sábado, septiembre 07, 2013

Marcada (Relato)

Estábamos en Stones jugando al billar, bebiendo, haciendo el ganso y esperando pillar cacho cuando llegó Kendra, toda maqueada y oscura como un Aito/329.

—¡Eh, Special K! ¿Dónde estabas, chica? Vas vestida para matar —preguntó Tendeka mientras colocaba las bolas, clic-clac, en su triángulo de plástico blanco. Aquel bar era de la vieja escuela. Pero Kendra no contestó. La tía se limitó a sonreír, se metió la mano en el bolsillo de atrás del pantalón para coger el teléfono, que llevaba colgado al estilo skater de una cadena plateada enganchada al cinturón, y puso cinco rands sobre la mesa para probar tata machanceen la siguiente partida.
Yo la estaba mirando cuando volvió a meterse el teléfono en el bolsillo y le vi aquel brillo revelador por debajo de la manga. Eso de llevar manga larga en verano no cuela. Por eso no me sorprendió que K le diese sopas con honda a Ten-Ten, aunque a él le extrañó. Ten-Ten tenía la mosca detrás de la oreja, pero se lo guardó y no dijo nada, se limitó a poner otros cinco sobre la mesa y volvió a colocar las bolas. Cualquier otro las habría colocado a lo bestia, soltándolas con fuerza sobre la mesa. Pero Ten era justo lo contrario. Había que ver el cuidado que tenía el tío. Era preciso y minucioso como una cadena de montaje, eso saltaba a la vista.
El chaval no estaba acostumbrado a perder, y menos contra Special-K. A ver, la tía sabía defenderse contra cualquiera de nosotros, pero Ten podía ganarnos a todos seis a cero. El tío llevaba su propio taco en un estuche especial. Aquel era material del bueno. Licratanio. Piezas separadas que se ensamblaban de guay, como si nada, como un soldado en una peli de guerra montando un rifle de francotirador.
—No, colega, yo me abro —dijo Kendra sonriendo, y dejó el taco sobre la mesa vacía que había junto a la nuestra.
—Ya, como que Ten va a dejar que se largue —comentó Rob llevándose el vaso a los labios.
—Jugamos al mejor de tres —dijo Tendeka, sonriente y relajado, como si aquello no fuese con él, y entizó el taco.
La chica vaciló, pero se encogió de hombros y volvió a coger su taco. Tendeka quitó el triángulo de la mesa y le dio vueltas entre los dedos.
—Sales tú.
Kendra entizó el taco y lanzó la bola blanca con la mano haciéndola girar para cogerla en la línea de pie. Luego apuntó de refilón para no alcanzar al triángulo de bolas en el centro. La chica se inclinó hacia delante sobre la mesa, deslizó la punta del taco sobre los nudillos una vez para apuntar, lo echó hacia atrás y empujó hacia delante, todo como la seda. ¡Crac! Las bolas salieron disparadas por toda la mesa. Metió cuatro lisas de una. La negra se quedó en mitad de la mesa y no metió ni una sola rayada.
Rob dio un silbido.
—Joder. ¿Has estado practicando, K?
Kendra ni siquiera levantó la vista. Metió otras dos lisas y dejó a punto una tercera delante de la tronera del rincón. Le temblaron los labios, pero no sonrió, ni tampoco miró a Ten, que seguía sin decir esta boca es mía. El tío volvió a entizar el taco, como si no lo hubiera hecho ya, y se acercó a la mesa. Había demasiada tensión en el ambiente para mí. En fin… Sabía la que se avecinaba, por eso estaba junto a la barra, pero lo bastante cerca para no perder ripio. Ten las puso en fila y metió dos rayadas al mismo tiempo, pero cada una en una tronera. Hizo rebotar la blanca en la banda, metió otra y apartó la lisa que K se había dejado enfilada. El tío metió otra rayada y dejó una quinta enfilada que bloqueaba la tronera del rincón.
—Te toca. —Ella se quedó allí plantada como si estuviese evaluando la situación—. K, te toca.
La tía miró bruscamente a Tendeka y volvió a poner los pies en la tierra. Levantó el taco, se inclinó hacia delante, se puso de puntillas y golpeó la bola blanca con la suavidad de una pluma: la dejó flotando y dando vueltas en el centro de la mesa. Miró a Ten encogiéndose de hombros y sonriendo, mientras la bola seguía dando vueltas. Dio un paso atrás, dejó el taco sobre la mesa de al lado y echó a andar hacia la barra, donde estaba yo, mientras aquella dichosa bola blanca seguía dando vueltas.
—¡Eh! ¿Pero qué coño…?
—Venga ya, Ten. Sabes que te he ganado.
—¿Cómo? Pero si la partida acaba de empezar. ¿A qué ha venido eso? Esos trucos baratos no valen una mierda.
—Se acabó, Ten.
—¿Tú te chutas, tía? ¿Vas cocida?
—Vete a la mierda, Ten.
Ten le pasó el taco a Rob, que lo cogió rápidamente, y se giró hacia ella.
—¡Estás colocada, Kendra! —La agarró del hombro y le dio media vuelta—. ¡A ver, quiero verla!
—Kit Kat, nene. Haz una pausa.
—¿Ah, sí? Déjame verla. Venga.
—¡Vete a la mierda, Tendeka! ¡Te lo digo en serio!
Ya estaba todo el mundo mirando. Las cámaras también, aunque en un local como Stones probablemente ni siquiera estarían funcionando como está mandado. El dueño pagaba una prima por equipos defectuosos. Jazz estaba defendiendo a Kendra, aunque tampoco es que lo necesitase. Todos sabíamos que la tía no era una colgada. Hasta Ten lo sabía.
Yo sí que era un colgado. Y un retorcido. Yo me metía aquella mierda directamente por la lengua: me echaba el contenido de aquellas cápsulas de colores chillones en el agujero del piercing para que se extendiese desde allí. Lethe, o Superjaco, o Kitty. Hay quien lo prefiere a la antigua usanza, con pastillas y agujas, pero a mí me funciona mejor a través de ese músculo rosa, caliente y resbaladizo. La boca es porosa. Va directo a la sangre y la saliva absorbe el resto. Podría contaros mil cosas de ese agujerito húmedo en la boca que lo hacen perfecto para tomar drogas, pero la verdad es que todo es mierda barata del mercado negro, porquería ilegal. No como el dulce colocón de Kendra. Qué va. La chica se lo había metido en vena. Hasta el fondo, nena. Hasta el fondo.
—Vamos, Ten. Aparta, tío.
Rob se estaba poniendo muy nervioso. El barman también, y estaba a punto de llamar al desactivador. Pero Kendra ya estaba harta. Se volvió hacia Ten y le sacó la lengua como si fuese una cría haciéndole burla. Y Jazz suspiró.
—¿Qué? ¿Ya estás contento?
Pero Ten no estaba contento. Estaba claro que la lengua de Special-K seguía siendo virgen. Nunca la había agujereado un piercing, no digamos ya una aplitoma. Nunca había sentido aquel dulce subidón cuando las microagujas liberan la sustancia rápidamente en el rosa carnoso. Nunca se le había dormido la lengua con aquella sustancia oscura y aceitosa que te deja unos cuantos minutos sin poder hablar. No importa. Hablar sería la última de tus preocupaciones. Eso suponiendo que tuvieses alguna. Pero Ten lo sabía desde el principio. Nadie juega a pelo tan bien como había jugado ella. La lengua no es lo único que se te duerme, y el tío lo sabe. Todo empieza a encajar.
—Estás loca, pedazo de mierda. ¿Pero qué has hecho?
Ten la estaba agarrando a base de bien y ella le daba manotazos y tiraba cuando él intentaba cogerla de la manga.
—¡Tranquilo, Tendeka! —gritó Jazz de nuevo. No debería haber malgastado saliva. Special-K sabía cuidarse sola. Tras aquellos primeros manotazos desesperados, hubo algo que acabó por equilibrar la situación. Era de esperar, al ser tan nueva. Aún estaba acostumbrándose. Pero ya se notaba cómo le hacía efecto. Todo como la seda. Estaba dando manotazos y, un segundo después, la tía va y lo embiste y le da un golpe en la barbilla con el pulpejo. A Ten se le arquea el cuello hacia atrás y, al mismo tiempo, ella le empuja con tanta fuerza que él cae de espaldas y vuelca una mesa al caer. Cristales rotos y el barman cabreado. Todos callados menos Rob, que soltó una carcajada seca.
La chica miró a Ten. Chula como una chica de la calle, pero también preocupada. No por él, aunque ya estaba levantándose. No podía más. Se le agotaba la batería. Ya se le estaba agotando al dejar el taco sobre la mesa por primera vez. Y el tío estaba supercabreado. Pero esa mirada, chicos y chicas, esa mirada no era de preocupación por él, sino por ella misma.
Ten se había levantado y estaba gritando. Se le había ido la olla, chicos y chicas. Se le había ido la olla. Se cortó con los cristales rotos. Las manchas parecían salpicaduras de pintura sobre el suelo de madera. Embistió a Kendra, que ya retrocedía con las manos levantadas, pero con aquella misma mirada. Y el chaval era grande y quería hacerle daño, gritaba y no estaba oyendo su móvil, que ya sonaba para hacerle una primera advertencia y luego una segunda. Ya he dicho que se le había ido la olla. Estaba muy, pero que muy pasado de rosca.
Y luego, lo que era de esperar: se conectó el desactivador. A un voltaje mayor del necesario, pero es que el barman estaba supercabreado. Ten sufrió unas sacudidas epilépticas. Conozco a algunos colgados que desconectan el desactivador de su teléfono, o lo ponen al mínimo con esos impulsos oscuros e intensos. Hasta el ritmo puede inducirse, chicos y chicas. Pero no es fácil. Hay que conseguir entrar de extranjis en SAPcom para enviar por sms la señal de activación a tu teléfono. Ahora la cosa está peor, desde que la pasma privatizó y mejoró los cortafuegos. O eso, o trucas el aparato y entonces las descargas puden ser aleatorias y freírte al estilo KFC.
Yo desactivé el desactivador de mi teléfono. La electricidad y el lethe no se mezclan. Una chica de Sea Point la espichó así. Simunye. Cuesta diez kilos, así que no es barato, y si el técnico no sabe lo que hace, acabas frito al estilo KFC. O algo peor: desconectado. Fuera de las redes. Incomunicado. No vale la pena correr el riesgo, chicos y chicas, a menos que sepáis que el técnico es un hacha.
Pues eso, que Ten estaba sacudiéndose al ritmo de impulsos imaginarios. El barman finalizó la llamada y el chaval se desplomó en el suelo, jadeando. Jasmine se arrodilló a su lado. El teléfono de Ten aún chisporroteaba. Los VIMbots acudieron correteando para limpiar la sangre, el cristal y el licor derramado. Los otros parroquianos ya estaban dándose media vuelta. Se acabó lo que se daba. Hagan el favor de insertar otra moneda. Kendra se quedó allí plantada, mirándolo durante un segundo y, acto seguido, también se dio media vuelta y se acercó a la barra, donde estaba yo.
—Oye, tía, como vuelvas a provocar otro follón, te frío a ti también —le dijo el barman cuando K se sentó en el taburete a mi lado.
—¡Por favor! ¿Cuántas llamadas te quedan esta noche? —le espetó Kendra, pero la tía parecía tan tensa como Ten en aquel momento.
—Pues no me obligues a malgastarlas todas contigo.
—Ponme un Sprite, ¿quieres?
Detrás de ella, Jazz y Rob estaban levantando a Tendeka, que hizo ademán de dirigirse a la barra, pero Jazz lo retuvo, no estaba dispuesta a soltarlo. Y menos con la mirada que les lanzó el barman. El chaval estaba demasiado frito para armar revuelo, pero en un tono de voz lo bastante alto para que todos lo oyesen dijo:
—Vendida.
—Vete a tomar por culo, chaval —contestó el barman en un tono displicente. Sabía que no le quedaban fuerzas para pelear.
—¡Puta empresarial de mierda!
—Vamos, Ten. Vámonos —le dijo Jazz mientras lo acompañaba hasta la puerta.
Kendra no le hizo ni caso; la tía ya tenía su Sprite. Se lo pimpló de un trago y pidió otro.
Ya se notaba cómo le iba haciendo efecto.
—¿Puedo verlo? —pregunté, fingiendo timidez.
Kendra me lanzó una mirada que no supe interpretar y al final se subió la manga a regañadientes para enseñarme el brillo que llevaba tatuado en la muñeca.
El barman chasqueó la lengua al dejar la bebida sobre la barra.
—Tienes patrocinador, ¿eh?
Llevaba el logo de Sprite estampado, pero no sobre la piel, sino por debajo, brillando a través, con el eslogan «Sé lo que quieras ser».
Aquello no era un espectáculo de luces de pega. La nanotecnología para la que había firmado transformaba la bioestructura de sus células y las volvía fosforescentes. Nada que no pudiese lograrse en cualquier salón de tatuaje lumínico, pero el patrocinio empresarial iba acompañado de todos los extras. Ni puesto de lethe se me pasaban por alto las campañas publicitarias en el subterráneo. Pero Kendra era la primera Marcada que conocía.
La tía ya estaba volando. Pidió un tercer Sprite. Su cerebro reaccionó como si la invadiese una felicidad de puta madre y la ahogase en endorfinas y serotonina, con el Sprite envuelto en aminoácidos y las biomáquinas microscópicas zumbando a todo trapo en sus venas. Una adicción voluntaria con beneficios. Hacía que fuese más rápida, más fuerte y más coordinada. Le daba reflejos de ninja. Claro que, si hubiese vendido su alma a Coca-Cola, sería más inteligente y ocurrente. Coca-Cola nanolubrica los transmisores. Las neuronas se vuelven más rápidas, más inteligentes, más productivas. Todo depende de la marca, del estilo de vida que hayas elegido y, si te seleccionan, te sale gratis. A un colgado como yo nunca lo seleccionarían, pero Kendra era la candidata perfecta. Solicitadlo ahora, chicos y chicas, mientras haya existencias. Nunca podréis permitiros un colocón así pagándolo de vuestro bolsillo.
Special K se giró hacia mí. Ya iba por el cuarto y estaba en estado de éxtasis azucarado y carbonatado mientras la tecnología bullía en su cuerpazo patrocinado.
—Y otro para mi amigo —le dijo al barman asintiendo con la cabeza.
¿Quién era yo para negarme?

Marcada de Lauren Beukes


Fuentes:
literatura-fantastica.es
wikipedia.com

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