -interrumpió el señor Wickson~, ¿qué diríais si nos negásemos a entregaros ese poder conquistado en las urnas?
-También eso lo hemos previsto -replicó Ernesto-, y os responderemos con plomo.Usted ha proclamado al poder rey de las palabras. ¡Muy bien!Será, pues, cuestión de fuerza. Y el día que hayamos conquistado la victoria en el escrutinio, si os rehusáis a entregarnos el gobierno al cual llegamos constitucional y pacíficamente, pues bien, entonces replicaremos como se debe, golpe por golpe, y nuestra respuesta estará formulada en silbidos de obuses, en estallidos de "shrapnells" y en crepitar de ametralladoras.
"De una u otra manera no podréis escapárosnos.Es cierto que usted ha interpretado claramente la historia.Es cierto que desde el comienzo de la historia el trabajo ha estado en el fango.Es igualmente cierto que quedará siempre en el fango mientras permanezcan en el poder usted, los suyos y los que vendrán después de vosotros.Suscribo todo lo que usted dijo.Estamos de acuerdo.El poder será el árbitro.Siempre lo fue.La lucha de clases es un problema de fuerza.Pues bien, así como su clase derribó a la vieja nobleza feudal, así también será abatida por una clase, la clase trabajadora.Y si usted quiere leer la biología y la sociología tan correctamente como leyó la historia, se convencerá de que este fin es inevitable.Poco importa que ocurra dentro de un año, de diez o de mil: su clase será derribada.Será derribada por el poder, por la fuerza.Nosotros, los del ejército del trabajo, hemos rumiado esta palabra hasta el punto de que nos escuece el alma: ¡El Poder! Verdaderamente, es la reina de las palabras, la última palabra."
Y así se terminó la velada de los filómatas.
Fragmentos del Capítulo II y V de El Talón de Hierro de Jack London
 
 

 

viernes, diciembre 28, 2012

Yo quiero verte danzar - Franco Battiato

Al Capone - Los intocables de Elliot Ness

Ventana con vistas

Gritando en silencio - Miedo

RoboRoach Surgery Instructions

VII

10 hours of `Kate Upton Bouncing Boobs`

Ghost de Kader Attia



Mas imágenes e info aqui.

Calendario erótico de las madres de Montserrat



Todo ello aqui.

Dramatic new video: Moment of Reno plane crash caught on camera

[Triángulo de Reuleaux] ¿Puede un taladro hacer agujeros cuadrados?

El cubo en 4D, o cómo explicar la cuarta dimensión en un bar



Lo teneis aqui.

6 rooms into 1: morphing apartment packs

Snowflake Science: Time-lapse 1

Exclusive: Warm Bodies - The First 4 Minutes

¡Dinero, dinero! 10 billetes muy curiosos de todo el mundo



Todos ellos aquí.

El mejor vino del mundo es un Rioja Alavesa

EL vino Luis Cañas Crianza 2009 ha sido considerado como el mejor vino del mundo en 2012 en relación calidad-precio por la prestigiosa revista americana Wine Advocate, dirigida por el gurú estadounidense Robert Parker. Como es conocido, dicha publicación es la referencia a nivel mundial en lo que a vinos se refiere y es seguida por millones de entusiastas de los caldos en todo el mundo.
En el mes de julio del presente año, dicho medio hizo públicas, de la mano de su corresponsal para vinos españoles y experto catador Neal Martin, las puntuaciones de vinos en las que Bodegas Luis Cañas consiguió situar cinco de sus caldos con puntuaciones que sobrepasaban los míticos 90 puntos Parker. Concretamente, a Luis Cañas Crianza 2009 le otorgaron 92 puntos, con lo que 2012 ha sido, un año más, muy fructífero en elogios, galardones y extraordinarias críticas para esta prestigiosa bodega alavesa de Villabuena.



Según Juan Luis Cañas, gerente y propietario de la bodega, "es un orgullo para nosotros y algo que ni en el mejor de nuestros sueños hubiéramos imaginado hace unos años. Sin duda, es fruto del esfuerzo, de la ilusión y de la pasión que sentimos por hacer algo que ha sido y es la forma de vida de mi familia durante generaciones. Y nos alegramos también porque ponemos un granito de arena más para que los vinos de Rioja Alavesa sean reconocidos en todo el mundo", señaló. Este hecho respalda la imagen de Luis Cañas en los más de cuarenta países de los cinco continentes en los que está presente con sus marcas, así como de la calidad de los vinos que se elaboran en Rioja Alavesa, y que anualmente logran numerosos galardones y reconocimientos recogidos en todo el planeta.

Fuente:
deia.com

Donde hay que firmar para la pena de muerte...???


jueves, diciembre 27, 2012

Dentro de una fábrica de juguetes china



Fotogaleria que teneis aqui.

La Capitana América


The Little Match Girl - Walt Disney

Producción de la Disney en 2006 para el proyecyo, finalmente cancelado, de la nueva película de Fantasia, este corto de la Pequeña Cerillera va envuelta en el "Nocturne from String Quartet No. 2 in D Major" de Alexander Borodin:

 

lunes, diciembre 24, 2012

Sin palabras (Especial Navidad)...

Y por supuesto, mañana es Navidad en Los Angeles...

Y mientras tanto en Gremlins...

Miracle on 34th Street









Un padre en apuros remember

Feliz Falsedad - Soziedad Alkoholika

Es tarde de Nochebuena

¡La candela en el campo!... Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente... De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

...Camina, María,
camina José...

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.
 
Capítulo 116 de Platero y yo de Juan Ramón Jimenez
 
 

Domingo de cortos Especial Nochebuena: Momentos

Corto que se ha llevado varios premios del portugués Nuno Rocha, y que es un cuento navideño que nos trae a un vagabundo con una segunda oportunidad...



MOMENTOS from Nuno Rocha on Vimeo.

Línea de tiempo interactiva: YouTube Rewind 2012


Nochebuena con El Chivi: Ya no te acuerdas de mí

Mis felicitaciones a todos...!!!


Las nuevas casas superheroicas de Juego de Tronos...

Planet Earth: Amazing nature scenery

Chuck Norris VS Ryu - Street Fighter

Mil trenes por minuto

Todos los trenes de media y larga distancia de Renfe de un día, en menos de un minuto.

The Victoria's Secret Angels Sing 'Deck the Halls'

domingo, diciembre 23, 2012

Domingo de cortos: La media pena

A altas horas de la noche, un ejecutivo está a punto de pegarse un tiro en su lujoso despacho, deprimido por la quiebra de su empresa. Cuando ya está casi apretando el gatillo, la llegada inesperada de la mujer de la limpieza le interrumpe.

El ejecutivo sólo acierta a esconderse, y a espiarla. Lo que el ejecutivo descubre mientras la espía le cambiará la vida... y a ella también....


LA MEDIA PENA (with English subtitles) from Sergio Barrejón on Vimeo.

sábado, diciembre 22, 2012

Última hora sobre el Fin del Mundo desde Australia...


Vaya añito tuvimos...

... y acabando este, vaya añito que llega...!!!


El invitado de Drácula

Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d'hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche:

-No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará -sonrió-, pues ya sabe qué noche es.
Johann le contestó con un enfático:
-Ja, mein Herr.
Y, llevándose la mano al sombrero, se dio prisa en partir.
Cuando hubimos salido de la ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera:

-Dígame, Johann, ¿qué noche es hoy?
Se persignó al tiempo que contestaba lacónicamente:

-Walpurgis Nacht.
Y sacó su reloj, un grande y viejo instrumento alemán de plata, tan grande como un nabo, y lo contempló, con las cejas juntas y un pequeño e impaciente encogimiento de hombros. Me di cuenta de que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra el innecesario retraso y me volví a recostar en el asiento, haciéndole señas de que prosiguiese. Reanudó una buena marcha, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos parecían alzar sus cabezas y olisquear suspicazmente el aire. En tales ocasiones, yo miraba alrededor, alarmado. El camino era totalmente anodino, pues estábamos atravesando una especie de alta meseta barrida por el viento. Mientras viajábamos, vi un camino que parecía muy poco usado y que aparentemente se hundía en un pequeño y serpenteante valle. Parecía tan invitador que, aun arriesgándome a ofenderlo, le dije a Johann que se detuviera y, cuando lo hubo hecho, le expliqué que me gustaría que bajase por allí. Me dio toda clase de excusas, y se persignó con frecuencia mientras hablaba. Esto, de alguna forma, excitó mi curiosidad, así que le hice varias preguntas. Respondió evasivamente, sin dejar de mirar una y otra vez su reloj como protesta. Al final, le dije:
-Bueno, Johann, quiero bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es todo lo que le pido.

Como respuesta, pareció zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de súplica y me imploró que no fuera. Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se echaba atrás y decía mientras se persignaba:

-Walpurgis Nacht!
Traté de argumentar con él pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas, pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y acababa por revertir a su idioma natal.... y cada vez que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto, palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada, saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo lo seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como respuesta, se persignó, señaló al punto que había abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro camino, indicando una cruz y diciendo, primero en alemán y luego en inglés:

-Enterrados..., estar enterrados los que matarse ellos mismos.
Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos.

-¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante!

Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos.
Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo:

-Suena como lobo..., pero no hay lobos aquí, ahora.
-¿No? -pregunté inquisitivamente-. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?

-Mucho, mucho -contestó-. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos.
Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró hacia el horizonte haciendo visera con su mano, y dijo:

-La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco.

Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje.
Me sentía un tanto obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.

-Hábleme del lugar al que lleva este camino -le dije, y señalé hacia abajo.
Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:

-Es maldito.

-¿Qué es lo que es maldito? -inquirí.
-El pueblo.

-Entonces, ¿hay un pueblo?
-No, no. Nadie vive allá desde cientos de años.

Me devoraba la curiosidad:

-Pero dijo que había un pueblo.
-Había.

-¿Y qué pasa ahora?
Como respuesta, se lanzó a desgranar una larga historia en alemán y en inglés, tan mezclados que casi no podía comprender lo que decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía muchos cientos de años habían muerto allí personas que habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus vidas (¡ay, y sus almas!.... y aquí se persignó de nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no.... no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en su narración, se iba excitando más y más, parecía como si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro, sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si esperase que alguna horrible presencia se fuera a manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la luz del sol. Finalmente, en una agonía de desesperación, gritó: «Walpurgis Nacht!», e hizo una seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia atrás, dije:

-Tiene usted miedo, Johann... tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo; un paseo a pie me sentará bien. -La puerta del carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la puerta. Señalé el camino de regreso a Múnich y repetí-: Regrese, Johann... La noche de Walpurgis no tiene nada que ver con los ingleses.
Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos mientras me imploraba excitadamente que no cometiera tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección, exclamé: «¡Regrese!», y me di la vuelta para bajar por el camino lateral, hacia el valle.

Con un gesto de desesperación, Johann volvió sus caballos hacia Múnich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego, sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia. Cuando se acercó a los caballos, éstos comenzaron a encabritarse y a patear, luego relincharon aterrorizados y echaron a correr locamente. Los contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño pero me di cuenta de que también él había desaparecido.

Me volví con ánimo tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el profundo valle que tanto había preocupado a Johann. Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón para esta preocupación; y diría que caminé durante un par de horas sin pensar en el tiempo ni en la distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, llegué hasta el disperso lindero de un bosque. Entonces me di cuenta de que, inconscientemente, había quedado impresionado por la desolación de los lugares por los que acababa de pasar.
Me senté para descansar y comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire era mucho más frío que cuando había iniciado mi camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver que grandes y densas nubes corrían rápidas por el cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los signos de una tormenta que se aproximaba por algún lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y, pensando que era por haberme sentado tras la caminata, reinicié mi paseo.

El terreno que cruzaba ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto especial digno de mención, pero en todo él se notaba cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y fue sólo cuando empezó a hacerse notar el oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había desaparecido la brillantez del día. El aire era frío, y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse a intervalos el misterioso grito que el cochero había dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me había prometido ver el pueblo abandonado, así que proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de terreno llano, cerrado por las colinas que lo rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de árboles que descendían hasta la llanura, formando grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los más densos grupos de árboles y luego se perdía tras él.
Mientras miraba noté un hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido por los que había pasado, y me apresuré a buscar cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue volviendo cada vez más oscuro, y a mi alrededor se veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por el llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve caía ahora tan densa y giraba a mi alrededor en tales remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos. De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver frente a mí una gran masa de árboles, principalmente cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve.

Pronto me hallé al amparo de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la de la noche. Pero su furia parecía estar abatiéndose: tan solo regresaba en tremendos resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el escalofriante aullido del lobo pareció despertar el eco de muchos sonidos similares a mi alrededor.
En ocasiones, a través de la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver que estaba al borde de una densa masa de cipreses y tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me parecía que entre tantos viejos cimientos como había pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo, me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y, siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo momento en que la divisé, las errantes nubes oscurecieron la luna y atravesé el sendero en tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi camino a ciegas.

Me detuve, pues se produjo un repentino silencio. La tormenta había pasado y, quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado situado frente a mí era una enorme tumba de mármol, tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse, como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna especie de fascinación, me aproximé a la sepultura para ver de quién era y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán:
CONDESA DOLINGEN DE GRATZ
EN ESTIRIA
BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE
EN 1801
En la parte alta del túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la estructura estaba formada por unos pocos bloques macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro.

Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas:

Los muertos viajan de prisa
Había algo tan extraño y fuera de lo usual en todo aquello que me hizo sentir mal y casi desfallecí. Por primera vez empecé a desear haber seguido el consejo de Johann. Y en aquel momento me invadió un pensamiento que, en medio de aquellas misteriosas circunstancias, me produjo un terrible estremecimiento: ¡era la noche de Walpurgis!

La noche de Walpurgis en la que, según las creencias de millones de personas, el diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en ese lugar me encontraba yo ahora solo..., sin ayuda, temblando de frío en medio de una nevada y con una fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue necesaria toda mi filosofía, toda la religión que me habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme en un paroxismo de terror.
Y entonces un verdadero tornado estalló a mi alrededor. El suelo se estremeció como si millares de caballos galopasen sobre él, y esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal violencia que parecía haber sido lanzado por lo míticos honderos baleáricos... Piedras de granizo que aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta el árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a abandonarlo y buscar el único punto que parecía ofrecer refugio: la profunda puerta dórica de la tumba de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de bronce, conseguí una cierta protección contra la caída del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar contra el suelo y los costados de mármol.

Al apoyarme contra la puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el destello de un relámpago que iluminó toda la extensión del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi, pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro. Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado como por la mano de un gigante y lanzado hacia la tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de que me llegara el impacto, tanto moral como físico, me encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo tuve la extraña y absorbente sensación de que no estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando, desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas. La mujer muerta se alzó en un momento de agonía, lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar con el aullido de los lobos. La última cosa que recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me estuvieran rodeando en medio de1a oscuridad de la tormenta de granizo.
Gradualmente, volvió a mí una especie de confuso inicio de consciencia; luego una sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una sensación gélida en mi nuca y a todo lo largo de mi espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi pecho notaba una sensación de calor que, en comparación, resultaba deliciosa. Era como una pesadilla..., una pesadilla física, si es que uno puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi pecho me impedía respirar normalmente.

Ese período de semiletargo pareció durar largo rato, y mientras transcurría debí de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de repugnancia, como en los primeros momentos de un mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo, aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y entonces me llegó la consciencia de la terrible verdad, que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara la sangre en mis venas. Había algún animal recostado sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta de que se había producido algún cambio en mí, pues levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo. Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca.
Durante otro período de tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido, seguido por un aullido, y luego por otro y otro. Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un «¡hey, hey!» como de muchas voces gritando al unísono. Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera, y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles, surgió al trote una patrulla de jinetes llevando antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó por el cementerio. Vi cómo uno de los jinetes (soldados, según parecía por sus gorras y sus largas capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché cómo la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me había tomado por el lobo. Otro divisó al animal mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre los nevados cipreses.

Mientras se aproximaban, traté de moverme; no lo logré, aunque podía ver y oír todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los soldados saltaron de su monturas y se arrodillaron a mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano sobre mi corazón.
-¡Buenas noticias, camaradas! -gritó-. ¡Su corazón todavía late!

Entonces vertieron algo de brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de abrir del todo los ojos y mirar a mi alrededor. Por entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo los hombres se llamaban los unos a los otros. Se agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las luces centellearon cuando los otros entraron amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban preguntaron ansiosos:
-¿Lo hallaron?

La respuesta fue apresurada:
-¡No! ¡No! ¡Vámonos.... pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en esta noche!

-¿Qué era? -preguntaron en varios tonos de voz.
La respuesta llegó variada e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran refrenados por algún miedo compartido que les impidiese airear sus pensamientos.

-¡Era... era... una cosa! -tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había derrumbado.
-¡Era un lobo..., sin embargo, no era un lobo! -dijo otro estremeciéndose.

-No vale la pena intentar matarlo sin tener una bala bendecida -indicó un tercero con voz más tranquila.
-¡Nos está bien merecido por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos ganado los mil marcos! -espetó un cuarto.

-Había sangre en el mármol derrumbado –dijo otro tras una pausa-. Y desde luego no la puso ahí el rayo. En cuanto a él... ¿está a salvo? ¡Miren su garganta. Vean, camaradas: el lobo estaba echado encima de él, dándole calor.
El oficial miró mi garganta y replicó:

-Está bien; la piel no ha sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo habríamos hallado de no haber sido por los aullidos del lobo.
-¿Qué es lo que ocurrió con ese lobo? -preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza, que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues sus manos estaban firmes, sin temblar. En su bocamanga se veían los galones de suboficial.

-Volvió a su cubil -contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y que temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba a su alrededor-. Aquí hay bastantes tumbas en las que puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos rápido! Abandonemos este lugar maldito.
El oficial me alzó hasta sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la orden de avanzar; dando la espalda a los cipreses, cabalgamos rápidamente en formación.
Mi lengua seguía rehusando cumplir con su función y me vi obligado a guardar silencio. Debí de quedarme dormido, pues lo siguiente que recuerdo es estar de pie, sostenido por un soldado a cada lado. Ya casi era de día, y hacia el norte se reflejaba una rojiza franja de luz solar, como un sendero de sangre, sobre la nieve. El oficial estaba ordenando a sus hombres que no contaran nada de lo que habían visto, excepto que habían hallado a un extranjero, un inglés, protegido por un gran perro.

-¡Un gran perro! Eso no era ningún perro -interrumpió el hombre que había mostrado tanto miedo-. Sé reconocer un lobo cuando lo veo.
El joven oficial le respondió con calma:

-Dije un perro.
-¡Perro! -reiteró irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo-: Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?

Instintivamente alcé una mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del joven oficial:
-Un perro, he dicho. Si contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros.

Entonces monté tras uno de los soldados y entramos en los suburbios de Múnich. Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando su caballo y los demás regresaban al cuartel.
Cuando llegamos, Herr Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir a mi encuentro que se hizo evidente que había estado mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta insistí en que me acompañara a mis habitaciones. Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate; ante esta ambigua explicación el maître d'hôtel sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba.

-Pero Herr Delbrück -interrogué-, ¿cómo y por qué me buscaron los soldados?
Se encogió de hombros, como no dándole importancia a lo que había hecho, y replicó:

-Tuve la buena suerte de que el comandante del regimiento en el que serví me autorizara a pedir voluntarios.
-Pero ¿cómo supo que estaba perdido? -le pregunté.

-El cochero regresó con los restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando los caballos se desbocaron.
-¿Y por eso envió a un grupo de soldados en mi busca?

-¡Oh, no! -me respondió-. Pero, antes de que llegase el cochero, recibí este telegrama del boyardo de que es usted huésped -y sacó del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí:
BISTRITZ

«Tenga cuidado con mi huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con la nieve y los lobos y la noche. No pierda un momento si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo con mi fortuna. - Drácula.
Mientras sostenía el telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi alrededor y, si el atento maître d'hôtel no me hubiera sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser, en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas..., y esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje que me había arrancado del peligro de la congelación y de las mandíbulas del lobo.

El invitado de Drácula de Bram Stoker.



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