miércoles, febrero 27, 2013

Consumo excesivo (La surconsommation)

Pequeña joya toca, gran documento.

Una sucesión de imágenes, reales como la vida misma, duras como esta lo es, que no enseñan desde el inicio, hasta llegar a nosotros y más allá, unas cadenas de procesado de alimentación de pollos, vacas , etc, etc..

 No apto para todos los estómagos, avisados quedáis...

 
La surconsommation from Lasurconsommation on Vimeo.

BSO Pulp Fiction (misirlou) with TXALAPARTA by HUTSUN

El arte de la caligrafía (Hipnótico)

Uno de España


Uno de Barcenas

Cospedal vs Ozores

Pony Bravo - El Político Neoliberal

Pony Bravo - El Político Neoliberal (videoclip oficial) from El Rancho on Vimeo.

Ola K Ase - Lory Money

martes, febrero 26, 2013

Barsa - Madrid vs Garikoitz


Barsa - Madrid vs Eider


Firmas para que el Fifa incluya futbol femenino

El FIFA, de la empresa EA Sports, es uno de los videojuegos más vendidos en todo el mundo. Varias generaciones han crecido jugando a este videojuego. Pero no incluye ningún equipo femenino ni jugadora de fútbol. ¿Por qué no se representa también al fútbol femenino en el juego más famoso de fútbol?

 Soy Verónica Boquete, mujer y futbolista. De pequeña entrenaba con mis compañeros, pero en los partidos me dejaban en el banquillo por ser niña. En estos años he visto como a muchas les han frenado sueños e ilusiones al no tener oportunidad de jugar. Simplemente por ser chica. Creo que es un problema de base, de educación. Y que podemos hacer mucho para avanzar en igualdad por medio del deporte. Yo quiero contribuir con esta petición. 

Por eso le pido a EA Sports que contribuya con la igualdad en el deporte e incluya a mujeres jugadoras en su videojuego FIFA. Parece una tontería pero no lo es. Incluir jugadoras en el FIFA animaría a las chicas que, como yo, amamos el fútbol a desarrollar su pasión, a competir para conseguir su ilusión y normalizar la relación entre la mujer y el deporte. Porque los chavales que hoy juegan serán la sociedad adulta de mañana. Hagamos que el fútbol ayude a romper barreras.

Gracias por ayudarme a conseguirlo firmando y difundiendo esta petición.


*Vero Boquete es una futbolista profesional española que juega en el Tyresö FF de la Liga Femenina de Suecia y en la selección femenina de fútbol de España. Ha sido Campeona de la Liga Sueca con el Tyresö FF en 2012 y finalista de la Liga Norteamericana de Fútbol (Women's Professional Soccer), donde fue nombrada jugadora más valiosa de la temporada 2011 - 2012 en el Philadelphia Independence 

 ** Vero Boquete ha creado esta petición en España siguiendo la iniciativa de Rebekah Araoujo, una joven de Highland (Maryland) amante del fútbol que pide a EA Sports que pueda jugar con jugadoras en el FIFA. 

Esta es su petición en Change.org, ahí podeis firmar.

Visto en la edición en papel de hoy del Cantera Deportiva.

El Tropical Island de Brandenburgo



 Estas imagenes que veis son del resort Tropical Island de Brandenburgo, Alemania.

Acojonante, yo iría, con niños o sin ellos.

Mas imagenes e info siguiendo el link aquí.

Ay Dolores - Reincidentes

Star Wars 7 trailer, by Michael Haneke

lunes, febrero 25, 2013

And the Oscar goes to...


Los sacos del KKK en Django desencadenado...

Tarantino, Oscar al mejor escritor por Django desencadenado, se sale en este fragmento de la peli, puro delirio Monty Phyton...

 

La Corporación



The Corporation, (La Corporation), es un documental dirigido por Mark Achbar y Jennifer Abbott que durante dos horas y cincuenta y tres minutos se interna en el mundo empresarial psicopático.

Está basado en el libro con el título 'La Corporación,la persecución patológica del beneficio y el poder', de Joel Bakan.

Con entrevistas realizadas tanto a ejecutivos de multinacionales, brokers de bolsa, espías industriales, así como a activistas y pensadores contra la globalización (Noam Chomsky, Naomi Klein y Michael Moore, entre otros) se analiza el comportamiento de las multinacionales. Todo adornado con imágenes de anuncios y noticias de la televisión y videos promocionales de las empresas.

La linea argumental consiste en dar por válida la hipótesis legal por la cual una empresa es "una persona" con derechos y obligaciones. Si es así la película se adentra en su comportamiento,su conducta y sus deseos. Amoral, única y exclusivamente motivada por la búsqueda del beneficio propio, no obstante busca la autojustificación y dar una cara humana. Sometiendole a un test psiquiátrico propuesto por la Organización Mundial de la Salud, Joel Bakan demuestra que "La Corporación" responde al perfil de un psicópata, y para testificarlo entrevistan a un alto cargo del FBI especializado en Psicópatas.

La película, entre otros premios, ganó el de la audiencia al mejor documental en el festival de cine de Sundance, al que por premura no se presentó, pero fue invitada especialmente y aclamada por el público. A partir de este premio, el autor decidió distribuir libremente la serie por las redes de pares.

Todo esto es lo que se nos dice en el propio link de youtube, que pongo abajo con el documental entero.

Y que digo yo...???

Sencillamente que habeis de verla.

La teneis completa en español aquí:

domingo, febrero 24, 2013

Domingo de cortos: Teta y sopa

Un hombre llega a una casa de citas, donde tiene concertada una cita, pero la cosa no saldrá como él pensaba...




Corrección: Este corto ya lo puse hace año y pico, que se le va a hacer...

Domingo de cortos: Maggie Simpson en Un largo día de guardería




 Al lorito con este corto de la menor de las familia amarilla, nominado a los Oscar...!!!


 

sábado, febrero 23, 2013

Rebelión en la granja (Cap.I)


El señor Jones, propietario de la Granja Manor, cerró por la noche los gallineros, pero estaba demasiado borracho para recordar que había dejado abiertas las ventanillas. Con la luz de la linterna danzando de un lado a otro cruzó el patio, se quitó las botas ante la puerta trasera, sirvióse una última copa de cerveza del barril que estaba en la cocina y se fue derecho a la cama, donde ya roncaba la señora Jones.

Apenas se hubo apagado la luz en el dormitorio, empezó el alboroto en toda la granja. Durante el día se corrió la voz de que el Viejo Mayor, el verraco premiado, había tenido un sueño extraño la noche anterior y deseaba comunicárselo a los demás animales. Habían acordado reunirse todos en el granero principal cuando el señor Jones se retirara. El Viejo Mayor (así le llamaban siempre, aunque fue presentado en la exposición bajo el nombre de Willingdon Beauty) era tan altamente estimado en la granja, que todos estaban dispuestos a perder una hora de sueño para oír lo que él tuviera que decirles.

En un extremo del granero principal, sobre una especie de plataforma elevada, Mayor se encontraba ya arrellanado en su lecho de paja, bajo una linterna que pendía de una viga. Tenía doce años de edad y últimamente se había puesto bastante gordo, pero aún era un cerdo majestuoso de aspecto sabio y bonachón, a pesar de que sus colmillos nunca habían sido cortados. Al poco rato empezaron a llegar los demás animales y a colocarse cómodamente, cada cual a su modo. Primero llegaron los tres perros, Bluebell, Jessie Pincher, y luego los cerdos, que se arrellanaron en la paja delante de la plataforma. Las gallinas se situaron en el alféizar de las ventanas, las palomas revolotearon hacia los tirantes de las vigas, las ovejas y las vacas se echaron detrás de los cerdos y se dedicaron a rumiar. Los dos caballos de tiro, Boxer Clover, entraron juntos, caminando despacio y posando con gran cuidado sus enormes cascos peludos, por temor de que algún animalito pudiera hallarse oculto en la paja. Clover era una yegua robusta, entrada en años y de aspecto maternal que no había logrado recuperar la silueta después de su cuarto potrillo. Boxer era una bestia enorme, de casi quince palmos de altura y tan fuerte como dos caballos normales juntos. Una franja blanca a lo largo de su hocico le daba un aspecto estúpido, y, ciertamente no era muy inteligente, pero sí respetado por todos dada su entereza de carácter y su tremenda fuerza para el trabajo. Después de los caballos llegaron Muriel, la cabra blanca, y Benjamín, el burro. Benjamín era el animal más viejo y de peor genio de la granja. Raramente hablaba, y cuando lo hacía, generalmente era para hacer alguna observación cínica; diría, por ejemplo, que «Dios le había dado una cola para espantar las moscas, pero que él hubiera preferido no tener ni cola ni moscas». Era el único de los animales de la granja que jamás reía. Si se le preguntaba por qué, contestaba que no tenía motivos para hacerlo. Sin embargo, sin admitirlo abiertamente, sentía afecto por Boxer; los dos pasaban, generalmente, el domingo en el pequeño prado detrás de la huerta, pastando juntos, sin hablarse.
Apenas se echaron los dos caballos, cuando un grupo de patitos que habían perdido la madre entró en el granero piando débilmente y yendo de un lado a otro en busca de un lugar donde no hubiera peligro de que los pisaran. Clover formó una especie de pared con su enorme pata delantera y los patitos se anidaron allí durmiéndose enseguida. A última hora, Mollie, la bonita y tonta yegua blanca que tiraba del coche del señor Jones, entró afectadamente mascando un terrón de azúcar. Se colocó delante, coqueteando con sus blancas crines a fin de atraer la atención hacia los lazos rojos con que había sido trenzada. La última en aparecer fue la gata, que buscó, como de costumbre, el lugar más cálido, acomodándose finalmente entre Boxer Clover; allí ronroneó a gusto durante el desarrollo del discurso de Mayor, sin oír una sola palabra de lo que éste decía.
Ya estaban presentes todos los animales -excepto Moses, el cuervo amaestrado, que dormía sobre una percha detrás de la puerta trasera-. Cuando Mayor vio que estaban todos acomodados y esperaban con atención, aclaró su voz y comenzó:

—Camaradas: os habéis enterado ya del extraño sueño que tuve anoche. Pero de eso hablaré luego. Primero tengo que decir otra cosa. Yo no creo, camaradas, que esté muchos meses más con vosotros y antes de morir estimo mi deber transmitiros la sabiduría que he adquirido. He vivido muchos años, dispuse de bastante tiempo para meditar mientras he estado a solas en mi pocilga y creo poder afirmar que entiendo el sentido de la vida en este mundo, tan bien como cualquier otro animal viviente. Es respecto a esto de lo que deseo hablaros.

»Veamos, camaradas: ¿Cuál es la realidad de esta vida nuestra? Encarémonos con ella: nuestras vidas son tristes, fatigosas y cortas. Nacemos, nos suministran la comida necesaria para mantenernos y a aquellos de nosotros capaces de trabajar nos obligan a hacerlo hasta el último átomo de nuestras fuerzas; y en el precisoinstante en que ya no servimos, nos matan con una crueldad espantosa. Ningún animal en Inglaterra conoce el significado de la felicidad o la holganza después de haber cumplido un año de edad. No hay animal libre en Inglaterra. La vida de un animal es sólo miseria y esclavitud; ésta es la pura verdad.

»Pero, ¿forma esto parte realmente, del orden de la naturaleza? ¿Es acaso porque esta tierra nuestra es tan pobre que no puede proporcionar una vida decorosa a todos sus habitantes? No, camaradas; mil veces no. El suelo de Inglaterra es fértil, su clima es bueno, es capaz de dar comida en abundancia a una cantidad mucho mayor de animales que la que actualmente lo habita. Solamente nuestra granja puede mantener una docena de caballos, veinte vacas, centenares de ovejas; y todos ellos viviendo con una comodidad y una dignidad que en estos momentos está casi fuera del alcance de nuestra imaginación. ¿Por qué, entonces, continuamos en esta mísera condición? Porque los seres humanos nos arrebatan casi todo el fruto de nuestro trabajo. Ahí está, camaradas, la respuesta a todos nuestros problemas. Todo está explicado en una sola palabra: el Hombre. El hombre es el único enemigo real que tenemos. Haced desaparecer al hombre de la escena y la causa motivadora de nuestra hambre y exceso de trabajó será abolida para siempre.

»El hombre es el único ser que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar del arado y su velocidad ni siquiera le permite atrapar conejos. Sin embargo, es dueño y señor de todos los animales. Los hace trabajar, les da el mínimo necesario para mantenerlos y lo demás se lo guarda para él. Nuestro trabajo labora la tierra, nuestro estiércol la abona y, sin embargo, no existe uno de nosotros que posea algo más que su pellejo. Vosotras, vacas, que estáis aquí, ¿cuántos miles de litros de leche habéis dado este último año? ¿Y qué se ha hecho con esa leche que debía servir para criar terneros robustos? Hasta la última gota ha ido a parar al paladar de nuestros enemigos. Y vosotras, gallinas, ¿cuántos huevos habéis puesto este año y cuántos pollitos han salido de esos huevos? Todo lo demás ha ido a parar al mercado para producir dinero para Jones y su gente. Y tú, Clover, ¿dónde están estos cuatro potrillos que has tenido, que debían ser sostén y alegría de tu vejez? Todos fueron vendidos al año; no los volverás a ver jamás. Como recompensa por tus cuatro criaturas y todo tu trabajo en el campo, ¿qué has tenido, exceptuando tus escuálidas raciones y un pesebre?

»Ni siquiera nos permiten alcanzar el término natural de nuestras míseras vidas. Por mí no me quejo, porque he sido uno de los afortunados. Tengo doce años y he tenido más de cuatrocientas criaturas. Tal es el destino natural de un cerdo. Pero al final ningún animal se libra del cruel cuchillo. Vosotros, jóvenes cerdos que estáis sentados frente a mí, cada uno de vosotros va a gemir por su vida dentro de un año. A ese horror llegaremos todos: vacas, cerdos, gallinas, ovejas; todos. Ni siquiera los caballos y los perros tienen mejor destino. Tú, Boxer, el mismo día que tus grandes músculos pierdan su fuerza, Jones te venderá al descuartizador, quien te cortará el pescuezo y te cocerá para los perros de caza. En cuanto a los perros, cuando están viejos y sin dientes, Jones les ata un ladrillo al pescuezo y los ahoga en el estanque más cercano.

»¿No resulta entonces de una claridad meridiana, camaradas, que todos los males de nuestras vidas provienen de la tiranía de los seres humanos? Eliminad tan sólo al Hombre y el producto de nuestro trabajo nos pertenecerá. Casi de la noche a la mañana, nos volveríamos ricos y libres. Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? ¡Trabajar noche y día, con cuerpo y alma, para derrocar a la raza humana! Ése es mi mensaje, camaradas: ¡Rebelión! Yo no sé cuándo vendrá esa rebelión; quizá dentro de una semana o dentro de cien años; pero sí sé, tan seguro como veo esta paja bajo mis patas, que tarde o temprano se hará justicia. ¡Fijad la vista en eso, camaradas, durante los pocos años que os quedan de vida! Y, sobre todo, transmitid mi mensaje a los que vengan después, para que las futuras generaciones puedan proseguir la lucha hasta alcanzar la victoria.

»Y recordad, camaradas: vuestra voluntad jamás deberá vacilar. Ningún argumento os debe desviar. Nunca hagáis caso cuando os digan que el Hombre y los animales tienen intereses comunes, que la prosperidad de uno es también la de los otros. Son mentiras. El Hombre no sirve los intereses de ningún ser exceptuando los suyos propios. Y entre nosotros los animales, que haya perfecta unidad, perfecta camaradería en la lucha. Todos los hombres son enemigos. Todos los animales son camaradas.

En ese momento se produjo una tremenda conmoción. Mientras Mayor estaba hablando, cuatro grandes ratas habían salido de sus escondrijos y se habían sentado sobre sus cuartos traseros, escuchándolo. Los perros las divisaron repentinamente y sólo merced a una acelerada carrera hasta sus reductos lograron las ratas salvar sus vidas. Mayor levantó su pata para imponer silencio.

—Camaradas —dijo—, aquí hay un punto que debe ser aclarado. Los animales salvajes, como los ratones y los conejos, ¿son nuestros amigos o nuestros enemigos? Pongámoslo a votación.

»Yo planteo esta pregunta a la asamblea: ¿Son camaradas las ratas?

Se pasó a votación inmediatamente, decidiéndose por una mayoría abrumadora que las ratas eran camaradas. Hubo solamente cuatro discrepantes: los tres perros y la gata, que, como se descubrió luego, habían votado por ambos lados. Mayor prosiguió:

—Me resta poco que deciros. Simplemente insisto: recordad siempre vuestro deber de enemistad hacia el Hombre y su manera de ser. Todo lo que camine sobre dos pies es un enemigo. Lo que ande a cuatro patas, o tenga alas, es un amigo. Y recordad también que en la lucha contra el Hombre, no debemos llegar a parecernos a él. Aun cuando lo hayáis vencido, no adoptéis sus vicios. Ningún animal debe vivir en una casa, dormir en una cama, vestir ropas, beber alcohol, fumar tabaco, manejar dinero ni ocuparse del comercio. Todas las costumbres del Hombre son malas. Y, sobre todas las cosas, ningún animal debe tiranizar a sus semejantes. Débiles o fuertes, listos o ingenuos, todos somos hermanos. Ningún animal debe matar a otro animal. Todos los animales son iguales.

»Y ahora, camaradas, os contaré mi sueño de anoche. No estoy en condiciones de describíroslo a vosotros. Era una visión de cómo será la tierra cuando el Hombre haya sido proscrito. Pero me trajo a la memoria algo que hace tiempo había olvidado. Muchos años ha, cuando yo era un lechoncito, mi madre y las otras cerdas acostumbraban a entonar una vieja canción de la que sólo sabían la tonada y las tres primeras palabras. Aprendí esa canción en mi infancia, pero hacía mucho tiempo que la había olvidado. Anoche, sin embargo, volvió a mí en el sueño. Y más aún, las palabras de la canción también; palabras que, tengo la certeza, fueron cantadas por animales de épocas lejanas y luego olvidadas durante muchas generaciones. Os cantaré esa canción ahora, camaradas. Soy viejo y mi voz es ronca, pero cuando Os haya enseñado la tonada podréis cantarla mejor que yo. Se llama «Bestias de Inglaterra».

El viejo Mayor carraspeó y comenzó a cantar. Tal como había dicho, su voz era ronca, pero a pesar de todo lo hizo bastante bien; era una tonadilla rítmica, algo a medias entre «Clementina» y «La cucaracha». La letra decía así:

¡Bestias de Inglaterra, bestias dé Irlanda! ¡Bestias de toda tierra y clima!

¡Oíd mis gozosas nuevas que cantan un futuro feliz!

Tarde o temprano llegará la hora en la que la tiranía del Hombre sea derrocada y las ubérrimas praderas de Inglaterra tan sólo por animales sean holladas.
De nuestros hocicos serán proscritas las argollas, de nuestros lomos desaparecerán los arneses. Bocados y espuelas serán presas de la herrumbre y nunca más crueles látigos harán oír su restallar. Más ricos que la mente imaginar pudiera, el trigo, la cebada, la avena, el heno, el trébol, la alfalfa y la remolacha serán sólo nuestros el día señalado. Radiantes lucirán los prados de Inglaterra y más puras las aguas manarán; más suave soplará la brisa el día que brille nuestra libertad. Por ese día todos debemos trabajar aunque hayamos de morir sin verlo. Caballos y vacas, gansos y pavos, ¡todos deben, unidos, por la libertad luchar! ¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda! ¡Bestias de todo país y clima!

¡Oíd mis gozosas nuevas que cantan un futuro feliz!

El ensayo de esta canción puso a todos los animales en la más salvaje excitación. Poco antes de que Mayor hubiera finalizado, ya se habían lanzado todos a cantarla. Hasta el más estúpido había retenido la melodía y parte de la letra, mientras que los más inteligentes, como los cerdos y los perros, aprendieron la canción en pocos minutos. Poco más tarde, con ayuda de varios ensayos previos, toda la granja rompió a cantar «Bestias de Inglaterra» al unísono. Las vacas la mugieron, los perros la aullaron, las ovejas la balaron, _los caballos la relincharon, los patos la graznaron. Estaban tan contentos con la canción que la repitieron cinco veces seguidas y habrían continuado así toda la noche de no haber sido interrumpidos.

Desgraciadamente, el alboroto armado despertó al señor Jones, que saltó de la cama creyendo que había un zorro merodeando en los corrales. Tomó la escopeta, que estaba permanentemente en un rincón del dormitorio, y disparó un tiro en la oscuridad. Los perdigones se incrustaron en la pared del granero y la sesión se levantó precipitadamente. Cada cual huyó hacia su lugar de dormir. Las aves saltaron a sus palos, los animales se acostaron en la paja y en un instante toda la granja estaba durmiendo.

Continuará...



jueves, febrero 21, 2013

Y mientras tanto, en San Mames Barria...

Cojo del twitter de mi hermano esta imagen, que es de la simulación en 3-D, de la oficina que montado el Athletic de Bilbao en Elcano, para que los socios vayan dilucidar dudas, y elegir sitio y tal y tal en el nuevo campo de San Mames Barria.



Ojito al videomarcador simulado y todas sus lecturas pasadas, presentes y futuras... Athletic: 3 - Juventus: 1, jajajajajajja, somos unos makinas...!!

TPB AFK (The Pirate Bay Away From Keyboard)

Hete aquí que ya se ha estrenado The Pirate Bay lejos del teclado (TPB AFK The Pirate Bay Away From Keyboard), documental que nos cuenta la vida y milagros de los fundadores del mítico portal (y más cosas que han hecho, hacen, hará, son, han sido y serán) de La Bahía Pirata.



 Enterito subtitulado al español helo aquí abajo.


DJ CAT-ORZA

Amazing World of Women

HD People Are Awesome / Amazing Humans 2013

Ahorra - Pablo Alborán feat. Mariano Rajoy

Miles de delfines

Isla de Jeju, la triple maravilla de la naturaleza

¿Podría esta no tan pequeña isla volcánica considerarse la mayor maravilla natural de nuestro tiempo?

En los últimos años, Jeju ha estado recogiendo premios y nominaciones al más alto nivel. Si Jerusalén es la ciudad tres veces santa, nuestra isla es la única ganadora de la triple corona de la UNESCO: Patrimonio natural de la humanidad + Geoparque Global + Reserva de la Biosfera.

Además, en 2011 Jeju fue elegida ni más ni menos que como una de las nuevas siete maravillas naturales del mundo, codo a codo con el Amazonas o las cataratas de Iguazú. La así llamada isla de los dioses (como la fabulosa Bali), parece tener la bendición de éstos para convertirse en un destino de primera clase mundial. Así que antes de que el turismo de masas invada el nuevo orgullo de Corea del Sur, vamos a descubrir qué tesoros nos esperan en este lugar prometedor

Mas info e imagenes aquí.


Así fue sobrevivir a Hiroshima



  Publicado por E.J. Rodríguez en jotdown.es

Kiss of the Damned - Red Band Trailer (HD)

martes, febrero 19, 2013

A por los farmacéuticos alemanes...!!!



Vaya triplazo de Zisis al final...buffff, se ha ganado el año. La mejoría de Moerman y lo de Raul son palabras mayores...(Me gusta Kavaliauskas, lo cambio por cierto pelao ya mismo....). 1.550 kilómetros maomeno hasta Ulm, al´laito de Ausburgo.

Eskorbuto - Es un crimen

El 'Titanic' volverá a navegar



 Un magnate australiano encarga a una naviera de Taiwan la construcción de una réplica del malogrado buque, para cubrir la ruta Londres-Nueva York

domingo, febrero 17, 2013

Vegeta cae en Rusia

Paco Ibañez - El dinero y sus lacayos

El publireportaje de Telemadrid a Arturo Fernández, el empresario "amigo" de la Espe

Domingo de cortos: Aquel no era yo



Magnífico corto de Esteban Crespo nominado a los Goya de este 2013 nuestro.

Una historia dura, real como la vida misma, con niños soldado y médicos cooperantes de por medio...


Domingo de cortos: Submission

El corto que le costó la vida a Theo van Gogh que basándose en el guión de la diputada liberal holandesa Ayaan Hirsi Ali, de origen somalí y amenazada de muerte, denuncia la opresión de la mujer en la religión musulmana.


Domingo de cortos: Tune for two

Una ejecución, que toma un camino inesperado....

Domingo de cortos: Leyenda

Varios premios avalna este corto de Pau Teixidor, que nos trae a Claudia, una niña de diez años, se va con sus padres a pasar el fin de semana fuera de la ciudad. Durante el viaje en coche, deciden hacer un pequeño descanso en una gasolinera abandonada. La aparición de una extraña mujer revelará a Claudia su verdadero destino...

 
LEYENDA (LEGEND) from LEYENDA on Vimeo.

Comienzan los concursos en Houston


Otro año mas #dormiresdecobardes

sábado, febrero 16, 2013

Poster y trailer de Trance



jito con lo nuevo de uno de mis directores favoritos, el amigo Danny Boyle.

 Un atraco dirigido por un habitual (mucho Gran Vincent Cassel), amnesia tras hostión del infiltrado no ladrón habitual que sabe donde esta el botín(buen James McAvoy), una hipnotizadora que trata de reservarlo (oh, oh, ho, ho, ho Rosario Dawson....) y mucho más...

 

Ggggggggggggggaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaannnnnnnnnnnaaaaaaaaaaaaasssssssssssss.............!!!!!!!!!!1111

Todos los muertos de las pelis de Tarantino en una imagen

The Black Keys - Next Girl

Bielsa deja en el banquillo a Iraizoz



Raúl salta a la titularidad en Málaga tras los fallos del navarro ante el Espanyol

Ya era hora de probar otras cosas la hostia.

Los Caballeros de la Mesa Cuadrada - Campesino anarquista

Inocente Maquiavelo Reforzado


En una de esas nubes luminosas de propaganda, tan de moda en los últimos tiempos, centelleaba con letras de oro, entre los dos cipreses, el nombre famoso Inocente Maquiavelo Reforzado... Inocente Maquiavelo Reforzado, en letras de oro sobre dos círculos iguales y rosados...
      Detrás del arbusto, agachado para pasar inadvertido a las parejas que salían del parque, Jacobus Rándom revisó por última vez los diales de su pistola atómica. Aquel era su primer asesinato, y Rándom estaba dispuesto a hacerlo bien.
      El sendero estaba solitario. El lento rumor de los pasos de la última pareja se apagó, esfumándose en el suave susurro de la brisa. Jacobus Rándom quedó solo. Tan solo que un pensamiento lo inquietó: "¿Y si no viene? ¿Y si me equivoqué y no es este el lugar?"
      Pero no; no había por qué preocuparse; era temprano todavía: apenas un poco más de las ocho y media. Bien claro le habían dicho los detectives: "La persona que a usted le interesa ha sido oída citándose telefónicamente con una dama. Dijo que la esperaría en el parque, entre los dos cipreses, a las nueve..."
      Porque todo había empezado con aquel nombre... Por aquel nombre estaba Jacobus Rándom allí, en el parque, acechando a un hombre...
      Hubo la sombra fugaz de un murciélago sobre la nube luminosa, y Jacobus Rándom, sin proponérselo, se encontró viviendo otra vez la increíble serie de acontecimientos que lo trajeron al parque y pusieron una pistola atómica en su mano...
      
Tres meses atrás, Jacobus Rándom estaba en su despacho de presidente de la One-Two Company, una de las dos principales fábricas de corpiños del planeta; su gran despacho blanco de plástico imitando mármol, con el escritorio reproducción exacta del Partenón, el famoso templo de la Acrópolis de Atenas... ¿o de Roma? Quizá ni el decorador lo sabía. La culpa la tenía esa condenada moda que quería revivir en pleno siglo XXII la arquitectura clásica.
      Era temprano todavía, y apenas si Jacobus Rándom se había instalado en su silla curul, copia exacta de la usada por un senador romano del siglo I, cuando la puerta se abrió y entró miss Gertrud, la secretaria. Con su andar rápido de empleada diligente y alerta, se plantó delante de Jacobus Rándom. Éste no pudo menos que comparar la delgada y fláccida figura de la secretaria con el cálido y rozagante retratograma de Carolyn Cónrad en sweater rojo, situado en la pared de enfrente. El mismo Jacobus lo había colgado allí para tener siempre presente, en aquella figura de relieve que respiraba serena y parpadeaba de vez en cuando, la mórbida perfección de la que casi fuera su modelo.
      Jacobus Rándom suspiró. La comparación con la desmayada anatomía de miss Gertrud destacaba aún más las formas del retratograma, tan sabiamente moldeadas por el rojo tejido... "Y pensar", suspiró Jacobus, "que Carolyn pudo ser la modelo para el Inocente Maquiavelo..."
      Pero ya miss Gertrud se hacía oír:
      —El señor Hítler Müller desea verlo, señor Rándom.
      —¿El señor Hítler Müller? —Jacobus se estremeció. Aquel era el inventor que había venido a proponerle, un año atrás, una novedad en corpiños, una novedad tan estúpida que Rándom tuvo que reírse cuando el hombre le dijo: "Hasta ahora, y desde que se crearon los corpiños, las dos partes han sido del mismo color. Mi idea, señor Rándom, es hacer las dos partes de colores bien distintos, contrastantes..."
      Sí, él, Jacobus, el genio de la One-Two Company, se había reído del inventor. Y éste había ido con su creación a la Bipolaris Incorporated, la empresa rival, y Einstein Rógers, el presidente, lo había recibido con los brazos abiertos: lanzaron el Bi-Bi (Bipolaris Bicolor) y causaron sensación. Las ventas de la One-Two, a pesar de toda la propaganda hecha a su último modelo, el Inocente Maquiavelo, de satén y encaje, en una audaz vuelta a lo antiguo, habían caído a menos de la mitad...
      —Dígale que espere, miss Gertrud —Jacobus hablaba con aire indiferente, le interesaba saber qué traía Müller, pero quiso disimular.
      La secretaria se marchó y Jacobus paseó la mirada por la habitación. Desde su retratograma y su sweater, Carolyn Cónrad seguía respirando y parpadeando...
      Con un esfuerzo, Jacobus apartó los ojos de ella y miró hacia un panel liso, de suave tinte azulado. Oprimió un botón en el borde del escritorio. Un trazo luminoso se encendió en la pared. El trazo serpenteó, dibujando lentamente una curva irregular: era el gráfico que representaba las ganancias de la One-Two... Cuando apareció el primer pico importante, Jacobus suspiró. Aquel ascenso representaba su primer gran acierto desde que había reemplazado a su padre en la dirección de la firma. El éxito lo debía alCojín de Seda, el primer corpiño de seda que hubo en el mundo, luego de los siglos de reinado absoluto del material plástico. Jacobus había tenido ocasión de anticiparse a la evolución del público hacia las "viejas modas". El segundo pico correspondía al lanzamiento del Inocente Maquiavelo, para confeccionar el cual había tenido que redescubrir los procedimientos para hacer encajes. El triunfo había sido fulminante. Pero fulminante era también la caída del pico: la curva bajaba y bajaba en línea recta, hasta niveles jamás alcanzados de tan bajos. Aquella era la caída causada por el Bi-Bi, el corpiño bicolor inventado por el condenado Müller.
      La curva, ya en rojo, se quedó titilando a un nivel bajísimo, próximo al suelo. Con un puñetazo de fastidio, Jacobus apretó el botón y la apagó.
      —Hay que idear un nuevo modelo —se dijo, poniéndose de pie—; algo que supere al Bi-Bi.
      Como siempre que se ponía de pie para pensar, sus pasos lo llevaron hasta el retratograma de Carolyn...
      Carolyn Cónrad, la rotunda modelo que, por una simple discusión al firmar el contrato con la One-Two, había hecho pedazos el documento y se había ido con Einstein Rógers, el de la Bipolaris...
      Jacobus suspiró y tocó el marco del retratograma. Lentamente, la imagen alzó los brazos y cruzó las manos detrás de la nuca, en voluptuoso movimiento... Y así se quedó, con el sweater más lleno que nunca y mostrando el broche de oro prendido en el cuello. El broche imitaba una mariposa y en él se disimulaba el dispositivo electrónico que, cuando se pronunciaba cerca cierta combinación de palabras, hacía abrirse en dos no sólo el broche sino el sweater todo. Otra combinación de palabras hacía el efecto contrario, cerrando broche y sweater en forma instantánea. Era la versión electrónica del primitivo cierre relámpago.
      —Carolyn... —volvió a suspirar Jacobus, estremeciéndose al mirar aquel broche mágico que a la vez era candado y promesa, sello y puerta—. Carolyn, la mujer ideal para un fabricante de corpiños..., la mujer opulenta que no necesita usarlos... Carolyn... —otro suspiro de Jacobus. Pero no pudo seguir suspirando porque la puerta se abrió de nuevo. Y otra vez se encontró ante la desdichadamente vacía blusa de miss Gertrud.
      —El señor Hítler Müller insiste en verlo, señor Rándom... Dice que si no lo quiere atender se va ahora mismo a ver al señor Einstein Rógers.
      —Hágalo pasar...
      
Un momento después entraba un hombre alto y desgarbado, de espesas cejas rubias y rostro apergaminado; los ojos, bajo aquella cornisa de cejas, parecían mirar desde el fondo de un telescopio.
      Hombre habituado a tratar con los capitanes de la industria, fue directamente al grano:
      —Espero que esta vez me haga caso. No debería ayudarlo; pero a mí me interesa que haya dos compañías rivales que se peleen y no una sola. Así que cómpreme la idea, pues si tengo que vendérsela a la Bipolaris, la One-Two desaparecerá de la circulación...
      —Bien... —del otro lado del Partenón, Jacobus trató de conservar la calma—. Si me dice de qué se trata...
      —Se trata... —Hítler Müller se inclinó sobre el frontispicio del templo— de aprovechar el SA 1760. Está totalmente en desuso desde hace más de cincuenta años y podemos comprarlo por nada...
      —Un momento... —Jacobus, como buen especialista, no sabía de nada que no fuera un corpiño—. ¿Qué es eso del SA 1760?
      —SA 1760 significa "Satélite Artificial número 1760" —explicó pacientemente el inventor—. Es uno de los más grandes que se instalaron jamás y me consta que nadie lo ha reclamado desde que la Cosmarina dejo de usarlo... Con él en nuestro poder...
      Un decepcionado suspiro de Jacobus lo interrumpió.
      —Creí que me ofrecería algo interesante— sus dedos tamborilearon sobre el techo del Partenón—, ¡y algo más original! ¿No sabe usted que la propaganda de satélites artificiales está ya en completa decadencia? Desde que salieron las nubes luminosas, mucho más baratas y atractivas, los saté...
      Ahora fue Hítler Müller quien interrumpió, con un bufido en lugar de suspiro.
      —Debo tener cara de idiota o de fabricante de corpiños —gruñó—. Para usar un satélite artificial como propaganda, yo no me molestaría en hablarle, señor Rándom. Lo que yo me propongo hacer con el SA 1760 es algo distinto...; tan distinto que debe quedar entre nosotros como un secreto sagrado...
      Aquí el inventor hizo una pausa, que no era necesaria, porque Jacobus estaba medio subido al Partenón, brillantes de ansiedad los ojos.
      —Después de largas y pacientes investigaciones —continuó Müller—, he realizado un descubrimiento sensacional: el isótopo número 15 del carbono.
      —¿El qué?
      —El isótopo número 15 del carbono... No entraré en detalles porque ya veo que tendría que repetirle varias veces cada palabra. Bástele saber que se trata de un carbono diferente del común, y que es asimilado por el cuerpo humano, con un efecto sorprendente. Imagínese que con sólo respirarlo, y sin variar para nada la alimentación, un hombre podría engordar 20 o 30 kilos en pocos días. Pero lo más interesante es que el engordamiento se hace en forma selectiva: unas partes del cuerpo engordan más que otras...
      Jacobus dejó el techo del Partenón y volvió a la silla.
      —Sepa, señor Hítler Müller —dijo con aire cansado—, que la caridad no me interesa gran cosa. Si quiere usted engordar a la raza humana, ofrezca entonces sus descubrimientos al Patriarca y no...
      —Corto de visión, como todo fabricante de corpiños —el inventor meneó la cabeza con aire de reprobación—. ¿No se le ocurre que gracias a mi descubrimiento la raza humana podría ser engordada en pocas semanas, sin que nadie lo advirtiera ni lo pudiera evitar? Por si le interesa saber, el engordamiento selectivo de la especie humana dará a los hombres un desarrollo anormal en la región abdominal y a las mujeres (escuche bien, señor Rándom), un crecimiento muy pronunciado en la región pectoral... Las razones de esta diferente reacción según los sexos no fue descubierta todavía; ha de ser sin dudas cuestión de hormonas... Pero ya sé que a usted no le preocupa el sustrato científico de un negocio. Lo que a usted le interesa es el negocio en sí. Pues bien, ¿calcula usted, señor Rándom, el fabuloso negocio que puede hacer el fabricante de corpiños que sepa con la debida anticipación que dicho engordamiento selectivo se va a producir?
      —No llego a verlo, señor Müller —algo mareado, Jacobus parpadeaba como si tuviera una basura en un ojo.
      —¡No llega a verlo!... ¡Y ha llegado a ser presidente de una empresa como esta! Por Zeus, ¿es usted miope? ¿Se lo tengo que dar por escrito? —ahora fue Hítler Müller el que se acostó sobre el techo del Partenón, en un colérico esfuerzo por unir su nariz con la de Jacobus—. ¡Imagínese, señor Rándom —continuó a gritos— que usted me compra mi descubrimiento! ¡Imagínese que entonces yo, financiado por usted, desde luego, instalo en un satélite artificial (el SA 1760, por ejemplo) una planta automática para producir el isótopo 15 del carbono...! ¡Imagínese que todo el I 15 C, así producido, es entregado a la atmósfera, hasta saturarla...! ¡Imagínese que, entretanto, usted ha puesto a todas sus fábricas a fabricar corpiños de medida gigante...! ¿Le cuesta mucho imaginar que su compañía monopolizará tranquilamente, y sin violar ninguna ley comercial, toda la industria? ¿Le cuesta mucho imaginar que en sus manos estará la ruina de todas las otras compañías, en especial la Bipolaris; pues, una vez producido el engordamiento selectivo, todos sus stocks de medidas normales serán invendibles? —Hítler Müller se enderezó, mientras el maxilar inferior de Jacobus colgaba sin fuerza—. Pero ya veo que usted no puede imaginárselo. Iré a hablar con Einstein...
      —¡No! ¡Usted no habla con nadie desde ahora! —saltó Jacobus con los ojos húmedos y las manos temblorosas de emoción—. ¿Cuanto vale su descubrimiento?
      —Cincuenta millones; más un millón por la instalación de la planta en el SA; más cinco millones como indemnización por el engordamiento de mi abdomen. Total: Cincuenta y seis millones.
      —¡Es mucho dinero!
      —Voy a ver a Einstein Ró...
      —¡Usted no va nada! Pero comprenda Müller, que eso es una suma galáctica... Hágame una rebaja...
      Tras un largo estira y afloja, el inventor consintió en reducir su indemnización a tres millones. Fue todo lo que Jacobus pudo conseguir.
      Por fin se estrecharon la mano. Esa misma tarde, Müller se encargaría de la compra del SA y de un TI (taxi interplanetario) usado, para ir y venir al SA. La planta productora del I 15 C debería estar regando la atmósfera dentro de un mes... Para ese tiempo las fábricas de Jacobus ya tendrían acumulado un stock de corpiños gigantes como para moldear las siluetas de toda una generación.
      Cuando el inventor se marchó, doblando cuidadosamente el cheque, Jacobus volvió a mirar el retratograma desde donde, lánguida pero llena de salud, le sonreía Carolyn, con la prometedora mariposa de oro brillándole en el cuello.
      —Einstein Rógers quebrará, Carolyn... Y entonces tendrás que firmar contrato conmigo... ¡Conmigo, Carolyn! ¡Carolyn, la que no los necesita!
      
Todo anduvo como sobre carriles. En menos de una semana el TI y el SA estuvieron comprados. Una semana más, y ya Hítler Müller, luego de un sinfín de viajes, tenía en el SA todo lo necesario para producir el I 15 C. Claro que pudo haberlo hecho en la quinta parte del tiempo, si hubiera contado con ayudantes, pero como el secreto era fundamental, el inventor tuvo que arreglárselas solo, haciendo tanto de chofer como de director técnico.
      Desde luego, Jacobus Rándom no se durmió: sus fábricas hirvieron de actividad noche y día. Tuvo que triplicar los obreros robots, pero eso no resultó problema. Sí lo fue conseguir depósitos donde acumular tanta mercadería en un planeta ya casi desprovisto de espacios aprovechables. Rándom se las arregló alquilando los silos submarinos construidos por Australia para almacenar su producción de lana antes de que el _lanón_, el último plástico a base de aluminio, desplazase del mercado al venerable producto ovino.
      Por supuesto, Einstein Róger, el presidente de la Bipolaris, no tardó en hacerse presente en el despacho de Jacobus.
      —¡Esto sí que es algo inesperado! —dijo Jacobus, todo sonrisas, levantándose para recibirlo.
      Róger se tomó su tiempo para contestar: se sentó sobre un ala del Partenón y, encendiendo un cigarrillo, miró al retratograma. Carolyn estaba ahora de perfil, luciendo mejor que nunca el sweater rojo.
      —¿Nunca te resignaste, eh, Jacobus? —dijo por fin Róger.
      —Te confieso que no, Einstein... Pero no te guardo rencor: no pierdo las esperanzas de traerla para la One-Two...
      Róger sonrió con aire de superioridad. Esa mañana las ventas del Bi-Bi habían decuplicado las del Inocente Maquiavelo... Sin embargo el aplomo de Róger era sólo ficticio. Se había enterado de la fabulosa producción de las fabricas de Rándom y ardía en deseos de saber a qué se debía la producción en masa de modelos invendibles por lo grandes. ¿Estaría Rándom haciendo un suicidio comercial? ¿O el mal estado de sus negocios le había trastornado los sesos? No obstante, parecía tan contento...
      —No me engañas, zorrino —dijo de pronto, mirándolo con fijeza—. ¿Qué te traes entre los huesos del cráneo?
      —Nada. ¿Por qué? —Jacobus parecía el retratograma de la inocencia.
      —¡Basta de tapujos! ¿qué te propones?
      —Einstein, Einstein... ¿Desde cuándo nos consultamos los proyectos? ¿Acaso me anunciaste algo cuando sacaste el bicolor?
      —¿Confiesas entonces que estas tramado algo?
      —Siempre, querido Einstein, nosotros dos hemos estado tramándonos algo... Lo único que puedo adelantarte es que Carolyn vendrá a mí... ¡Y dentro de muy poco!
      —¡Eso nunca! —bramó Róger, lanzando un puntapié al Partenón. Pero el plástico era pétreo y el presidente de la Bipolaris quedo saltando en un pie y mascullando palabrotas que enrojecerían a un cosmarinero.
      Dos días antes del plazo señalado, Hítler Müller anunció que todo estaba listo.
      —Cuando el sol de mañana caliente la cupla de arranque, amigo Jacobus, el SA empezará a lanzar hacia la atmósfera un chorro continuo de I 15 C...
      —¡Magnífico! —Jacobus se frotó las manos. Él también estaba listo ya, con los silos submarinos atiborrados de mercadería hasta el tope. Pero, como era característico en él cuando se veía en vísperas de un gran éxito, una profunda desazón lo embargó—. ¿Está seguro, amigo Hítler, de que el I 15 C no fallará?
      —Absolutamente seguro. Ya le he mostrado a usted las fotos de los monos tratados.
      —Sí... —Jacobus se estremeció al recordarlas—. ¿Seguro también de que no había efectos nocivos?
      —Seguro también. El engordamiento selectivo será tal cual lo predije. Habrá, desde luego, un engordamiento general del cuerpo, pero será insignificante comparado con el desarrollo que tendrán las partes que nos interesan.
      —¿Cuándo comenzaran a sentirse los efectos?
      —Ya le he dicho a usted que no puedo dar fecha. Como usted sabe, la atmósfera es loca, y uno no puede predecir cuándo se habrá operado la distribución general del I 15 C... Pero, ¿por qué tanta pregunta? ¿Asustado?
      —No. He gastado ya demasiados millones para asustarme... Y, además, tengo otras razones para no echarme atrás... Dos poderosas razones —agregó, mirando el retratograma con ojos entornados.
      
Durante los primeros días de la puesta en marcha de la planta productora de I 15 C, Jacobus Rándom no se preocupó demasiado. Pero al comenzar la segunda semana, empezó a buscar signos reveladores de que las previsiones de Hítler Müller se cumplían. Todos los días, apenas ocupaba su puesto detrás del Partenón, llamaba a missGertrud.
      La chata secretaria se plantaba delante de él, aguardando órdenes. Y Jacobus la sometía a un silencioso escrutinio. No advirtiendo novedad alguna, la despedía, con gran sorpresa de la cuarentona muchacha. Al décimo día de no advertir cambio alguno llamó por teléfono al inventor.
      Pero Hítler Müller se ocupaba ya en otras cosas...
      —Sepa, señor Rándom —gruñó Müller en el aparato— que el I 15 C no me interesa más. Todas las semanas iré al SA 1760 para renovar la carga de la planta, como está estipulado en el contrato; pero ahí termina toda mi misión. Ya le he dicho que no puede saberse cuándo empezará el efecto, y ahora déjeme en paz, que estoy muy ocupado con mi nuevo invento: unas hormigas mecánicas que le cortan a uno la barba mientras duerme... Pero eso no tiene nada que ver con usted.
      Jacobus tuvo que tragarse su impaciencia y seguir esperando los acontecimientos. Al duodécimo día hubo un cambio en miss Gertrud... pero no el que él esperaba: la secretaria apareció con un sweater rojo y con el rostro rejuvenecido por un maquillaje carísimo. Jacobus se sorprendió; pero al verla ruborizarse bajo su escrutadora mirada comprendió lo que ocurría: miss Gertrud interpretaba a su modo el silencioso examen de cada mañana. Claro que su nuevo arreglo no podía resultar más desastroso: invitaba a la comparación con el glorioso retratograma de Carolyn; comparación nada favorable, por cierto, para el desinflado sweater de la secretaria.
      Ya había empezado Jacobus a preocuparse y a preguntarse si no habría sido víctima de una colosal estafa, cuando, una mañana, al vestirse, tuvo problemas con el cinturón: debió correrlo un agujero... Esperanzado, volvió a la oficina y, una vez detrás del Partenón, llamó a miss Gertrud.
      Ésta apareció con una expresión nueva en los ojos: la suya ya no era la mirada atenta pero opaca y algo resignada de una empleada toda cumplimiento del deber: ahora había calor y luz en sus pupilas, que ardían seguras de sí mismas, desafiantes casi. No le fue difícil a Jacobus encontrar la causa: de un día para otro el sweater de missGertrud había cobrado un inesperado interés...
      Para la tarde tuvo la confirmación: las ventas del Inocente Maquiavelo acusaron un acentuado repunte, sobre todo en los números mayores. Desde luego, las cifras del Bi-Bi fueron muy superiores; pero Jacobus no se preocupó.
      —Es el canto del cisne de la Bipolaris —se dijo satisfecho—. Ya veremos sus cifras dentro de unos días... ¡Carolyn, Carolyn!... ¡Qué poco tiempo nos separa!
      Una vez empezado, el engordamiento selectivo, como lo llamaba Hítler Müller, se desencadenó con increíble rapidez. A las 48 horas miss Gertrud podía mirar por encima del hombro el retratograma de Carolyn. Jacobus decidió duplicarle el sueldo, dados sus méritos sobrados, y hubiera decidido algo más si su propia persona no hubiera empezado a preocuparle. Porque no sólo su abdomen alcanzó un diámetro increíble: también las caderas se le ensancharon, a tal punto que empezó a tener dificultades para sentarse en su silla curul, detrás del Partenón...
      Llamó a Hítler Müller, pero éste lo mandó a paseo.
      —¡Ya le he dicho que no me moleste! ¿No está vendiendo ya, en un día, más Inocentes Maquiavelos, tamaño gigante, que antes en todo un año? ¿Por qué se queja? ¿Por un simple efecto secundario no del todo previsible?
      Fue todo lo que pudo sacar de él.
      
Entretanto, como no podía dejar de suceder, también el público todo se había percatado del portentoso fenómeno que dilataba a las mujeres por arriba y a los hombres por abajo. Los diarios lo tomaron al principio con mucha alegría y espíritu; verdaderamente, un paseo por la calle en aquellos días era como para levantar el espíritu a cualquiera.
      Como dijo Müller, las ventas de la One-Two llegaron a cifras supergalácticas. Era la única marca que tenía tamañas medidas, y, además, las clientas tenían que comprar cada pocos días un número mayor...
      Einstein Róger llamó a Jacobus.
      Éste se limitó a levantar el tubo y a escuchar desde lejos el torrente de improperios. Volvió a dejar el tubo, y el silencio volvió a reinar en el despacho, presidido siempre por la incomparable Carolyn; la incomparable Carolyn que, desde hacía unos días, ya no era tan incomparable...
      Aunque no había pantalón que le anduviera bien, y a pesar de que había tenido que abandonar la silla curul, fiel compañera de tantos desvelos, Jacobus Rándom se consideró el más feliz y genial de los capitanes de industria. Los atiborrados silos submarinos iban en rápido camino de agotamiento, y ya se discutía en Wall Street si el fenomenal Jacobus abriría una cadena de bancos para administrar sus fabulosas ganancias, o si invertiría parte de ellas en la compra del sistema planetario de Próxima Centauri.
      Einstein Róger volvió a llamar, pero ahora había un tono muy distinto en su voz.
      —Te vendo la Bipolaris, querido Jacobus, con todas las máquinas y todo el stock. No puedo soportar el esfuerzo de readaptar mis fábricas a la producción de semejantes medidas. Te confieso que había hecho caso a un sabio que predijo la reducción paulatina de la función mamífera en la especie humana, y que todo mi stock se inclinaba hacia las medidas chicas.
      —No pretenderás que considere como stock toda esa mercadería invendible que tienes... —Jacobus, en el pináculo de la gloria, sintió piedad por el vencido rival. Era conmovedor oírlo confesarse así—. Pero, en fin, comprendo que no estabas obligado a tener la intuición genial que tuve yo de que se estaba operando un cambio en la atmósfera...
      —Claro, claro, querido Jacobus... Hasta los sabios se han sorprendido del cambio. Nadie puede imaginarse de dónde ha salido ese famoso I 15 C. Has estado genial, Jacobus —al desdichado Einstein, en pleno tobogán financiero, no le importaba ya un servilismo más o menos...
      —¿Cuánto pides por la Bipolaris?
      —Por ser tú..., trescientos cincuenta trillones.
      —Bien, pongamos quince trillones. ¿Te parece bien?
      Hubo un ruido como de burbujas en el auricular del teléfono. Por fin, la voz de Einstein Róger volvió a articular:
      —Sí, querido Jacobus; me parece bien... Te llevas la mejor fábrica del mundo..., ¡después de la One-Two, desde luego!
      Jacobus Rándom se sonrió a sí mismo: ¡aquél sí que era un triunfo!; ¡un triunfo por knock out y de un solo golpe!
Esa misma tarde firmaron el contrato, sobre el techo del Partenón. Cuando la ahora ondulante miss Gertrud secó las firmas, un Jacobus condescendiente miró a un envejecido Einstein.
      —Ya te he comprado la Bipolaris —dijo con voz sorprendentemente suave—. Quisiera comprarte algo más...
      —¿Algo más, todavía? —hubo angustia de perro apaleado en la mirada del ya ex presidente de la Bipolaris.
      —Sí, algo más todavía... ¡El contrato de Carolyn!
      —¿El contrato de Carolyn? ¡Nunca!
      —Creo que diez trillones es un buen precio —Jacobus aparentó no haber oído la explosión de Einstein—. ¡Ni por una cantante de ópera, en pleno Siglo Loco, se pagó tanto!
      —El contrato de Carolyn no está en venta.
      —Veinte trillones.
      —¡El contrato de Carolyn no está en venta!
      —¡Cien trillones!
      Einstein hizo un ruido parecido a un sollozo. Luego hubo un silencio; luego un bufido y en seguida un improperio...
      —¿Qué dices? —saltó Jacobus.
      —¡Que eres el canalla más recanalla que jamás encanalleció el mundo! ¡Que prefiero trabajar de ascensorista en el Pléyade Building, que tiene cinco mil pisos, antes que ceder a Carolyn! ¡Aunque haya perdido la Bipolaris seguiré siendo toda la vida un fabricante de corpiños de alma! ¡Y Carolyn es el ideal de un fabricante de corpiños! ¡Nunca, nunca, renunciaré a él!
      Hubo un estampido, Einstein Róger acababa de marcharse cerrando la puerta con violencia terrible.
      Perplejo, Jacobus se quedó con la boca abierta. No sabía por qué, pero una sensación rara, penosa casi, había reemplazado a la triunfal embriaguez de momentos antes.
      —¡Este Einstein es un imbécil! —gruñó en voz alta. Pero eso no mejoró las cosas: algo, allá muy adentro, le decía que acababa de recibir una lección.
      Y ya no volvió a gozar de la victoria. Y no sólo por la discusión con Einstein, sino también por las noticias que empezaron a llegarle.
      
El engordamiento selectivo había continuado, y pronto surgieron las primeras dificultades: las minas de columbio del Mont Blanc paralizaron sus trabajos, porque las galerías resultaron demasiado estrechas para los ensanchados mineros; a ellas le siguieron otras; y en cuestión de horas, toda la industria extractiva del planeta quedó parada.
      Fue el primer golpe. Al otro día hubo otros, tanto o más graves.
      El comercio interplanetario quedo súbitamente interrumpido; los cosmarineros no pudieron entrar más por las escotillas de sus cosmonaves y la Tierra toda se encontró de pronto privada de toda importación, como si hubiera sido sometida al más inflexible de los bloqueos. Los submarinos dejaron de navegar. Pronto, los ómnibus aéreos dejaron de correr: era inútil agrandar las puertas, porque, de todos modos, los asientos no podían ser utilizados. Todo el intercambio cesó, como si el I 15 C, en lugar de ser un engordante selectivo, hubiera sido un anestésico de terrible eficacia paralizante.
      Los arriba apuntados fueron indudablemente los perjuicios más generales e importantes ocasionados por el I 15 C. Hubo muchos otros de consecuencias menores aunque muy molestas en unos casos e irritantes en otros.
      Así, por ejemplo, el problema que se planteó a los cines de barrio. (El cine es un curioso caso de supervivencia: a pesar de los siglos transcurridos desde su invención, nada ha podido relegarlo definitivamente; es lo que los sociólogos llaman una "comodidad fósil".) Los empresarios, no pudiendo acomodar en las butacas a los dilatados espectadores, las reemplazaron con bancos y aumentaron el precio de las entradas, para resarcirse del perjuicio ocasionado por el menor número de espectadores que podían admitir. Este aumento, para una población ya en crisis, fue decisivo, nadie pisó más una sala de cine. Algo análogo ocurrió con las peluquerías: inútiles por chicos los cómodos y aparatosos sillones, y no pudiendo reemplazarlos en un momento de quebranto industrial, dejaron de tener su atractivo mayor: ¿qué peluquero puede entretener con su charla a un cliente que debe malsentarse en un incómodo banco?
      Las fábricas de automotores y cosmonaves fueron rápidamente readaptadas para producir según las nuevas medidas "standard" del ser humano. Pero se encontraron sin materias primas, porque readaptar las minas resultó mucho más difícil: los expertos calcularon en tres meses el tiempo necesario para ensancharlas y hacerlas otra vez laborables; un lapso semejante, agobiado por el cese de la importación desde otros planetas, bastaba y sobraba para la desorganización completa de toda la estructura económica del planeta.
      Engordadas multitudes de desocupados se dejaron arrastrar por las veredas rodantes; hubo rumores de movimientos políticos y, por primera vez en dos siglos, se habló de formar cuerpos regionales de policía. El I 15 C ya no era un anestésico, ahora resultaba un veneno poderosísimo, letal... El sistema del Patriarcado vaciló hasta en los cimientos...
      No sólo a la especie humana afectó el engordamiento: la naturaleza toda sufrió una conmoción como quizás no la hubo desde que el clima del Mesozoico perdiera su suavidad; los animales habituados a vivir en cuevas se encontraron con que debían pasarse fuera la mayor parte del tiempo; a medida que engordaban, las cuevas les quedaban chicas; desde los ratones a las lombrices pasaron las de Caín. Pero el mayor desastre fue para los pájaros: su instinto no se adaptó a la nueva situación y siguieron haciendo nidos como para pájaros
      normales, más bien flacos; pronto el peso de las engordadas aves superó la resistencia de los nidos y ya no hubo paz ni tranquilidad entre las frondas. Un gorrión hembra, por ejemplo, aparte de no caber más en el nido, no sabía si en el momento menos pensado el nido cedería y se vendría abajo; resultado de todo es que los pájaros dejaron de poner huevos, y el cielo perdió el encanto de los píos y de los trinos...
      Toda la ciencia de la Tierra se abocó al estudio del nuevo elemento aparecido en la atmósfera. Fue rápidamente detectado por el Servicio de Centinelas. Había cierta tensión entre los terrestres y los habitantes de Churchill, el tercer planeta de Antares, descubierto por un inglés, y se ejercía muchísima vigilancia sobre la Tierra. Como no se sabía cómo podía ser un ataque Churchiliano se controlaba todo, hasta la composición química de la atmósfera; y así fue descubierto el I 15 C apenas apareció. Mil conjeturas se hicieron para explicarlo, pero todas estuvieron muy lejos de la verdad: ¿quien hubiera podido imaginar que un terrestre fuera capaz de semejante sabotaje a su propio planeta? ¿Y quién podía suponer que la fuente productora estaba allí, en ese melancólico y oxidado anillo de satélites artificiales en desuso, que giraban y giraban en torno a la Tierra?
      Abrumado por el desastre general, Jacobus, multitrillonario, se encontró más pobre que nunca; ¿de qué le valían sus trillones si no podía llamar siquiera a un TI para correr en busca de Carolyn, desaparecida desde el momento en que Einstein Róger echó candado a sus fábricas y se marchó con rumbo desconocido?
      Desde luego, también la One-Two sufrió la crisis general: llegó el momento en que el público comprador perdió poder adquisitivo, y se generalizó la antiestética y anticivilizada costumbre de no usar nada. Por otra parte, aquellas opulencias que tanto habían entusiasmado al principio, perdieron atractivo en un mundo de hombres abrumados por la crisis y agobiados por sus abdómenes y sus caderas siempre en franco tren de expansión. La coquetería femenina no fue una de las víctimas menores del I 15 C. Llego así el día en que también las ventas de la One-Two cayeron a cero.
      —¿Quién hubiera podido imaginar tamaña catástrofe? —se preguntaba desolado Jacobus, que pasaba todo el día en el helado silencio de sus marmóreas oficinas—. ¿Quién podía prever que unos cuantos centímetros de más resultarían peores que la peor de las pestes?
      Fue en uno de esos días en que sufrió la peor sacudida... ¡Como que, luego de infundirle la más loca esperanza, lo enterró en el más negro abismo del desencanto!
      Sonó el teléfono y corrió a atender. Una voz femenina habló del otro lado:
      —¿La One-Two? Deseo hacerles un pedido... Anote: un Inocente Maquiavelo de la medida más chica que tengan.
      —¿Un Inocente Maquiavelo de la medida más chica? —atónito, Jacobus no pudo creer en lo que oía. Una loca esperanza le aceleró el corazón: ¿estaría empezando a ceder el engordamiento selectivo? ¿quién sería aquella maravilla de mujer que necesitaba el número más chico del Inocente Maquiavelo?
      —Sí, el número más chico —insistía.
      —Este..., encantado señorita. ¡Yo mismo se lo llevaré enseguida! ¡Cuál es la dirección?
      —Calle 503, número 35.201, Nueva York... Es para el Museo Moderno de Antigüedades.
      Totalmente knock out, Jacobus cayó sobre una silla.
      
Para colmo de males, Hítler Müller había desaparecido: ni por teléfono, ni yendo personalmente a sus laboratorios, pudo Jacobus localizarlo. Arrepentido, sin duda, por la catástrofe mundial que había ocasionado, el inventor había preferido salir de la escena.
      Pero Jacobus era un hombre tenaz, y tenía trillones para tirar. Contrató un pesado cuerpo de engordados detectives y ofreció un suculento premio a quien le trajese al inventor. Por supuesto, a ninguno dio la razón de su interés por aquel individuo de apellido vulgar y de nombre más vulgar todavía.
      Aunque engordados, los detectives eran gente capaz: en dos días localizaron a Hítler Müller y lo trajeron al despacho de Jacobus. Hubo que forcejear un poco para hacerle franquear la puerta, pues el I 15 C había cumplido una magnífica acción engordante en su descubridor; y por fin estuvieron otra vez
      frente a frente los causantes de todo aquel cataclismo.
      Jacobus esperó a que los dejaran solos, y entonces avanzó con los puños apretados.
      —¿Puede saberse por qué se escondió? —bramó, tembloroso el enorme abdomen por la ira.
      Hítler Müller, perdida por completo la arrogancia, ocultó la cabeza entre las manos.
      —Porque no pude seguir cumpliendo el contrato —dijo con voz quebrantada.
      —¡Cómo que no ha cumplido! ¡Ha cumplido y demasiado bien!
      —No, señor Rándom, no... Según nuestro arreglo, yo me comprometí a renovar cada semana la carga de la planta automática productora del I 15 C...
      —¿Y bien?
      —Pues..., como usted sabe, ya nadie puede subir a una cosmonave: las escotillas resultan demasiado estrechas... Yo también he sido víctima: hace diez días que no puedo subir al TI para viajar hasta el SA. Por eso me escondí: ¡Porque la planta instalada en el SA 1760, falta de carga, ha dejado de funcionar hace ya tres días! ¿Me perdona, señor Rándom?
      Los ojos de Jacobus se agrandaron.
      —Lo que usted dice ¿significa que la atmósfera ya no recibirá más I 15 C?
      —Así es. No es culpa mía si...
      —¡Callese! Y limítese usted a contestarme. Entonces ¿el engordamiento selectivo se detendrá?
      —Por supuesto —Hítler Müller se encogió aún más—. No sólo se detendrá, sino que muy pronto comenzará a ceder. Lentamente, los cuerpos volverán a la normalidad... ¿Me perdona por ello, señor Rándom? No es culpa mía si...
      —¡Callese, le digo! ¿Cuándo volverá todo a la normalidad?
      —Ya una vez le dije que la atmósfera es loca... Pero el desengordamiento no ha de llevar mucho tiempo; desaparecido del aire el I 15 C, ya no habrá razón para que continúe la actual dilatación de los organismos...
      Jacobus se sentó en el Partenón, sin medir el riesgo de aplastarlo. Y una sonrisa maligna empezó a torcerle el rostro...
      —Si todo vuelve a la normalidad —se dijo—, todo el stock de Bi-Bi que compré por una bicoca a Einstein volverá a tener valor... Jacobus, Jacobus, ¡siempre dije que no hay en el mundo un genio como tú!
      
Por esta vez, las previsiones de Hítler se cumplieron en todas sus partes: llegó el día en que un sonido inusitado despertó a Jacobus.
      —¡Trinos de pájaros! —exclamó, sentándose en el lecho—. ¡El desengordamiento ha comenzado!
      Rápidamente, como si cada organismo fuera un globo que se desinfla, los distintos diámetros de cada ser fueron retornando a sus medidas de antes. Agilizados, más llenos de bríos que nunca, los hombres volvieron a tripular las cosmonaves y los submarinos, a trabajar en minas y fábricas, a recrear los ojos en las todavía opulentas pero otra vez atractivas matronas que iban y venían por las calles. La coquetería femenina recobró su imperio, y nuevamente comenzó la demanda de corpiños.
      Del cero absoluto las ventas de la One-Two se remontaron otra vez a cumbres siderales: dueño absoluto de la plaza, nuevamente inundó el mundo con el Inocente Maquiavelo. Claro que ahora la demanda era por números más chicos.
      Si antes, al crecer las medidas, la fortuna de Jacobus se había multiplicado con ritmo de fiebre, ahora resultó algo incalculable. Llegó a decirse que tenía más trillones que el mismo Patriarca. Sin embargo, todo aquel triunfo no lo envaneció. Jacobus no había alcanzado el objetivo supremo que lo impulsara a trastornar de tal manera el ancho de la humanidad toda: Carolyn Cónrad, otra vez incomparable en el soberbio sweater rojo del retratograma, seguía tan inalcanzable para él como en el primer día. Ni siquiera los mismos detectives que le trajeron a Müller pudieron encontrársela. Einstein Róger, al llevársela, no había dejado rastro alguno tras sí.
      Como sucede a todo vencedor que no llega al triunfo completo, la melancolía hizo presa en Jacobus, una melancolía que día a día se agravaba ante el espectáculo cada vez más desdichado que ofrecía el cada vez más desdichado sweater rojo de miss Gertrud, ya a kilómetros de distancia del invariable encanto del retratograma de Carolyn. Una mañana, sin que nadie lo hubiera llamado, se presentó Hítler Müller en el despacho de Jacobus. Aunque gordo todavía, a las claras se veía que pronto volvería a la flacura de antaño.
      —Ya puedo entrar otra vez en el TI —dijo a Jacobus—. ¿Vuelvo a poner en marcha la planta productora del I 15 C?
      —¡No, animal! —saltó Jacobus, presa de un violento temblor—. ¡Ya no hace falta! ¡He ganado ya más dinero del que nunca podré contar!
      —Como usted guste, señor Rándom, sólo preguntaba porque tenemos un contrato...
      —Podemos darlo por terminado. Y para que vea cuán satisfecho he quedado —Jacobus se repatingó con placer en su silla curul. Todavía no se había habituado a la idea de que podía sentarse en ella cuantas veces quisiera—; para que vea hasta qué punto soy agradecido, aquí tiene, Hítler, otros cincuenta millones, como premio... ¿Qué le parece?
      —¡Me parece muy bien! —el inventor parpadeó emocionado—. ¡Otra vez podré ocuparme de mis hormigas afeitadoras! —Tan agradecido se sintió el buen Hítler que agregó: —Voy a retribuirle el favor, señor Rándom. Le daré un dato que pensaba guardarme, y que a usted le hará ganar aún más dinero. Como pronto podrá comprobarlo, al volver los tejidos humanos a sus dimensiones de antes; habrá un aflojamiento general de carnes...
      —No veo en qué consiste la importancia del dato. Es un detalle que...
      —Es un detalle que para usted representará otra fortuna, señor Rándom. ¡Haga trabajar esos sesos! —el inventor miró a Jacobus con lástima—. Todo lo que tiene que hacer usted es lanzar al mercado un nuevo modelo, un Inocente Maquiavelo Reforzado, para hacer frente al relajamiento general de los tejidos.
      Jacobus se reanimó; aunque saturado de trillones, no podía ser indiferente a la perspectiva de otro fabuloso negocio.
      —Entiendo... Adaptaré los Bi-Bi que le compré a Einstein... Presiento que las medidas chicas serán las más solicitadas.
      —Así es —Hítler sonreía beatífico—. Y como una última demostración de aprecio, le calcularé qué refuerzo le deberá poner al nuevo Inocente Maquiavelo...
      Aquí, el inventor sacó una regla de calculo y se entregó a una serie de complicadas operaciones. Por fin concluyó:
      —Bastará por cuatro ballenitas por mitad. Con eso quedará perfectamente compensado el mayor peso causado por el relajamiento de los tejidos.
      
Así nació el Inocente Maquiavelo Reforzado, que, en honor de la verdad histórica, debió llamarse, con más propiedad, Bi-Bi reforzado. Pero la vanidad comercial tiene sus exigencias.
      El favor con que el público lo recibió fue inmenso. Nueva cosecha de trillones para Jacobus, y un motivo más de orgullo para su ya envanecido espíritu.
      —Si tuviera a Carolyn, mi dicha sería perfecta —se decía una mañana apoyado de codos en el Partenón y mirando con ojos entornados el triunfal retratograma de Carolyn—. Hasta que no esté conmigo no se habrá realizado en su totalidad mi ideal de fabricante de corpiños... ¡Carolyn, la mujer perfecta! ¿Dónde estarás?
      La puerta se abrió, y entró mis Gertrud, otra vez embolsada en una blusa negra, deplorablemente vacía.
      —Una señorita desea verlo— dijo con voz agria. Desde que sus diámetros habían vuelto a sus esmirriadas proporciones de siempre, su carácter se había resecado aún más—. No quiso dar el nombre.
      —Hágala pasar.
Miss Gertrud se hizo a un lado, los ojos de Jacobus se redondearon en un desmesurado esfuerzo por escapar de las órbitas. ¡Allí, en la puerta, y sonriéndole enfundada en un fabuloso sweater rojo, que más parecía un engarce que una prenda de vestir, estaba Carolyn! ¡Carolyn Cónrad!, ¡el sueño de un fabricante de corpiños hecho mujer!
      —¡Carolyn! —Jacobus saltó de la silla curul y contorneó el Partenón—. ¡Carolyn!
     
Miss Gertrud se retiró con el rostro convertido en una máscara helada. Pero Jacobus no lo advirtió: sólo tenía ojos para aquel sweater, que lo atraía como una llama a una mariposa, y para aquella mariposa de oro que lo quemaba como una llama.
      —Me separé de Einstein —la voz de Carolyn era cálida, como correspondía a una voz que surgía de semejante pecho—. El pobre está muy venido a menos últimamente... Recordé el contrato que una vez me ofreció usted, Jacobus, y por eso me tiene aquí. ¿Sigue en pie la oferta?
      —Sí... —apenas si Jacobus pudo articular, poniendo sus manos temblorosas en contacto con aquella lana de increíble suavidad y atrayendo a Carolyn hacia sí—. Sí, la oferta sigue en pie, Carolyn—. ¡Si supieras cuánto he deseado este momento! ¡Ha sido el ideal de toda mi vida!
      Carolyn sonrió, su boca casi tocando la de Jacobus. Pero éste no la besó; se inclinó hacia el cuello, hacia la mariposa de oro; el cierre electrónico que tantas veces soñara partido en dos en sus noches febriles.
      —¿Cómo se abre? —susurró.
      —Las palabras son "Sésamo, ábrete..." —una languidez creciente aterciopeló la voz de la muchacha.
      —¡Sésamo, ábrete! —hubo una arista de urgencia en el tono de Jacobus.
      La mariposa de oro se partió, y, como si una mano invisible hubiera corrido un invisible cierre relámpago, el sweater rojo se abrió con lentitud de telón.
      Ávido, Jacobus bajó los ojos...
      Y retrocedió un paso, como si hubiera recibido un impacto en medio del pecho.
      —Pero..., ¿y esto?
      —Debieras reconocerlo... Es un Inocente Maquiavelo Reforzado —repuso Carolyn, avanzando.
      —¡No te acerques! —abiertos por el horror, los ojos de Jacobus seguían polarizados en aquel producto de sus fábricas—. ¿Qué te ha ocurrido? —agregó, buscando el apoyo del Partenón—. ¡Tú nunca usabas nada antes, como no fuera cuando posabas para los avisos!
      —Te olvidas de que también yo he respirado el I 15 C —la voz de Carolyn se hizo cortante—; de que también yo he pasado por el engordamiento selectivo y por el desengordamiento... —aquí un sollozo la obligó a hacer una pausa—. ¡Ya nunca volveré a ser como antes! ¡Ya no podré prescindir nunca del Inocente Maquiavelo Reforzado —otro sollozo y, en seguida, en reacción furiosa, un imperioso—: "¡Sésamo, ciérrate!"
      Como tocado por una varita mágica, volvió a correrse el rojo telón del sweater. Sin mirar siquiera al abrumado Jacobus, derrumbado a medias sobre el Partenón, Carolyn dio media vuelta y buscó la puerta. Pero, antes de llegar a ésta, se detuvo ante su retratograma. Durante un instante lo miró, y luego, echando el puño hacia atrás, lo deshizo con un violento swing a la mandíbula. Una nube de gas rosado quedó flotando en el marco, desde donde aquella imagen perfecta reinara durante tanto tiempo en el despacho del presidente de la One-Two.
      Tan aturdido estaba Jacobus, que ni la oyó salir. Durante un rato larguísimo quedó como un púgil del bárbaro Siglo Loco, caído contra las cuerdas. Y no era para menos. Que Carolyn Cónrad, la mujer de sus sueños de fabricante de corpiños, usara ahora un Inocente Maquiavelo Reforzado representaba la peor burla que jamás podría jugarle el destino... Porque él, Jacobus Rándom, en un esfuerzo por enriquecerse y por conquistar aquella ampulosa y sólida belleza, había sido su destructor directo; él, por hacer caso de las sugestiones de Hítler Müller, había aflojado lo que antes estaba firme, había hecho ceder lo que antes jamás necesitara de sostenes...
      ¡Hítler Müller! El nombre del culpable, del destructor del ideal de toda su vida de fabricante de corpiños, relampagueó en su cerebro como una nube luminosa de propaganda. Rándom se inclinó sobre el Partenón; sacó de su cajón una bruñida pistola atómica; la guardó en el bolsillo, y llamó por teléfono al jefe de sus detectives.
      —Quiero que me averigüen donde podré encontrar a Hítler Müller en un lugar solitario —ordenó.
      Diez minutos después los detectives le contestaron:
      —La persona que a usted le interesa ha sido oída citándose telefónicamente con una dama. Dijo que la esperaría en el parque, entre los dos cipreses, a las nueve.
      Jacobus Rándom colgó el teléfono. Por la fuerza de la costumbre, su mirada buscó el retratograma desde donde, y durante tanto tiempo, las divinas redondeces de Carolyn lo estimularan a la acción; pero sólo encontró una nube rosada flotando dentro del marco. Apretados con fuerza los labios, se levantó y marchó hacia la puerta. Así como hasta hacía apenas unos minutos los firmes encantos de la modelo habían sido el norte de su vida, los dos polos hacia los cuales tendieran todos sus esfuerzos, la idea de matar a Hítler Müller, el culpable de que cediera la firmeza de aquellos encantos, se había convertido ahora en una obsesión, en una obligación imperiosa, ineludible.
      
La nube de propaganda, colgada allá entre los dos cipreses, seguía centelleando la marca que señoreaba en el mundo: Inocente Maquiavelo, Reforzado... Inocente Maquiavelo, Reforzado.
      Un gallo lejano, uno de esos infalibles gallos perfeccionados por la genética para dar la hora con exactitud de observatorio astronómico, cacareó las nueve en algún local municipal. Automáticamente, los dedos de Jacobus se cerraron en torno a la culata de la pistola.
      La hora había llegado..., y también la víctima: avanzando con paso firme, ágil, paso de enamorado impaciente, desembocó por un sendero el descubridor del I 15 C.
Jacobus sacó la pistola y oprimió un botón; sintió un suave calor en el mango, revelador de que el arma estaba lista para ser disparada. La levantó y apuntó hacia Hítler Müller, ya apenas a una decena de pasos.
      Pero en seguida bajó el letal instrumento. Una ampulosa figura había surgido de un sendero lateral y se adelantaba al encuentro del inventor. No hubo palabras de saludo: apenas si un murmullo y, en seguida, un apasionado abrazo que decía bien a las claras la prisa de Hítler.
      Jacobus, desconcertado, contempló desde su escondite las enlazadas figuras..., hasta que, alzándose de hombros, volvió a levantar la pistola. Total, ninguno de los dos sentiría nada, es más; las últimas sensaciones con que se despedirían del mundo no podrían ser más agradables.
      Pero tampoco ahora pudo apretar el disparador. En la semiluz que llegaba de la nube de propaganda, se oyó la voz urgente de Hítler Müller:
      —¡Sésamo, ábrete!
      Durante un instante, Jacobus quedó sin poder respirar. ¡La dama que se había citado con el inventor era Carolyn! Aquello era el colmo de la ironía por parte del destino... Aunque ¿Carolyn era realmente Carolyn? Jacobus se contestó que no. Porque Carolyn, cuando se puso por necesidad un Inocente Maquiavelo Reforzado, había dejado de ser Carolyn.
      Ya no dudó más, y volvió a apuntar. Pero tampoco ahora llegó a disparar. Una voz habló detrás de él:
      —Yo que tú, no lo haría.
      Se volvió y se encontró cara a cara con Einstein Róger, el vencido rival, el ex presidente de la Bipolaris, que le sonreía con desdeñosa expresión de lástima.
      —Yo que tú, no lo haría —repitió Einstein—. Porque te enviarían al Desintegrador...
      Aturdido, Jacobus se quedo mirándolo.
      —Compré a uno de tus detectives —siguió Einstein—, y él me dijo que te encontraría aquí, a punto de matar a alguien... Entonces, me vine de un vuelo, para evitar que te perdieras.
      —¿Desde cuándo tanta generosidad?
      —No es generosidad, Jacobus. Es sólo refinamiento... Porque, si vas a parar al Desintegrador; yo me pierdo la ocasión de vengarme; la ocasión de pagarte con la ruina ¡la ruina en que tú me zambulliste!
      —¿Arruinarme, tú a mí? —Jacobus no pudo contener una sonrisa despectiva.
      —Sí, yo a ti, Jacobus..., con el nuevo invento de Hítler Müller.
      La sonrisa se borró del rostro de Jacobus.
      —¿El nuevo invento de Hítler Müller?
      Einstein Róger hizo una pausa, paladeando la victoria, y luego aclaró:
      —Un modelo de corpiño totalmente transparente...: un corpiño invisible.
—¡Vaya una novedad! —Jacobus respiró aliviado—. ¡Ya en la segunda mitad del Siglo Loco se usaron corpiños transparentes de plástico!
      —¡Dejame concluir! —Einstein lo miró con lástima—. El invento de Hítler Müller es algo más serio. Él ha convertido el corpiño transparente en un dispositivo electrónico que se ilumina a voluntad de la interesada, pudiendo colorearse con toda una gama de delicadísimas tonalidades. ¿Te imaginas el uso que la coquetería femenina puede hacer de semejante artilugio? Si hubo un tiempo en que las damas realizaban milagros con un simple abanico, calcula los estragos que podrán hacer manejando con la sabiduría inherente al sexo las infinitas posibilidades del Vía Láctea...
      —¿El Vía Láctea?
      —Sí... Así he resuelto bautizar el nuevo corpiño luminoso.
      Jacobus Rándom no dijo nada. Se sorprendía al notar la poca impresión que le causaba la revelación de Einstein. Súbitamente comprendió que todo aquello había dejado de interesarle. Ya nunca le preocuparían ni Hítler Müller y su Vía Láctea, ni todos los corpiños del mundo. Comprendió que, rota la ilusión que le impulsara a luchar, ya nada le importaba en la vida. Hizo un despectivo saludo a Einstein, y salió del parque, con paso firme, resuelto.
      Se detuvo unas tres cuadras más allá, donde un electrobar titilaba su muestra en la oscuridad; uno de esos electrobares donde el mozo le pone a uno un casco con electrodos que inducen al cerebro de uno toda clase de pensamientos estimulantes.
      Jacobus Rándom sabía qué clase de pensamientos le serían inducidos; sabía que, apenas le pusieran el casco vería otra vez a la incomparable Carolyn, tal como era cuando le tomaron el retratograma, con su sweater rojo y su mariposa de oro que esperaba el "Sésamo, ábrete."
      Sabía todo eso, pero entró en el bar.

Inocente Maquiavelo Reforzado de Héctor Germán Oesterheld




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