jueves, enero 03, 2013

El Athletic Club (desde mis gafas de pasta)

Magnífico artículo de Lartaun de Azumendi para jotdown.es
 
 
 
Al escribir esta pieza no pretendo pontificar, provocar adhesión, empatía, coincidencia, alterar los ánimos, ni siquiera una identificación con el texto. La única razón que me mueve a escribir este artículo es la de poner luz sobre qué es para mí el club de mis amores. Otra luz. Un foco tan válido, o no, como tantísimos otros que durante los más de 114 años de historia se han publicado sobre el Athletic Club. Nada más.
 
Un poco de historia
 
Hay que viajar dos siglos atrás para situar a la pujante industria vizcaína del momento. Los industriales de la margen derecha del Nervión —cuyos negocios estaban sitos en la margen contraria— miraban a una más avanzada Gran Bretaña para tratar de replicar los novedosos modelos que hacían de las Islas la avanzadilla europea en el marco de un nuevo paradigma.
 
Las relaciones vizcaíno-británicas conllevaron la llegada de nuevas sucursales inglesas, acuerdos de colaboración así como un enorme trasiego de capital humano que serviría de ayuda para comprender, digerir e implantar las claves de la nueva economía industrial. El Gran Bilbao se britanizó en unos pocos años.
 
Bilbao recibía así a numerosos jóvenes ingleses que en sus escasos momentos de esparcimiento aprovechaban para degustar la fecunda gastronomía local, acudir a los salones de baile y practicar, allí donde hubiera una campa, un juego llamado foot-ball que ya levantaba pasiones en su país de origen. Las relaciones fabriles entre ingenieros, químicos, capataces y mecánicos llegados de Inglaterra y los hijos de los industriales locales estaban abocadas a terminar encontrándose en un rectángulo verde. Y así fue.
 
La pericia, la técnica y el conocimiento del reglamento del juego eran la base sobre la que se hacían valer los extranjeros para batir en buena lid a los locales que no contaban con más formación atlética que la adquirida en los frontones de pelota vasca, el remo, el ciclismo o la gimnasia sueca, muy en boga en la época.
 
Dicen las crónicas que en 1894 un bravo ciudadano bilbaino retó a aquellos chicos llegados de las Islas a un encuentro de aquel sport del que tanto presumían. Las campas de Lamiaco vieron cómo los locales caían por seis tantos a cero, lógicamente.
 
En cualquier caso, aquellos vizcaínos de buena planta y mayor orgullo pusieron todo de su parte para en un medio plazo poder llegar a mezclarse con sus foráneos maestros en el mismo once. Porque ese momento llegó más pronto que tarde.
 
En 1898, y tras un aprendizaje necesario, 33 aficionados a la práctica deportiva crearon en el bilbaino Gimnasio Zamacois un equipo de foot-ball local. El Athletic Club. Ese fue, ha sido y es su nombre. El apéndice “de Bilba” al que siempre se hace referencia se debe a la villa que le vio nacer, pero no pertenece a su denominación. La fundación estatutaria del club, no obstante, no tuvo lugar hasta tres años más tarde, el 5 de abril de 1901.
 
Coetáneo del Athletic Club la capital vizcaína contaba con equipo local, el Bilbao F.C. Solían ambas escuadras retarse con regularidad en el probadero hípico de Lamiaco para dirimir la primacía local con entradas de hasta 3.000 espectadores que poco a poco se iban haciendo al nuevo espectáculo llegado desde Gran Bretaña.
 
En 1902 un combinado de ambos clubes se presentó para la disputa del primer trofeo nacional organizado, el de la Copa de Alfonso XIII. Bajo el nombre de “Bizcaya” acabaron imponiéndose fácilmente al Español de Barcelona (5-0), el New Club de Madrid (8-1) y por la mínima (2-1) al Barcelona.
 
El año de 1903 fue difícil para ambos clubes, el Bilbao F.C. se disolvió para integrarse sus socios en el Athletic Club y este estuvo a punto de desaparecer por una serie de vicisitudes de índole económica. Pero resistió. Tanto es así que ese mismo año de 1903 y el siguiente, y ya bajo el nombre que hoy todos conocemos, volvió a ganar la Copa.
 
En aquel Bizcaya de 1902 jugaron la Copa ingleses como Davies, Evans, Langford y MacLenan. Más tarde pasarían por las alineaciones bilbainas otros isleños como Burns, Cockram, Dyer, Graham, Martins, Mills, Sloop, Smith y Veich. Habían sido ellos, y muchos otros, los maestros. Y en Bilbao se les valoraba, respetaba y se les quería. Eran parte importante del Athletic Club del inicio del siglo XX.
 
Los últimos británicos en vestir la zamarra del club lo hicieron en 1911. Desde entonces, y por expreso deseo de la masa social, solo jugarían jugadores de los alrededores. Comenzaba por tanto una nueva época para el Athletic Club en la que la que la juventud local estaba ya lo suficientemente preparada para hacer frente a durísimos rivales vascos como el Racing Club de Irún y el Irún Sporting Club (posteriormente fusionados resultando el Real Unión de Irún), el Arenas de Guecho o la Real Sociedad de San Sebastián (Club Ciclista de San Sebastián en sus inicios), entre los más destacados.
 
 
 
En aquellos comienzos del balompié solo se disputaban torneos regionales y la Copa de España. La fundación de la Liga no llegaría hasta 1928. El Athletic Club se hizo, hasta la llegada del torneo de la regularidad, con diez Copas de España (una con el nombre de Bizcaya y que nunca se le suma oficialmente a las 23 que ha ganado hasta el día de hoy como Athletic Club) y otros diez Campeonatos Regionales de Vizcaya o Campeonatos Regionales del Norte, como se les llamó en un principio.
 
Por fin se fundó la Liga en 1928 y diez fueron los clubes fundadores y participantes en la primera edición de la competición. Cuatro equipos vascos —el Athletic Club entre ellos—, tres catalanes, dos madrileños y uno de Santander. Comenzaba así una época en la que convivían los torneos regionales, la Copa de España y la flamante y nueva Liga. Desde entonces, y como por todos es sabido, solo tres de aquellos clubes han acudido —sin fallo y por mérito propio— a su cita con la Primera División: el Athletic Club, el Real Madrid C.F. y el F.C. Barcelona.
 
La primera Liga (28/29) se la llevó el Barcelona siendo para los vizcaínos las dos siguientes, la primera de ellas invicto y logrando los dos primeros dobletes de la historia en España. Eran años de dominio bilbaíino en los que lo habitual era que Liga o Copa llegaran a la vitrinas del club vasco casi cada temporada. Estaban dirigidos por Mister Pentland, el coach del bombín que dejó para siempre el apelativo de “míster” en el fútbol español para referirse a los entrenadores.
 
Para entonces los rojiblancos no solo contaban con una sala de trofeos envidiable, sino que habían tenido en sus filas jugadores que pertenecerían por derecho propio a la historia del balompié nacional. Los Rafael Moreno Pichichi“, el goalkeeper Gregorio Blasco, José Mari BelausteguigoitiaBelauste” (a mí, Sabino, el pelotón que los arrollo), Ignacio Aguirrezabala “Chirri II”, Victorio Unamuno, Agustín Sauto “Bata”, José “Chato” Iraragorri o Guillermo Gorostiza “Bala Roja”, siguen siendo aún muy renombrados muchas décadas después.
 
El alzamiento franquista y la posterior contienda entre los bandos en que se dividiría España provocaron que la Liga 35/36 (ganada por los rojiblancos) fuera la última disputada hasta el restablecimiento del torneo liguero tras la guerra. Muchos fueron los futbolistas de todo el país que se vieron obligados a luchar en el frente, si bien los mejores de entre los vascos salieron de España enrolados en la selección de Euzkadi camino de Europa. La selección emprendió así un éxodo promovido por el entonces Lendakari José Antonio Aguirre, exjugador del Athletic Club, con el fin de recaudar fondos para ayudar la causa republicana en la cruenta contienda española.
 
Entre los seleccionados que pudieron salir en 1937 para defender los colores de Euzkadi destacaban: Gregorio Blasco, Ángel Zubieta, “Chato” Iraragorri y Guillermo Gorostiza (Athletic Club), Serafín Aedo (Betis), Pedro Areso (Barcelona), Emilín Alonso y Luis Regueiro (Madrid), Isidro Lángara (Oviedo) y Chirri II (ex del Athletic Club pero entonces sin equipo). El entrenador era Pedro Vallana, exfutbolista del Arenas, único jugador en la historia de España que participó en tres JJ. OO. y que acabaría como colegiado de Primera.
 
Durante el 37 y el 38 recorrieron el viejo continente jugando contra equipos y selecciones, sobre todo de la Europa del Este, con grandes resultados a favor. Baste como muestra que su último partido del periplo acabó con una gran goleada a favor (11-1) con la selección danesa como víctima. Una vez caído Bilbao del lado del bando nacional, los componentes de Euzkadi tomaron rumbo a América donde harían grandes campañas. En México y en Cuba se impusieron a prácticamente cuantos rivales se les pusieron enfrente.
 
La selección vasca llegó a disputar una de las dos ligas más pujantes del país azteca bajo la denominación de Club Deportivo Euzkadi en la temporada 38/39. Según contaron los participantes vascos, ganaron el campeonato, aunque si hacemos caso a los apuntes de la Federación Mexicana de Fútbol, el C.D. Euzkadi fue segundo tras el Asturias F.C. Un éxito en cualquier caso. Aquella selección en el exilio contaba con siete jugadores del Athletic Club y Chirri II. Formaban la columna vertebral del combinado.
 
Acabada la guerra hubo rojiblancos que se quedaron, con gran éxito, en América como fueron los casos de Zubieta, Iraragorri y Blasco, y Chirri II o José Muguerza —tío del también eibarrés José Eulogio Gárate— (estos dos últimos para retirarse). Otros regresaron a España como Gorostiza y Roberto Echevarría para seguir jugando algún año más en Bilbao antes de pasar al Valencia y la Real Sociedad, respectivamente.
 
El fútbol volvería a disputarse de manera organizada en España en la temporada 39/40 y el Athletic Club tuvo que pescar en los clubes vecinos para formar un equipo de garantías. A la vuelta de los veteranos Gorostiza y Unamuno, se unieron las llegadas de jóvenes como Lezama (procedente de la liga inglesa), Zarra, Iriondo, Panizo o Gaínza. Costó, pero se aseguró el relevo.
 
La temporada 42/43 resultó todo un éxito para el Athletic Club, a la habitual Copa se sumó la consecución de la Liga para lograr otro doblete. Este grupo de jugadores a los que se sumaron Venancio y un veteranísimo Iraragorri, vuelto de hacer las Américas para jugar del 47 al 49 y entrenar al equipo nada más retirarse, fue capaz de llevarse además las Copas del 44, 45, 50 y 55. La segunda delantera histórica del club (Iriondo, Venancio, Zarra —récord no superado de seis “Pichichis”—, Panizo y Gaínza), heredera de la primera de los 30 (Lafuente, Iraragorri, Bata, Chirri II y Gorostiza), pasarían a la historia del fútbol español como icono futbolístico del balompié de la postguerra.
 
 
 
 
Agustín “Piru” Gaínza, 19 temporadas en el primer equipo a gran nivel, sirvió como enganche entre la generación de Zarra y la de los Carmelo, Orúe, Canito, Garay, Mauri, Maguregui, Artetxe, Markaida, Arieta, Uribe y el propio Gaínza. El equipo de “Los once aldeanos” como lo bautizaría el presidente Guzmán después de imponerse al Madrid de las Copas de Europa en la final de Copa del 58 en el mismo Chamartín. Aquellos chavales fueron capaces de lograr una Liga (55/56) y dos Copas (56 y 58) y por consiguiente otro doblete. En 1959 “Piru” decía adiós y con él se cerraba definitivamente un época dorada del fútbol en el Botxo. Su envidiable palmarés mostraba la consecución de dos Ligas y siete Copas, tan solo comparable a las del athlético más laureado, el “Chato” Iraragorri de las cuatro Ligas y cuatro Copas.
 
Los años 60 vieron el nacimiento de otro mito rojiblanco. Un portero tan solo comparable a gigantes como Ricardo Zamora, Luis Arconada e Iker Casillas en la historia del fútbol español: José Ángel Iribar, El Chopo”. Formado en el fútbol playero de Zarauz y fichado del Basconia, Iribar fue el portero más importante de la segunda mitad del siglo XX en España. El “Iribar es cojonudo” se hizo más famoso que el Porrompompero de Manolo Escobar, y es que el efecto que supuso la llegada del meta guipuzcoano trascendió más allá del ámbito rojiblanco. Con él, un Athletic Club al que cada vez le costaba más competir contra los grandes rivales que contaban con los mejores extranjeros y el famoso coladero de los oriundos, se consiguieron dos Copas (69 y 73), dos subcampeonatos coperos (66 y 67), la pérdida de una Liga que ya se veía bilbaína en la temporada 69/70 y un subcampeonato de la UEFA (77), el mismo año que se perdía otra Copa más, esta a penaltis contra el Betis de Rafa Iriondo. Fueron 18 temporadas de indiscutible titularidad en las que contó con compañeros tan ilustres como Fidel Uriarte, Antón Arieta, Chechu Rojo, Ángel María Villar o un excelente interior zurdo al que las lesiones le apartaron demasiado pronto de la práctica deportiva, Javier Clemente. Asimismo, fue campeón de la Eurocopa de 1964 con la selección española.
 
Iribar hizo de puente entre “Los once aldeanos” de los últimos 50 y primeros 60 y los leones de Clemente de los primeros 80. El rubio de Baracaldo, un entrenador sin más experiencia que la de dirigir al Arenas, el Basconia y el Bilbao Athletic, llegó al primer equipo del club para dar la vuelta a la mentalidad de una plantilla cuyos integrantes gozaban de una mezcla de experiencia (provenientes del Athletic de la “Operación retorno” de los 70) y bisoñez —no exenta de calidad— surgida de un equipo filial en auge. Así los Rojo, Guisasola, Goikoetxea, Dani, Sarabia y Argote veían cómo iban a compartir caseta con integrantes de una generación como la de los Zubizarreta, Cedrún, Liceranzu, De la Fuente, De Andrés, Gallego, Sola y Urtubi. Pronto asomarían también los hermanos Salinas, justo a tiempo.
 
El equipo base lo conocíamos todos de memoria: Zubizarreta, Urkiaga, Goikoetxea, Liceranzu, De la Fuente, De Andrés, Gallego, Urtubi, Dani, Sarabia y Argote. Con Núñez, Sola y Noriega como recambios más frecuentes en unos tiempos en los que no existían las rotaciones y solo se permitían dos cambios por partido. Clemente era un treintañero muy echado para delante, conocedor del club, excelente motivador, exprimidor hasta el límite de sus plantillas y listo como los ratones colorados. Polémico, defensor a ultranza de lo suyo y su plantilla, provocador… quizá pueda recordar, siquiera levemente, a alguien de hoy en día. Con él, aquel aguerrido y extramotivado plantel fue capaz de ganar la Liga 82/83 (27 años después de la última), lograr el doblete de Liga y Copa en la 83/84 y llegar a la final copera el año siguiente. Todo ello frente a rivales como la Real, que venía de ganar dos Ligas consecutivas con Arconada, Zamora y Satrústegui, el Barcelona de Schuster y Maradona o el Real Madrid de Stielike, Juanito y Santillana.
 
El citado trienio de Clemente, de una trascendencia y mérito tremendos para Bilbao, fue un legado excelente dejado por el rubio. Esa fue la de cal. La de arena, hasta el punto de que resquebrajó por la mitad la armonía de la hinchada rojiblanca y dejó una enorme herida social que tardó años en cerrar, fue la obstinación del técnico vizcaíno por prescindir de Manolo Sarabia por razones tan extradeportivas como ignotas, o al menos no explicadas con sinceridad.
 
El traumático cese del joven técnico y la más tardía salida de Sarabia del club dieron paso una época más bien gris en la que solo la llegada de tres técnicos (Howard Kendall, Jupp Heynckes —en su primera etapa— y Luis Fernández) pusieron al Athletic Club en puestos de cierta relevancia. Tres momentos concretos en un lapso de casi 15 años que llevarían al equipo a la UEFA en alguna ocasión y a la Champions League tras hacerse con el subcampeonato liguero en la 97/98, el año del centenario de la institución.
 
Hay que destacar asimismo dos temporadas negras antes de cerrar el repaso al siglo XX. El año de Iribar como técnico (86/87) y la campaña 95/96, con Dragoslav Stepanovic. En ambas se vivieron flirteos con el descenso, situaciones nuevas para el aficionado bilbaino, sin duda.
 
El tránsito entre siglos vio cómo en el verde de San Mamés crecía el que ha sido el último gran ídolo de la parroquia bilbaína: Julen Guerrero. Con una primera mitad de carrera de primerísimo nivel internacional y una segunda etapa de doloroso y pronunciado declive, Guerrero resultó un jugador cuya impronta no quedaba marcada de una forma tan indeleble entre la afición de San Mamés desde la irrupción del genio de Sarabia en los ochenta.
 
 
 
Un poco de filosofía autoimpuesta
 
La elección de unos criterios de procedencia de los jugadores por parte de la masa social del club —y a veces mangoneada por sus dirigentes— es, a estas alturas, el principal signo de distinción de esta entidad más que centenaria. La “filosofía” —como se la llama— no ha sido, empero, siempre la misma aunque sí similar. Volvamos al pasado.
 
Los primeros trece años del Athletic Club los hijos de los burgueses locales (los Acha, Sota y compañía) se alineaban junto a los venidos de Gran Bretaña, costumbre que terminó en 1911, dos años antes de que se inaugurara San Mamés.
 
A partir de que los alumnos creyeron estar a la altura de los teachers y de una desagradable denuncia —que no prosperó— por parte de los vecinos de San Sebastián, los dirigentes de la institución decidieron que “con la gente de casa” sería suficiente para competir con iruneses, santanderinos, madrileños o barceloneses. Y así fue.
 
Cuando el Athletic Club se planteó no seguir con los ingleses, las alineaciones de sus equipos estaban formadas mayoritariamente por vizcaínos. Si bien guipuzcoanos, alaveses y navarros fueron teniendo cabida en las filas rojiblancas de manera natural con el paso de los años. Las razones de esa apertura a las provincias cercanas pudieron ser dos principalmente: la necesidad de complementar un plantel al que le faltaba calidad por nutrirse solo de jugadores de Vizcaya, y la importancia económica y laboral del Gran Bilbao como foco de atracción de muchos jóvenes de las cercanías para finalizar sus estudios y buscarse una primera oportunidad laboral en un mundo tan cambiante, también en aquel entonces.
 
La llamada filosofía del Athletic Club no ha sido bien detallada a lo largo de los tiempos y como consecuencia de ello y de las, en ocasiones, errantes voluntades de quienes han estado al frente de la entidad, ha tenido viajes de ida y vuelta a terrenos que a veces han resultado poco lógicos.
 
Durante una época, el club no permitía que la primera plantilla contara con jugadores no nacidos en alguna de las siguientes provincias: Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Navarra. Era algo que durante parte de los años 50, 60 y 70 se llevaba a rajatabla. Uno podía nacer en Soria y ser trasladado al mismo Bilbao en menos de un mes que no podría jugar en el Athletic Club ya jugara como los ángeles. Alguien pensó que ser tan estrictos haría del club un lugar más… algo. Vaya usted a saber.
 
El caso es que durante los años 30 y 40, y lejos ya de los recuerdos de los profes ingleses, jugó como brillante defensa un cántabro de nacimiento, de la localidad montañesa de Escalante para más señas, que rindió excelentemente y nunca abrió entre la afición ningún conflicto por su distingo natal. Me refiero a Isaac Oceja, de quien todo buen aficionado rojiblanco habrá oído hablar. Sin embargo, no se sabe por qué, un día alguien se levantó todo estupendo, purista, señalando con el índice la línea de marras en las partidas de nacimiento.
 
Y así se pueden citar casos de jugadores que nunca pudieron vestir la rojiblanca como el de Miguel Jones, delantero negro nacido en Guinea Ecuatorial pero que vivía en Bilbao desde los cinco años de edad. Acabó siendo un futbolista importante en el Atlético de Madrid. Otro caso es el de Chus Pereda, nacido en Medina de Pomar (Burgos) pero jugador del Valmaseda ya a los 15 años donde estuvo tres campañas antes de fichar por el segundo club de Bilbao, el Indauchu. Su origen hizo que el Athletic Club lo desestimara pese a haberse formado en Vizcaya y acabó fichando por el Real Madrid a los 20 años. El más sangrante, el de Gárate. José Eulogio Gárate, hijo, nieto y biznieto de eibarreses, vio la luz en Argentina porque sus padres estaban de vacaciones visitando a su abuelo exiliado en la localidad de Sarandí. Pocos meses después viajó a Eibar para no salir del pueblo hasta alcanzar la mayoría de edad. Comenzó jugando en la S.D. Eibar, fichó por la S.D. Indauchu y de allí hubo de marchar al Atlético de Madrid —donde hoy es auténtica leyenda— por la absurda pega del Athletic Club a que hubiera nacido en Argentina.
 
Por último citaré a uno cuya historia, amén de injusta, pudo de alguna forma vengar su hermano. Lázaro era un buen futbolista cuya ilusión era a comienzos de los 70 jugar en su Athletic del alma. Calidad le sobraba, compromiso, no digamos. Solo presentaba un problema, insalvable le dijeron mientras lloraba amargamente la noticia. Había nacido en Torres (Jaén) y pese a haber vivido toda la vida en Gallarta (Vizcaya) no podía jugar en su Athletic. Su hermano Manuel le dijo al verle absolutamente derrotado: “No te preocupes, Lázaro, que yo jugaré en el Athlétic, porque he nacido aquí y a mí no me pueden decir que no.” Y bingo, acabó ocurriendo. Manolo Sarabia vengó la afrenta sufrida por su hermano para convertirse en una figura del fútbol defendiendo los colores rojo y blanco.
 
 
 
A finales de los setenta la norma no escrita aparecida de repente años atrás se volvió más laxa desde los despachos. Así futbolistas como Luis Fernando, Patxi Ferreira, Loren o Ernesto Valverde, cuyas madres habían parido en Castilla o Extremadura, jugaron en el Athletic en los 80 y los 90. Aunque el caso más llamativo fue el del riojano Luis De la Fuente. Nacido y criado en Haro, el estupendo lateral izquierdo de la época dorada del Athletic de Clemente apareció en Lezama en edad juvenil a mediados de los 70. Algo había cambiado en las reglas sin que los socios hubieran participado en la discusión de las mismas, una vez más.
 
De la Fuente reabrió el camino y desde entonces la casuística ha sido tan variada como incomprensible en algunas ocasiones. Cualquier jugador criado en el País Vasco o Navarra o formado en las categorías inferiores de Lezama no tenía por qué haber nacido en el Vizcaya, Guipúzcoa, Álava o Navarra para llegar al primer equipo. Incluso para fichar a Bixente Lizarazu se apeló a que como había venido al mundo en San Juan de Luz (País vasco-francés o Iparralde) era vasco y por tanto susceptible de ser fichado. Sorprendió a pocos, y más de uno lo utilizó para decir que el Athletic Club jugaba ya con foráneos. Lo que no tuvo pase alguno, si se miraba a la eterna y etérea norma, fue la decisión de fichar a dos futbolistas riojanos que habían pasado por Osasuna pero no se habían formado en la cantera de Lezama. Aquello fue algo totalmente nuevo y soy de los que opinan que no había por dónde cogerlo. Me refiero a los casos de Ezquerro y José Mari, primera vez que se cruzaba una línea roja autoimpuesta sin dar cuenta de qué se estaba haciendo. Porque ni eran vasco-navarros, ni habían pasado por las inferiores del Athletic. Una vez más los regidores del club reinventaban la regla sin previa consulta a los dueños de la entidad. Un desprecio a los socios y la tradición.
 
Desde la salida, años más tarde, de José Mari y Ezquerro, no se ha vuelto a incurrir en fichajes de jugadores en similares circunstancias aunque alguna vez se ha intentado dejar claro desde la entidad que la trampa que se hicieron en el solitario había podido abrir una espita a la que poder acudir cuando se considerara oportuno.
Por su interés reproduzco textualmente el pequeño escrito que aparece en la web del club desde, al menos, 2010 y que atañe a la nueva definición de la filosofía del Athletic Club:
 
“El Athletic Club está radicado en Bilbao, provincia de Bizkaia (País Vasco). Nuestra filosofía deportiva se rige por el principio que determina que pueden jugar en sus filas los jugadores que se han hecho en la propia cantera y los formados en clubes de Euskal Herria, que engloba a las siguientes demarcaciones territoriales: Bizkaia, Gipuzkoa, Araba, Nafarroa, Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa Behera, así como, por supuesto, los jugadores y jugadoras que hayan nacido en alguna de ellas”.
 
Dos casos curiosos a los que quisiera hacer mención son los de alguien que no fue y otro que apenas fue pero trajo cola. Me refiero a Benjamín (ex de Valladolid y Betis) y Mario Bermejo (aún jugando en el Celta en Primera). Benjamín Zarandona, de sobra conocido por cualquier aficionado al fútbol, era un jugador de raza negra de padre vizcaíno y madre guineana. Su buen nivel futbolístico hizo que sonara (y algo más) para el club de Ibaigane. Conozco varios socios —jovenes, por cierto— que me dijeron que romperían el carnet “si el Athletic ficha a un negro por mucho que su padre sea de aquí”. Hoy sigo convencido de que la junta directiva no se atrevió a cerrar el fichaje precisamente por el color de la piel del simpático Benjamín, porque nivel deportivo atesoraba. Y es que de pronto, los hijos de vascos también eran bienvenidos en el primer equipo del Athletic aunque fueran de Almería o de Santander, como era el caso de Mario Bermejo. De Bermejo se dijo que su padre había nacido en Bilbao y de ahí la posibilidad de jugar en el primer equipo. No es que jugara mucho, aunque le dio para debutar en la UEFA incluso, pero siendo como era cántabro un buen día fue llamado para jugar con la selección de Cantabria. El Athletic le prohibió jugar con la selección de su autonomía para que su ya de por sí polémico encaje en la tradición del club no diera más que hablar y se diera cuenta la gente de que se sentía cántabro.
 
Por cierto, el primer equipo ya ha jugado en varias ocasiones con un futbolista negro en sus filas, afortunadamente. Se trata del canterano Jonás Ramalho, baracaldés de nacimiento, de padre angoleño y madre vasca.
 
Sea como fuere, el Athletic Club sigue librando —porque así lo desea— una lucha desigual ante sus rivales por las extraordinarias limitaciones de sus caladeros futbolísticos. Limitaciones que van variando según la época, las circunstancias y el capricho de los de la corbata, pero de las que se sienten orgullosos la mayoría de sus socios y aficionados. Aunque no todos las mantendrían.
 
Un poco de presente
 
En la primera temporada completa del XXI el Athletic Club decidió dar una segunda oportunidad a Jupp Heynckes en el banquillo. Fueron dos años en los que se estuvo cerca de entrar en Europa pero al equipo aún le faltaba una renovación más profunda y un entrenador con ilusión por su trabajo.
Las dos campañas siguientes fueron del agrado del aficionado. Con el “Txingurri Valverde en el banco y una propuesta futbolística atractiva, el equipo quedó quinto y se ganó el derecho a jugar la UEFA. La 2004/05 se comenzó muy bien con aquella goleada a domicilio al Standard de Lieja por 1-7 como hecho llamativo. El equipo fue pinchando hasta acabar fuera de puestos uefos y con Valverde negándose a renovar. Nadie podía imaginar lo que esperaba a la vuelta de la esquina.
 
Las campañas 2005/06 y 2006/07 helaron la sangre a los seguidores del Athletic. En la primera de ellas se comenzó con un entrenador plano como Mendilibar para terminar sustituyéndole un Javier Clemente en la que iba a ser su tercera etapa en el banquillo. El Athletic Club se salvó de bajar a Segunda en la penúltima jornada al vencer por 1-2 en Riazor. La segunda temporada tuvo a Sarriugarte como jefe hasta que fue relevado por Mané. El drama, esta vez, llegó más allá. Hubo que esperar a la última jornada para derrotar en casa por 2-0 a un Levante que no se jugaba nada en lo deportivo con goles de Serrano en propia puerta e Igor Gabilondo, ambos en la segunda parte. Un partido del que muchos, por lo menos, dudamos. Y es que, tiempo después, el periodista valenciano Vicente Ordaz emitía una grabación sobre una conversación telefónica entre el granota Iñaki Descarga y el rojiblanco Joseba Etxeberria que hablaba por sí sola. La Justicia prefirió mirar para otro lado. Así se cerraba el bienio negro.
 
 
 
La llegada de Joaquín Caparrós a la caseta del equipo resultó muy positiva. Fueron cinco años de equipo sólido, canteranos promocionados y el brillo de dos futbolistas de primera línea: Javi Martínez y Fernando Llorente. No es que el fútbol de Caparrós gustara a casi nadie, pero no se le podía negar robustez y una cierta eficacia. Dos clasificaciones para la Europa League y la disputa de una final de Copa 24 años después son mérito del utrerano y su plantilla. En su haber también hay que destacar su visión para rescatar, de una cesión, a un aparente jornalero del fútbol de bronce llamado Toquero. Gaizka Toquero respondió a la confianza que el míster depositó en él y desde la fuerza de sus armas —alejadas de esa técnica tan ensalzada como único valor hoy en día— fue capaz de dotar al equipo de un corazón y una entrega del nivel de las que mostraron mitos rojiblancos como Belauste, Mauri, Uriarte, Guisasola, Goiko, o Dani. La tan necesaria función de un jugador del Athletic Club con el que el público de San Mamés se pudiera identificar.
 
Pero llegaron las nuevas elecciones a presidente de la entidad y Fernando García Macua —tremendamente perseguido por socios, aficionados y cierta prensa por no ser nacionalista— pretendía repetir cuatro años más. Para impedirlo, el partido que hegemónicamente ha dominado la sociedad vasca y el club desde la llegada de la democracia puso a sus fontaneros al servicio del aspirante: Josu Urrutia. El excentrocampista de Deusto, además de los avales económicos de una de las constructoras de cabecera del PNV y el apoyo de los batzokis y demás tentáculos sociales, necesitaba un frontman, un entrenador que hiciera que los dudosos acudieran a confiarle su voto. Alguien que fuera lo opuesto a Caparrós y que el solo hecho de pronunciar su nombre generase ilusión a espuertas.
 
Entran Valdano y Segurola.
 
Quienes conocen a Jorge Alberto Valdano saben que es un absoluto enamorado de San Mamés. Valdano acude al campo bilbaino varias veces al año, bien por trabajo o por simple devoción. A Santiago Segurola no hace falta presentarle ni medirle su amor por el Athletic Club. Pues bien, Marcelo Bielsa dice no al Sevilla, a la Real Sociedad, al Inter y hasta al sursuncorda porque Segurola y Valdano le convencen para ir a Bilbao de la mano de Urrutia, presumible ganador de los comicios.
 
Urrutia ganó y comenzó la era Bielsa. Del “Loco” se decía saber poco en un inicio. Que si había dejado tirado al Espanyol hacía unos años para irse a entrenar a Argentina, que si su apodo era por algo, que había logrado aupar a Chile muy por encima de sus posibilidades, que era amigo de Guardiola, que no concedía entrevistas… pequeñeces. ¿Y de fútbol, qué?
 
De fútbol todo. A Bielsa le costó unas semanas desplegar su libreta y que los jugadores entendieran ese juego preciosista, de imprescindible solidaridad extenuante, un fútbol de rabiosa presión desde el ariete al último de los defensas. Los jugadores aprendieron nuevos caminos, el balón volvía a ser necesario para ganar, el esfuerzo y la generosidad se tornaron indiscutibles. Y así fueron capaces de realizar una brillantísima Europa League, una muy meritoria Copa y una más que aceptable Liga. Los Llorente, Iraola, Javi Martínez, Herrera, De Marcos y Muniain dieron un salto hacia arriba de un par de escalones para dejar boquiabiertos a crítica y público.
 
Poco a poco se fue sabiendo que las formas de Bielsa no resultaban del agrado de todos, pero el equipo iba como un cohete y merecía la pena. Se disputaron las dos finales de los torneos del KO y si bien las actuaciones en las mismas dejaron mucho que desear, los aficionados del Athletic exudaban alegría ante la tremenda transformación del equipo. “A lo Loco se vive mejor”, le cantaban a Bielsa una y otra vez. Con denuedo, sin descanso.
 
El rosarino renovó su contrato por otra temporada, y a mediados de julio todos esperaban que las cosas se mantuvieran al nivel de la temporada 2011/12. O que fueran a mejor, que para eso “somos de Bilbao”.
 
Pero nada de eso iba a ocurrir. Recién llegado de sus vacaciones, Bielsa incendió el verano por considerar que las obras que había ordenado realizar en las instalaciones de Lezama estaban mal e iban con retraso. El proyecto de transformación parcial de Lezama había sido realizado por —oh, sorpresa— la mujer del técnico argentino, arquitecta a la sazón. El matrimonio Bielsa había estado toda la temporada previa viviendo en el Hotel Embarcadero de Getxo y la esposa del “Loco” no quería pasar ni un minuto más allí. Necesitaba un hogar en Lezama. El asunto se le fue tanto de las manos al entrenador que llegó a violentar físicamente al responsable de la obra en un hecho sin precedentes en la historia del club. Mal inicio.
 
Por su parte, Fernando Llorente y Javi Martínez, recientemente proclamados campeones de Europa, mostraban de una u otra manera su deseo de abandonar el club. Al tratarse de dos casos distintos, necesitan dos tratamientos diferentes.
 
El navarro, excelente medio centro pese a haber jugado como central con Bielsa, tenía una oferta firme del Bayern de Múnich. Un ofrecimiento que satisfacía, sobre todo, las aspiraciones deportivas del de Aiegi. Durante semanas pidió a Urrutia que le dejara marchar a Alemania por una cantidad sensiblemente inferior a la que marcaba su cláusula. El club, lógicamente, se remitió a la cifra pactada en contrato entre ambas partes. O ponía 40 millones sobre la mesa o no le quedaba otra que permanecer en Bilbao. Hubo tiras pero no aflojas. Los padres del navarro llegaron incluso a pedir un gesto a la entidad de Ibaigane, dejando a Javi en una situación un tanto ridícula para alguien al que se le supone la madurez de un adulto. El caso es que finalmente el club bávaro llegó con el cheque por valor de 40 kilos y Martínez acudió a depositarlo a la sede de la LFP como marca la norma. Se ponía así fin a muchos días de incertidumbre, mal ambiente, peticiones de rebaja y hasta un viaje a escondidas a Alemania para pasar el reconocimiento médico con el club alemán.
 


A nadie se le puede afear el deseo de mejorar deportivamente, solo faltaba. De hecho, su propia llegada al primer equipo procedente de Osasuna siendo un juvenil tras el pago de la cláusula de 6 millones de euros era exactamente lo mismo, o casi, ya que en aquella ocasión el Athletic Club puso el dinero sin regatear ni desestabilizar el ambiente durante semanas. Llegó, pagó y se lo llevó. En cualquier caso, Javi fichó por la entidad bilbaina para mejorar en su carrera como futbolista. Ahora hacía lo mismo. Se fue, eso sí, algo a la francesa como él mismo reconocería días más tarde desde Múnich. En una rueda de prensa con cara compungida relató su intención de volver pronto a Bilbao y despedirse de todos como una persona educada. Perfecto. La cuestión es que el chico cuyos padres pidieron árnica al Athletic para que pudiera cumplir su sueño bávaro apareció por las instalaciones de Lezama acompañado de varios amigos para, con alevosía y nocturnidad, saltar la valla del recinto rojiblanco y así poder vaciar su taquilla —que ya estaba vaciada por el club— y recoger sus pertenencias. El pastel se descubrió gracias a una información publicada en la web vizcaína de El Desmarque y nadie pudo desmentirla. Ahí acabó la relación de afecto de los aficionados rojiblancos hacia quien con gran valor y destreza había defendido los colores del Athletic durante seis campañas.
 
El caso de Fernando Llorente, que aún colea, tiene otro perfil. Durante muchos meses, el hermano y representante del ariete campeón del Mundo y de Europa había estado negociando en Ibaigane una mejora y ampliación de contrato cuyo fin señala el 30 de junio de 2013. La directiva del club, tras muchas conversaciones, dijo que no podía subir de cuatro millones y medio netos anuales para el de Rincón de Soto. Urrutia estaba dispuesto a invertir cada año del futuro contrato de Llorente un 10% del presupuesto total del club. Pero Fernando y su hermano pedían cinco millones y medio. Alrededor de un año negociando por dinero para que a mediados de agosto, con la temporada a punto de iniciarse, el representante llamara al presidente alegando que su hermano se quería ir “por aspiraciones deportivas que el club no podía colmar”. Todo un año yendo a por Rolex y ahora pedían perretxikos. Una auténtica tomadura de pelo. ¿O es que acaso el Athletic Club se había deshecho de sus principales activos de la temporada pasada al estilo Valencia o Málaga y ya no podían aspirar a nada? ¿No contaban prácticamente con el mismo plantel que les había hecho llegar a las finales de Bucarest y Madrid? ¿Por qué negociaron tantos meses por dinero si el proyecto deportivo les era insuficiente? Son preguntas que algún día Fernandito (Clemente dixit) podrá responder si tiene a bien. Aun así, Floris (como le llaman sus compañeros de vestuario) siguió y sigue pidiendo su salida del club aunque a diferencia del caso Javi Martínez nadie venga con el cheque que muestre la cantidad íntegra de su cláusula. Por pedir que no quede… y por el camino, mal ambiente en la primera plantilla en la que están hasta la coronilla de Llorente.
 
Mucho se ha escrito sobre si el club le tendría que haber vendido en verano o ahora en invierno. Cualquiera de las posturas tiene sus pros y sus contras y son claramente defendibles pero desde mi punto de vista —que puedo compartir o no— Urrutia ha querido marcar un camino para futuras peticiones de jugadores clave o canteranos con buen cartel. Quien juega en el Athletic sabe que puede hacerlo hasta que se retire en muchos casos. La inversión en los jugadores es grande, se les paga muy bien y tienen la titularidad casi asegurada. Además, el caladero en el que puede pescar el club para poder competir es voluntariamente estrecho. Por eso, creo que el mensaje a navegantes está siendo nítido: “Si te quieres ir algún día, por la razón que fuera, que sepas que nosotros respetamos los contratos y pedimos que se respeten. O traes hasta el último céntimo o vas apañado”. Más o menos.
 
La temporada, casi perdida con la eliminación de Europa y Copa, queda para ver si más temprano que tarde el equipo consigue alejarse de los puestos de peligro y se salva para el mes de marzo o abril. Cualquier pensamiento en luchar por clasificarse para Europa es ahora mismo poco menos que una quimera. No han sido solo los casos de los futbolistas que han querido salir, el mismo Bielsa está siendo un generador de ruido sobre todo interno. Es de sobra conocido que la plantilla está harta de sus métodos, sus caprichos y la rigidez con la que funciona en el día a día. Y eso se nota, vaya que si se nota. El equipo no juega ni parecido al año pasado, el compromiso pétreo de la temporada anterior no aparece por ninguna parte. Las alineaciones no parecen tan equilibradas y continuistas como las de la campaña anterior. Javi Martínez se fue, Llorente ya ha anunciado que se va en junio y casi nadie duda que Bielsa tiene fecha de caducidad coincidente con la de Llorente.
 
El caso de Fernando Amorebieta, el sobrevalorado central internacional venezolano, es otro de los granos con los que cuenta ahora el club; si bien menor. El central, cuyos defectos relucen mucho más que sus virtudes en el campo, se ha descolgado con una petición millonaria para renovar. El Athletic Club, en una decisión que no alcanzo a comprender ni lo más mínimo, le ofrece dos millones limpios por año. Una barbaridad por alguien que no es capaz de hacer un año, ni siquiera uno, al más alto nivel. De ahí que Bielsa haya colocado como titular a un chico francés de la cantera de 18 años y que responde al nombre de Aymeric Laporte. Y ciertamente no desentona más que Amore.
 
Mientras tanto, el último jugador realmente especial salido de Lezama, Iker Muniain, se encuentra con la moral por los suelos según se dice. Muniain es un extraordinario jugador al que quizá la cabeza no acompañe tanto, pero que podría llegar a marcar una época en el equipo si se centrara y quisiera crecer. Podríamos estar ante un fenómeno del calibre de Julen Guerrero si explotara pronto. Pero aún es un melón parcialmente por abrir; dependerá, sobre todo, de él ponerse las pilas y decidir quién quiere ser. Porque si quisiera, marcaría una época en el verde de San Mamés Barria.
 
No quisiera dejar la labor de Josu Urrutia de lado. El que fuera notable jugador rojiblanco en los noventa, no parece preparado para la labor que implica presidir una institución como el Athletic Club. Pondré un ejemplo para hacerme entender. Cuando se hicieron públicas las dos grabaciones de la charla privada de fin de curso de Bielsa, el club tardó en salir a la palestra. Siendo muy graves las filtraciones —que no el contenido de las mismas— Urrutia despachó el asunto en rueda de prensa con un “ni las he oído ni las pienso oír”. Solo caben dos opciones ante esas palabras. La primera, y más probable, es que el presidente mintiera. Mal. La segunda, e improbable, que estuviera declarando que un asunto de tamaña gravedad le importaba un comino al máximo dirigente del club. De locos.
 
Corolario
 
Creo firmemente que el club de mis amores es algo muy especial. No digo que sea mejor que cualquier otro, de verdad. Solo quiero dejar claro que para alguien que como yo lleva viendo partidos del Athletic desde hace 35 años, su planteamiento , su filosofía, su representatividad, lo hacen único pero no mejor.
 
En las últimas décadas hemos sufridos algunos altos y muchos bajos, lo sé. Pero a mí eso me preocupa relativamente. Lo que yo le pido al Athletic Club es seriedad, compromiso, que compita, respeto por los más de 114 años de historia que le contemplan y que los cambios de rumbo —si los hubiere— los decida directamente el dueño que no es otro que el socio. Solo así las dificultades lógicas derivadas de la auto elegida forma de ser podrán ser combatidas de la mejor manera posible. Y si algún día caemos al pozo de la segunda división, que sea siendo el club que hemos sido durante tantísimos años. Una institución que representa algo más que un equipo que juega al fútbol todos los domingos, el Athletic Club. Como dijera L’Equipe en su día: caso único en la historia del fútbol mundial.


Fuente:
Lartaun de Azumendi para jotdown.es

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