martes, diciembre 31, 2013

Brindemos en Nochevieja


Listado de grupos y artistas censurados en el 2013


Terminamos año, y como hacen todos los medios de comunicación retrocedemos páginas para ver los éxitos del 2013. En este caso, no queremos recordar las canciones que han estado en el "top", ni los mejores discos o los más vendidos. Vamos a recordar a los artistas que por "a" o "b" circunstancias o excusas han sido censurados en nuestro país.
Conviene recordar la ya extensa lista de artistas censurados por el actual gobierno que se ciñen en“motivos de seguridad” Observaréis la diversidad de voces calladas:

  

Soziedad Alkoholika

Fermín Muguruza

Su Ta Gar
Banda Bassoti
Los Chikos del Maiz

H Kanino
Obrint Pas
Berri Txarrak
Pablo Hasél
Arma X
Boikot
Lendakaris Muertos
Piperrak
Miguel Bosé
 Albert Plá

Bunbury

Vucaque
Kop

Rix

(...)




Si hacemos el ejercicio de rebobinar en el 2013, nos encontramos con la cancelación de diversos festivales como: El Irreductibles Fest y el festival Planet Babylon entre otros.
En el caso del Irreductibles Fest nos remontamos a Enero del 2013, donde a una hora de que comenzara el concierto en el centro "La traba" suspendieron el evento por "motivos de seguridad". En Irreductibles Fest tocaban varios de los grupos musicales más conocidos entre los movimientos sociales y antifascistas, como: Los Chikos del Maíz, Non Servium, Boikot, Habeas Corpus o Arma X. El evento se había organizado para recaudar dinero y apoyar a los detenidos en la huelga general del  14N del 2012. Anteriormente, las autoridades habían impedido su realización en la sala Rock Kitchen y, entonces, La Traba cedió sus instalaciones.



El festival Planet Babylon, tuvo que suspender su cuarta edición en Mayo del 2013. Planet Babylon Festival WUM, se iba a celebrar los días 21 y 22 de junio. Antes de su cancelación, Fermin Muguruza fue sacado a la fuerza del cartel del festival en el que iba a participar junto a grupos como La Pegatina, Bongo Botrako, Gentleman, Dub Inc y otros artistas por presiones de la Junta de Gobierno Municipal de Alcalá de Henares.

Al igual que ocurre con algunos grupos como Soziedad Alkoholika, los conciertos de Muguruza "suponen una vulneración de los valores y normas de convivencia propugnados en nuestra Constitución" o al menos, este es el argumento de las instituciones y gobiernos que toman la decisión de cancelarlos.



Algunos artistas comentan: 

Por ejemplo, Los Chikos del Maíz, aseguran que su banda no puede tocar desde hace unos años en Sevilla. ¿La razón?  "Su alcalde..."



El representante de H. Kanino, Jorge Ramos, argumenta que la banda está "vetada en Madrid" desde que formó parte del cartel Irreductibles Fes, de tal modo que ha sido censurado en varias ocasiones como el 15 de junio que tenía programado un concierto en la Sala Caracol (también clausurada) por presiones policiales a través de la administración (según declaraciones de la Sala), se considera a estas bandas  "violentas" al igual que a sus seguidores o fans.

El caso Pablo Hasél, no es concretamente del 2013, pero queremos recordar que es un artista censurado e incluso ha pasado por prisión por ser un poeta y artista de mensaje político y comunista.





Otro gran artista vetado en numerosas ocasiones es Albert Plá, cuya actuación del 25 de octubre en el Teatro Jovellanos de Gijón fue suspendido tras unas declaraciones que hizo al diario "La Nueva España" ante la pregunta de qué opinaba sobre la independencia de Cataluña, a lo que él respondió:  "A mí siempre me ha dado asco ser español, como espero que a todo el mundo. Me gustaría que los catalanes fuéramos independientes y que en Gijón se estudiara el catalán por cojones, igual que nos pasa a nosotros ahora" No es la primera vez que se censura a Plá por sus ideas y opiniones, él mismo declara que "no es la primera vez que me censuran una actuación o la salida de un disco"



Otros ejemplo de esta censura y por lo tanto control de la libertad de expresión, son algunos como el nombre del grupo musical Vucaque, que coincide fonéticamente con la palabra japonesa “bukkake” significa una práctica sexual de origen japonés en la que varios hombres se turnan para eyacular sobre una mujer. El Ayuntamiento de la localidad madrileña de Getafe censuró la actuación del grupo en un recital promovido por la Casa de la Juventud, precisamente por el significado de su nombre en japonés.

Otro artista censurado en 2013 en España es Enrique Bunbury, con su videoclip"Despierta" que pertenece a su nuevo álbum "Palosanto", fue sacado en  Youtube y Daily Motion, siendo en ambos lugares censurado sólo para España después de más de 150 mil visitas. Por suerte aún se podía ver en Vimeo, donde también fue eliminado el pasado 23 de Septiembre de 2013. En el videoclip sale con un bate rompiendo una TV y diciendo "despierta". Hoy hemos encontrado un nuevo enlace de youtube donde ver el vídeo con más de 75 mil visitas:




No nos olvidamos tampoco de la feria de Fuengirola donde se especifica laprohibición de poner música que no esté interpretada en español en las casetas."Bajo ningún concepto se permitirá la ambientación musical con géneros como funk, rap, reggaeton, electrónica, metal, alternativa, hip hop, reggae, heavy metal, country, punk, gótica y ritmos latinos en general", recoge el bando municipal firmado por la alcaldesa.

Otros artistas censurados no este año pero sí "recientemente" han sido: Miguel Bosé(en la comunidad Valenciana), Pedro Guerra y Cristina del Valle (concierto de apoyo a la marea verde en la Comunidad de Madrid)... Otras disciplinas también han sufrido la censura, un ejemplo cercano es el caso de Camila Cañeque (censurada por ARCO en su representación espontánea de la muerte de España, vestida de flamenca tumbada en el suelo), obras de teatro como "Estrella Sublime" (censurada por el ayuntamiento de Écija) y un largo etc de artistas, bandas, obras, libros...

Como decía Virginia Woolf  "No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente".


Fuente:
lennon.es

lunes, diciembre 30, 2013

El Bilbao Basket afirma que no podrá pagar las nóminas de sus jugadores en enero


Gorka Arrinda, consejero delegado de la entidad, asegura que precisa 1,5 millones para abonar sus sueldos a la plantilla y a los proveedores.

 Situación límite en el Bilbao Basket. Los hombres de negro necesitan dinero. Según ha desvelado durante la junta general ordinaria del club esta mañana Gorka Arrinda, consejero delegado de la entidad, el equipo precisa 1.500.000 € para poder pagar a sus jugadores y también a los proveedores. Esto es, si no entra esa cantidad en las arcas del club (que ha bajado su presupuesto de 11.060.000 euros a casi la mitad), "no se podrán pagar las nónimas de los jugadores el próximo mes", ha reconocido Arrinda. En su intervención, el consejero delegado ha asegurado que se da "un plazo de dos meses para tomar una decisión al tener una situación límite de tesorería".

Ha afirmado que no existe "deuda con Hacienda", pero sí con la plantilla y el cuerpo técnico. De ahí que se hayan planteado tres soluciones: una ampliación de capital, la entrada de alguna entidad o empresario en el accionariado, o una enigmática vía que no ha terminado de desvelar pero que ha insinuado con las siguientes palabras: "Antes de las situaciones legales a los que no se quiere llegar", ha dicho sin ofrecer más detalles a este respecto.

Fuente:
elcorreo.com

Y mientras tanto, Chun Li...








Navidad, navidad, dulce navidad....


Animalillos


Muerte por frisbee

Jugando con el hermanito


Gabinete Caligari - Al calor del amor en un bar

Egunon

domingo, diciembre 29, 2013

Lápiz que dibuja en 3D en el aire


Norteamericanos crearon un lápiz que permite a los dibujantes sacar sus obras del papel y transformarlas en 3D. 

El súper bolígrafo se llama 3Doodler y es parecido a una pistola de silicona. En este caso el invento trabaja con plástico fundido que se solidifica apenas toca el aire. Sólo necesita de un enchufe para funcionar y permitirá a dibujantes llevar más allá su creatividad, además de ayudarles con algún chascarro en el hogar, ya que también sirve para reparaciones menores.

Domingo de cortos: Striptease


Multipremiado y reconocido allende los mares corto dirigido por Juan Carlevaris e interpretado por Manuela Burló, que nos hacen ver como desnudarse puede ser algo bastante complicado...

 
Striptease (Shortfilm) from Juan Carlevaris on Vimeo.

Domingo de cortos: ¡Que te den por el culo!

Dirigido por El Chico Morera y protagonizado por Sara G y Rafael Darro no llegó hace un par de años este divertido corto, qu edeja bien claro que cuando se vive en pareja, cualquier cosa puede desencadenar una discusión...

 

Trailer de Kung Fury

Ojito, que con este trailer están sacando pasta para rodar una peli que puede ser histórica....mezcolanza alucinógena de estética de los 80 con películas de policías, vikingos, dinosaurios, Hitler y sus nazis, videojuegos y mas,  todo ello pasado por el kung fú....jo jo jo....

 

sábado, diciembre 28, 2013

El continuo de Gernsback

Supongo que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas de la empresa de Cohen.
Por fortuna, el asunto empieza a desvanecerse, a convertirse en un episodio. Cuando todavía capto la extraña visión, es periférica; meros fragmentos de cromo de científico loco, que se limitan al rabillo del ojo. Hubo aquella ala volante sobre San Francisco la semana pasada, pero era casi translúcida. Y los descapotables de aleta de tiburón se han vuelto más escasos, y las autopistas evitan discretamente desplegarse, para no convertirse en esos esplendorosos monstruos de ochenta carriles que forzosamente tuve que recorrer el mes pasado en mi Toyota alquilado. Y sé que nada de eso me seguirá hasta Nueva York; mi visión se está estrechando, centrándose en una única longitud de onda de probabilidad. He trabajado duro para lograrlo. La televisión ayudó mucho.
Supongo que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas de la empresa de Cohen. Comida recalentada, y luego tardaron treinta minutos en encontrar un cubo de hielo para el retsina. Cohen trabaja en Barris-Watford, que publica libros de formato grande, en rústica, sobre temas de moda: historias ilustradas de los letreros de neón, la máquina tragamonedas, los juguetes de cuerda del Japón Ocupado. Yo había ido para fotografiar una serie de anuncios de calzado; chicas californianas de piernas bronceadas y juguetonas zapatillas fluorescentes hicieron travesuras para mí en las escaleras mecánicas de St. John’s Wood y en los andenes de Tooting Bec. Una magra y hambrienta agencia de publicidad había decidido que los misterios del London Transport venderían zapatillas de nailon de suela reticular. Ellos deciden; yo hago las fotos. Y Cohen, a quien conocía vagamente de los viejos tiempos en Nueva York, me había invitado a almorzar la víspera de mi partida desde Heathrow. Apareció acompañado por una mujer joven vestida muy a la moda y llamada Dialta Downes, que carecía virtualmente de mentón y era, sin duda, una conocida historiadora del pop art.
Retrospectivamente, la veo caminando junto a Cohen bajo un aviso de neón flotante que destella intermitentes “Por aquí está la locura” en enormes mayúsculas sin serif.
Cohen nos presentó y me explicó que Dialta era la principal animadora del último proyecto de Barris-Watford, una historia ilustrada de lo que ella llamó el “modernismo aerodinámico americano”. Cohen lo llamaba “gótico de pistola de rayos”. El título provisorio de la obra era La futurópolis aerodinámica: el mañana que nunca fue.
Hay en los británicos una obsesión por los elementos más barrocos de la cultura pop americana, algo parecido al extraño fetichismo de los alemanes con los indios-y-vaqueros o la aberrante ansia de los franceses por las viejas películas de Jerry Lewis. En Dialta Downes esto se manifestaba en una manía por un estilo arquitectónico, exclusivamente norteamericano, del que la mayoría de los norteamericanos casi no son conscientes. Al principio yo no sabía bien de qué me hablaba, pero luego empecé a comprender. Me encontré recordando la televisión matutina de los domingos en los años cincuenta.
A veces, el canal local pasaba, como relleno, viejos y gastados noticiarios. Uno se sentaba con un bocadillo de manteca de cacahuete y un vaso de leche; y una voz de barítono hollywoodense, plagada de ruidos de estática, te decía que había Un Coche Volador En Tu Futuro. Y tres ingenieros de Detroit se ponían a dar vueltas en un viejo y enorme Nash alado; y los veías pasar retumbando por alguna abandonada carretera de Michigan. En realidad nunca te mostraban cuándo despegaba, pero se iba volando hasta la tierra del nunca jamás de Dialta Downes, verdadero hogar de una generación de tecnófilos totalmente desinhibidos.
Ella hablaba de esos retazos de la arquitectura “futurista” de los años treinta y cuarenta con que uno se cruza todos los días en las ciudades americanas sin tenerlos en cuenta: las marquesinas de los cines, diseñadas para que irradien una energía misteriosa, las tiendas de baratijas con fachadas de aluminio acanalado, las sillas de tubos cromados que acumulan polvo en los vestíbulos de los hoteles. Ella veía esas cosas como segmentos de un mundo de sueños, abandonados en un presente perezoso; quería que yo se los fotografiase.
La década de los treinta dio luz a la primera generación de diseñadores industriales; hasta entonces todos los sacapuntas habían parecido sacapuntas: el básico mecanismo victoriano, tal vez con algún arabesco decorativo en los bordes. Tras el advenimiento de los diseñadores, algunos sacapuntas parecían haber sido armados en túneles de viento. En la mayoría, el cambio era sólo superficial: bajo la aerodinámica cáscara cromada uno descubría el mismo mecanismo victoriano. Lo cual en cierto modo era lógico, pues los diseñadores norteamericanos más famosos habían sido reclutados en las filas de los escenógrafos de Broadway. Todo era un escenario teatral, una serie de exquisitos decorados para jugar a vivir en el futuro.
Durante la sobremesa, Cohen sacó un grueso sobre de manila lleno de fotografías en papel brillante. Vi las estatuas aladas que guardan la presa Hoover, adornos de hormigón de doce metros de altura que apuntan con firmeza hacia un huracán imaginario. Vi una docena de fotos del Johnson’s Wax Building de Frank Lloyd Wright, pegadas sobre carátulas de viejos números de Amazing Stories, obra de un artista llamado Frank R. Paul; a los empleados del Johnson’s Wax les habría parecido que estaban entrando en una de las utopías que Paul pintaba con aerógrafo. El edificio de Wright daba la impresión de haber sido diseñado para gente que llevara togas blancas y sandalias de acrílico. Me demoré en un esbozo de un avión de hélice especialmente pomposo, todo ala, como un gordo y simétrico búmeran, con ventanas en lugares inverosímiles. Unas flechas rotuladas indicaban la posición de la sala de baile y dos canchas de squash. Databa de 1936.
—Esta cosa no podría haber volado, ¿verdad? —miré a Dialta Downes.
—Qué va, de ninguna manera, aun con esas doce hélices enormes; pero a ellos les encantaba el aspecto, ¿entiendes? De Nueva York a Londres en menos de dos días, comedores de primera clase, camarotes privados, cubiertas para tomar sol, jazz y baile por las noches… Los diseñadores eran populistas, y trataban de dar al público lo que el público quería. Lo que el público quería que fuese el futuro.
Hacía tres días que estaba en Burbank, tratando de infundir carisma a un roquero de aspecto realmente aburrido, cuando recibí el paquete de Cohen. Es posible fotografiar lo que no está; resulta muy difícil y es, por lo tanto, un talento muy vendible. Si bien es cierto que no lo hago mal, no soy exactamente el mejor, y aquel pobre tipo agotó la credibilidad de mi Nikon. Salí deprimido, porque me gusta hacer bien mi trabajo, pero no deprimido del todo, porque me aseguré de recibir el cheque por el trabajo, y resolví reponerme con el sublime, seudoartístico encargo de Barris Watford. Cohen me había enviado algunos libros sobre el diseño de los años treinta, más fotos de edificios aerodinámicos, y una lista con los cincuenta ejemplos favoritos de Dialta Downes en California.
La fotografía arquitectónica implica a veces una gran dosis de espera: el edificio se convierte en una especie de reloj de sol, mientras uno aguarda a que una sombra se aleje de un detalle que se quiere fotografiar, o que la masa y el equilibrio de la estructura se muestren de una cierta manera. Mientras esperaba, me imaginé en la América de Dialta Downes. Cuando aislé algunos de los edificios de fábricas en el cristal esmerilado de la Hasselblad, aparecieron con una especie de siniestra dignidad totalitaria, como los estadios que Albert Speer construía para Hitler. Pero el resto era inexorablemente cursi: material efímero moldeado por el subconsciente colectivo norteamericano de los años treinta, y que tendía a sobrevivir ante todo en zonas deprimentes, bordeadas de moteles polvorientos, colchonerías al por mayor y pequeños depósitos de automóviles de ocasión. Me dediqué sobre todo a las estaciones de servicio. Durante el apogeo de la Era Downes, encargaron a Ming el Implacable el diseño de las estaciones de servicio de California. Partidario de la arquitectura de su Mongo natal, Ming recorrió la costa de arriba abajo, levantando estructuras de pistola de rayos con estuco blanco. Muchas de ellas presentaban superfluas torres centrales rodeadas de esos extraños rebordes de radiador que eran el sello distintivo del estilo y las hacían parecer capaces de generar potentes estallidos de puro entusiasmo tecnológico, si tan sólo se pudiese encontrar el interruptor que las ponía en marcha. Fotografié una en San José una hora antes de que llegaran las motoniveladoras y arremetieran contra la estructural verdad de yeso, listones y hormigón barato.
—Considera eso —había dicho Dialta Downes— una especie de América alternativa: un 1980 que nunca sucedió. Una arquitectura de sueños frustrados.
Y ese fue mi estado de ánimo mientras recorría las estaciones de intrincada mezcla socioarquitectónica en mi Toyota rojo; mientras iba sintonizando la imagen de una vaga Norteamérica que no fue, de plantas de Coca-Cola que parecían submarinos varados, y de cines de quinta que parecían templos de alguna secta perdida que había adorado los espejos azules y la geometría. Y mientras andaba entre aquellas ruinas secretas se me ocurrió preguntarme qué pensarían del mundo en el que yo vivía los habitantes de ese futuro perdido.
La década de los treinta soñó con mármol blanco y cromo aerodinámico, cristal inmortal y bronce bruñido, pero los cohetes de las portadas de las revistas de Gernsback habían caído en Londres en plena noche, chillando. Después de la guerra, todo el mundo tuvo coche —sin alas— y la prometida autopista para conducirlo, con lo que hasta el mismo cielo se oscureció, y los gases carcomieron el mármol y agujerearon el cristal milagroso.
Y un día, en las afueras de Bolinas, mientras me preparaba para fotografiar un ejemplar especialmente lujoso de la arquitectura marcial de Ming, atravesé una delgada membrana, una membrana de probabilidad… Casi sin darme cuenta, fui más allá del Borde… Y miré hacia arriba y vi una cosa con doce motores que parecía un búmeran inflado, todo ala, volando hacia el este con un zumbido monótono y una gracia elefantina, tan bajo que pude contar los remaches en esa piel de plata opaca y oír —quizás— un eco de jazz. Se la llevé a Kihn.
Merv Kihn, periodista independiente, con una dilatada trayectoria en pterodáctilos de Texas, campesinos visitados por ovnis, monstruos de Loch Ness de segunda y las diez principales teorías conspiratorias del rincón más lunático del inconsciente colectivo norteamericano.
—Está bien —dijo Kihn, sacando brillo a las amarillas gafas de caza Polaroid con el dobladillo de la camisa hawaiana—, pero no es mental; le falta lo más importante.
—Pero lo vi, Mervyn, estábamos sentados junto a una piscina, al brillante sol de Arizona. El había ido a Tucson a esperar a un grupo de funcionarios jubilados de Las Vegas cuya líder recibía mensajes de Ellos en el horno de microondas. Yo había conducido toda la noche y lo sentía.
—Claro que lo viste. Claro que lo viste. Has leído mis cosas. ¿No has entendido mi solución general para el problema de los ovnis? Es muy, muy sencilla: la gente —se colocó cuidadosamente las gafas sobre la nariz larga y ganchuda y me clavó su mejor mirada de basilisco— ve… cosas. La gente ve esas cosas. No hay nada, pero la gente ve esas cosas. No hay nada, pero la gente ve de todos modos. Quizá porque lo necesita. Has leído a Jung, y deberías saber de qué se trata… Tu caso es tan obvio: admites que pensabas en esa arquitectura chiflada, que fantaseabas… Mira, estoy seguro de que habrás probado tus drogas, ¿no es cierto? ¿Cuánta gente sobrevivió a los sesenta en California sin sufrir alguna que otra alucinación? Por ejemplo esas noches en que descubrías que ejércitos enteros de técnicos de Disney se habían ocupado de bordarte en los tejanos hologramas animados de jeroglíficos egipcios, o esos momentos en que…
—Pero no fue así.
—Claro que no. Claro que no fue así; ocurrió “en un marco de clara realidad”, ¿no es cierto? Todo normal, y de pronto ahí está el monstruo, el mandala, el cigarro de neón. En tu caso, un gigantesco avión de novela de aventura. Sucede todo el tiempo. Ni siquiera estás loco. Eso lo sabes, ¿verdad? —sacó una cerveza de la maltratada nevera portátil de telgopor que tenía junto a la silla.
—La semana pasada estuve en Virginia. En el condado de Grayson. Entrevisté a una chica de dieciséis años que había sido atacada por una cabeza de oso.
—¿Una qué?
—Una cabeza de oso. La cabeza cortada de un oso. Pues esta cabeza, verás, flotaba por ahí en su propio platillo volador, que se parecía un poco a los tapacubos del Caddy antiguo del primo Wayne. Tenía ojos colorados y brillantes, como dos brasas de cigarro, y antenas telescópicas de cromo que se le abomban por detrás de las orejas —Mervyn eructó.
—¿La atacó? ¿Cómo?
—No lo quieras saber; sin duda eres impresionable. “Era una cabeza fría —dijo, ensayando su mal acento sureño— y metálica.” Hacía ruidos electrónicos. Eso es auténtico, amigo, un material que llega directamente del inconsciente colectivo; esa niña es una bruja. No tiene sitio en esta sociedad. Habría visto al diablo si no hubiese crecido con El hombre biónico y todas esas reposiciones de Star Trek. Está conectada a la vena principal. Y sabe que eso le sucedió. Me fui diez minutos antes de que apareciesen los fanáticos de los ovnis con el polígrafo.
Debió de pensar que yo estaba disgustado, porque puso cuidadosamente la cerveza junto a la nevera y se incorporó.
—Si quieres una explicación más elegante, te diría que viste un fantasma semiótico. Todas esas historias de contactos, por ejemplo, comparten un tipo de imaginería de ciencia-ficción que impregna nuestra cultura. Podría aceptar extraterrestres, pero no extraterrestres que pareciesen salidos de un cómic de los años cincuenta. Son fantasmas semióticos, trozos de imaginería cultural profunda que se han desprendido y adquirido vida propia, como las aeronaves de Julio Verne que siempre veían esos viejos granjeros de Kansas. Pero tú viste otra clase de fantasma, eso es todo. Ese avión fue en otro tiempo parte del inconsciente colectivo. Tú, de alguna manera, sintonizaste con eso. Lo importante es no preocuparse.
Pero yo me preocupaba.

Kihn se peinó el menguante pelo rubio y se fue a oír lo que Ellos habían dicho por el radar últimamente; yo corrí las cortinas de mi habitación y me acosté a preocuparme en la oscuridad refrigerada.
Aún estaba preocupándome cuando desperté. Kihn me había dejado un mensaje en la puerta: volaba hacia el norte en un avión alquilado para verificar un rumor sobre mutilaciones de ganado (“mutis”, decía él; otra de sus especialidades periodísticas).
Comí, me duché, tomé una desmigajada pastilla dietética que había estado un tiempo dando tumbos en el fondo del estuche de la afeitadora y emprendí el regreso a Los Angeles.
La velocidad limitaba mi visión al túnel de las luces del Toyota. El cuerpo podría conducir, me decía, mientras la mente funcionase. Funcionase y se mantuviese alejada del extraño y periférico acompañamiento visual de las anfetaminas y el agotamiento, la vegetación espectral, luminosa, que crece en el rabillo del ojo mental cuando se recorren autopistas a altas horas de la noche. Pero la mente tiene sus propias ideas, y la opinión de Kihn respecto a lo que yo ya consideraba mi “visión” me resonaba interminablemente en la cabeza, girando en órbita asimétrica. Fantasmas semióticos. Fragmentos del Sueño Colectivo caracoleando al viento a mi paso. Por algún motivo, aquel bucle de retroacción agravó el efecto de la pastilla dietética, y la vegetación que crece junto a la carretera comenzó a adoptar los colores de una imagen de satélite captada con infrarrojos, jirones brillantes que estallaban al paso del Toyota.
Entonces salí de la autopista y media docena de latas de cerveza parpadearon dándome las buenas noches antes de apagar las luces. Me pregunté qué hora sería en Londres, y traté de imaginar a Dialta Downes desayunando en su apartamento de Hampstead, rodeada de aerodinámicas estatuillas de cromo y libros sobre la cultura americana.
Las noches del desierto son enormes en esa región; la luna está más cerca. Miré la luna un buen rato y llegué a la conclusión de que Kihn tenía razón: lo importante era no preocuparse. A todo lo ancho del continente, día tras día, gente que era más normal de lo que yo jamás habría aspirado ser veía pájaros gigantes, patagones, refinerías de petróleo voladoras: ellos mantenían a Kihn ocupado y solvente. ¿Por qué habría yo de alterarme por una fugaz visión de la imaginación popular de los años treinta en el cielo de Bolinas? Resolví dormirme, sin otras preocupaciones que las serpientes de cascabel y los hippies caníbales; a salvo en medio de la amistosa basura de una carretera de mi bien conocido continuo. Al día siguiente iría a Nogales a fotografiar los viejos burdeles, cosa que pretendía hacer desde hacía años. El efecto de la pastilla dietética había terminado.

Me despertó la luz, y luego las voces.
La luz venía de alguna parte a mis espaldas, y arrojaba sombras movedizas al interior del automóvil. Eran voces serenas, confusas, de hombre y de mujer conversando.
Tenía el cuello tieso y una sensación de arena en los ojos. La pierna se me había dormido, presionada contra el volante. Busqué atolondradamente las gafas en el bolsillo de la camisa y por fin logré ponérmelas.
Entonces miré hacia atrás y vi la ciudad.
Los libros sobre el diseño de los años treinta estaban en el maletero; uno de ellos contenía esbozos de una ciudad idealizada inspirada en Metrópolis y en Lo que vendrá, pero donde todo se escuadraba, lanzándose hacia arriba entre las nubes perfectas de un arquitecto hasta unos muelles de zepelines y unos delirantes chapiteles de neón. Aquella ciudad era un modelo a escala de la que se alzaba a mis espaldas. Los chapiteles se erguían unos sobre otros en brillantes zigurats que subían hasta una dorada torre del templo central rodeado por los dementes rebordes de radiador de las gasolineras de Mongo. Podías esconder el Empire State en la más pequeña de aquellas torres. Calles de cristal subían entre los chapiteles, transitadas de arriba abajo por formas plateadas y lisas como gotas de mercurio. El aire estaba atiborrado de naves: aviones de alas gigantescas, cosas pequeñas, plateadas, velocísimas (a veces, una de las formas de mercurio de los puentes celestes se elevaba con gracia en el aire para sumarse a la danza), dirigibles de más de un kilómetro de longitud, cosas con forma de libélula que planeaban, girocópteros…
Cerré los ojos y di media vuelta en el asiento. Cuando los abrí, me obligué a mirar el cuentakilómetros, el pálido polvo de la carretera sobre el plástico negro del tablero, el cenicero desbordante.
—Psicosis anfetamínica —dije. Abrí los ojos. El tablero seguía allí, el polvo, las colillas aplastadas. Con mucho cuidado, sin mover la cabeza, encendí las luces altas.
Y los vi.
Eran rubios. Estaban de pie junto a su automóvil, un aguacate de aluminio con una aleta central de tiburón y ruedas lisas y negras como las de un juguete infantil. El rodeaba con el brazo la cintura de la muchacha, y señalaba hacia la ciudad. Ambos estaban vestidos de blanco: ropas holgadas, las piernas desnudas, zapatos de un blanco inmaculado. Ninguno parecía advertir mis luces. El decía algo que era sabio y fuerte, y ella asentía, y de pronto me asusté: un susto distinto. La cordura había dejado de ser un problema; sabía, por alguna razón, que la ciudad a mis espaldas era Tucson: un sueño que Tucson había proyectado arrancándolo del sueño colectivo de toda una época. Que era real, completamente real. Pero la pareja frente a mí vivía en él, y ellos me asustaban.
Eran los hijos de los ochenta que nunca fueron, los ochenta de Dialta Downes; los Herederos del Sueño. Eran blancos, rubios, y probablemente de ojos azules. Eran americanos. Dialta había dicho que el futuro había llegado a América primero, pero que había pasado de largo. Pero no allí, en el corazón del sueño. Allí habíamos seguido adelante, dentro de una lógica de sueños que no sabía nada de polución, de los límites finitos del combustible fósil, de guerras extranjeras que era posible perder. Ellos eran limpios, felices, y totalmente satisfechos de sí mismos y del mundo. Y en el Sueño, aquél era el mundo de ellos.
Detrás de mí, la ciudad iluminada: unos reflectores barrían el cielo por puro placer. Imaginé a la gente atestando las plazas de mármol blanco, metódica y alerta, los ojos luminosos brillando de entusiasmo por las avenidas inundadas de luz y por los coches plateados.
Tenía todo el siniestro gusto de la propaganda de las Juventudes Hitlerianas.
Puse el coche en primera y avancé despacio, hasta que el parachoques quedó a poco menos de un metro de ellos. Seguían sin verme. Bajé la ventanilla y escuché lo que decía el hombre. Sus palabras eran luminosas y huecas, como el tono de un folleto de alguna Cámara de Comercio, y supe que creía en ellas totalmente.
—John —oí que decía la mujer—, hemos olvidado tomar nuestras pastillas alimenticias –la mujer sacó dos obleas de una cosa que llevaba en el cinto y le dio una a él. Regresé a la autopista y me puse en marcha hacia Los Angeles, estremeciéndome y sacudiendo la cabeza.
Llamé a Kihn desde un puesto de gasolina. Uno nuevo, en mal Español Moderno. Había regresado de su expedición y no pareció molestarle la llamada.
—Sí, ésa sí que es rara. ¿Trataste de sacar fotos? No es porque fuera a salir nada, pero añade un frisson interesante a la historia, que las fotos no hayan salido…
Pero, ¿qué debería hacer?
—Ver mucha televisión, sobre todo programas de juegos y telenovelas. Películas porno. ¿Has visto Nazi Love Motel? La pasan por cable, aquí. Es horrible de verdad. Justo lo que necesitas.
¿Qué me estaba diciendo?
—Deja de gritar y escúchame. Te voy a revelar un secreto profesional: puedes exorcizar todos esos fantasmas semióticos con la peor programación. Si a mí me quita de encima a los fanáticos de los ovnis, a ti te puede liberar de esos futuroides modernistas. Inténtalo. ¿Qué puedes perder?
Y entonces me rogó que lo dejara en paz, aduciendo que tenía una cita temprano con el Elegido.
–¿El qué?
–Esos viejos de Las Vegas; los de los microondas.
Pensé en hacer una llamada a Londres, a cobro revertido, hablar con Cohen en Barris-Watford y decirle que su fotógrafo se iba a pasar una larga temporada en la Zona Gris. Al final, dejé que una máquina me preparase un café realmente imposible y volví al Toyota para terminar el viaje a Los Angeles.
Los Angeles fue una mala idea, y pasé allí dos semanas. Era el país primordial de Downes; había allí demasiado Sueño, y demasiados fragmentos del Sueño aguardando para tenderme una celada. Casi destrozo el coche en un paso a nivel cerca de Disneylandia, cuando la carretera se abrió en abanico como un truco de origami y me dejó zigzagueando entre una docena de minicarriles llenos de sibilantes lágrimas de cromo con aletas de tiburón. Peor aún. Hollywood estaba lleno de gente que se parecía demasiado a la pareja que había visto en Arizona. Contraté a un director italiano que se las arreglaba haciendo trabajos de laboratorio y diseñando terrazas alrededor de las piscinas mientras esperaba la llegada de su nave; hizo copias de todos los negativos que había acumulado durante el encargo de Downes. No quise ver el material. Eso, sin embargo, no pareció molestar a Leonardo, y cuando hubo terminado el trabajo examiné las copias al vuelo, como quien mira un mazo de baraja, las empaqueté y las envié a Londres vía aérea. Luego fui en taxi hasta una sala donde pasaban Nazi Love Motel, y mantuve los ojos cerrados todo el tiempo.
El telegrama de felicitación de Cohen me llegó una semana después a San Francisco. A Dialta le habían encantado las fotos. El admiró el modo en que me había “metido en el asunto”, y esperaba volver a trabajar conmigo. Esa tarde vi un ala volante sobre Castro Street, pero tenía algo de tenue, como si estuviese sólo a medias.
Corrí hasta el quiosco de periódicos más cercano y busqué todo lo que había sobre la crisis petrolera y los peligros de la energía nuclear. Acababa de decidir comprar un billete aéreo para ir a Nueva York.
—Vaya mundo en el que vivimos, ¿verdad? —el propietario era un negro delgado de mala dentadura y evidente peluca. Asentí, buscando monedas en los bolsillos del pantalón, deseando encontrar un banco de parque donde poder sumergirme en la dura evidencia de la casi distopía humana en que vivimos—. Pero podría ser peor, ¿verdad?
–Así es –dije–, o peor aún, podría ser perfecto.
El hombre se quedó mirándome mientras me alejaba por la calle con mi pequeño fajo de catástrofes condensadas.
El continuo de Gernsback de William Gibson

viernes, diciembre 27, 2013

miércoles, diciembre 25, 2013

The Auteurs of Christmas

Prodígio no futsal belga, Barca Temse vs ZVC Breendonk

Siniestro Total - ¿Cuándo se come aquí? (Álbum completo)

Siniestro Total - Todos los ahorcados mueren empalmados

Germán Coppini - Alien divino

Golpes Bajos - Malos tiempos para la Lírica

Feliz Navidad a todos....!! (al estilo Gobierno Español)


Santa Claus conquista a los marcianos (Película completa español)


Los marcianos, preocupados porque sus hijos están obsesionados con los programas de televisión de la Tierra que ensalzan a Santa Claus, deciden venir a la Tierra para secuestrarle...

 

martes, diciembre 24, 2013

He disfrutado como un enano con el piloto de Sleepy Hollow


El Jinete sin Cabeza con su caballo blanco de ojos mal hechos demoníacos, y su terrible hacha, brujas con sus brujerías y aquelarres varios, muertos vivientes, decapitaciones, fantasia a raudales, policias típicos y tópicos, humor con gracia, mal rollete bíblico, demonios de los muy chungos, balas de pistola, fusil, rifle o metralleta a tutiplén y desfachatez como pocas veces he visto al juntar todo este mogollón con siglos de diferencia entre unos y otros asuntos, en el conocido pueblo del título, Sleepy Hollow, pero en nuestro actual Siglo XXI, han hecho de este piloto uno de los mas divertidos del año, sobre todo porque al acabar todo los contado está cerradito y con las cartas pasadas, presentes y futuras sobre la mesa, no dando puntada sin hilo, y queriendo que por encima de todo nos lo pasemos bien con lo alucinante de la trama, que lo hacemos vaya que si.

Puntuación: Compro sorpresa.
No se como tamaña flipada pudo pasar por suerte para nosotros de la mesa de proyectos a la de realidades, pero me alegro, ya que pretendo seguir viéndola, y si me sigue divirtiendo mas me alegro sabiendo que además ha sido renovada para una segunda temporada.

Olentzero Rockero

Terry Gilliam: The Christmas Card

lunes, diciembre 23, 2013

75 year old Jerry West "I haven't shot a basketball in years"


Jerry West dando una charla, cuando en realidad sin querer esta dando una clase, 75 tacos la figura del logo de la NBA....asombroso....

 

Willy DeVille - Demasiado corazón

El Mal...

Honest Action - Die Hard

La rubia bosquimana que jugaba con guepardos, leonas y demás....



Pasmoso...

El aborto según George Carlin (monólogo subtitulado en español)

Wholock - Sherlock meets The Doctor!

Frank Sinatra - The Christmas Song

domingo, diciembre 22, 2013

Esto no es un ser humano

Domingo de cortos: Una caja de botones


Estupendo corto de temática navideña, ganador del Goya de hace un par de años, y que cualquier cosa menos alegre podría parecer aunque si lo es.

María Reyes Arias dirige a Antonio de la Torre y Sara Mantxola, que interpretan a Andrés, padre que ante la imposibilidad económica de conseguir lo que su hija Irene ha pedido en Navidad a los Reyes Magos, se encuentra inexorablemente empujado a contarle la realidad sobre esa tradición. Este hecho significará un viaje emocional para ambos...

 
Una Caja de Botones from Diego Gismondi on Vimeo.

sábado, diciembre 21, 2013

El beso del dios negro

Llevaron entre dos soldados a la castellana de Joiry, con las manos atadas, Atravesaron la galería del castillo, zigzagueando entre montones de cadáveres. Dos veces resbalaron sobre charcos de sangre. Cuando se detuvieron frente al caballero con armadura, que había ganado la batalla, la castellana blasfemaba con furia y desesperación y los denuestos que profería parecían amplificados por la resonancia del casco.
El vencedor, que se llamaba Guillermo, se inclinó hacia adelante, apoyado sobre la espada, con las dos manos cruzadas sobre la empuñadura. Era de alta talla, y su armadura, salpicada de manchas de sangre, hacíalo parecer aun más alto. Su rostro, de dura expresión, estaba surcado de cicatrices, y la mueca de una risotada burlesca cortaba en dos su breve barba, Era ostentoso y temible. Dijo con voz profunda y lenta:
—Quitad el carapacho a esta langosta. Vamos a ver la cara del que nos ha librado tan duro combate; quitadle el casco—. Fue preciso llamar a un tercer soldado para cortar los barboquejos del casco de acero; al rodar éste por el suelo, provocó en Guillermo un anatema de estupor, que hizo resaltar la blancura de sus dientes. Sostenida por sus dos guardianes, la dama de Joiry los miraba, con sus rojizos cabellos enmarañados y las pupilas amarillas como las de un león embravecido.
—¡Dios te maldiga! —rugió la dama de Joiry—. ¡Que Dios maldiga tu negro corazón!
Guillermo apenas si la oyó. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos, lo que ocurría a la mayor parte de los hombres que veían por primera vez a Girel de Joiry. Era de gran estatura y tan feroz como cualquier hombre de su tiempo. El rostro que surgía de la armadura no hubiera sido hermoso con un acicalado peinado de dama, pero en su marco de hierro y acero tenía la belleza del filo de una espada.
Guillermo, finalmente, estalló:
—¡Por los clavos del Señor! Este sí que es un buen obsequio para un soldado. ¿Qué es lo que ofreces para que te salven la vida?
La castellana le espetó un denuesto obsceno.
—Palabras tan amargas en una boca tan linda... Pero apuesto a que tu boca es más dulce que tus palabras.
Girel hundió el escarpe de su armadura en el tobillo de un guardia y, mientras éste gritaba de dolor, propinó al Otro un rodillazo en el vientre. Había dado tres pasos hacia la puerta antes de que Guillermo tuviera tiempo de alcanzarla. Colocó él un puño debajo de su mentón, levantándole la boca. Las injurias cesaron.
—¡Santo cielo! Tiene uno la impresión de besar una espada —dijo Guillermo.
Girel volvió la cabeza hacia un costado, como
serpiente que ataca y le clavó los dientes en el cuello. Por una fracción de pulgada erró la vena yugular. Guillermo la separó de su cuello y le golpeó con la mano que no tenía guante de acero. La dama cayó desvanecida sobre el piso, abriendo luego, en las tinieblas, sus ojos amarillos. Permaneció sosegada durante un instante, reuniendo sus dispersos pensamientos. Comprendió que se encontraba en una de las pequeñas celdas del torreón, que recorrió en seguida, hallando un taburete de madera.
El centinela recordó más tarde haber oído los más aterradores llamados de auxilio que jamás habían resonado en el castillo y que después de haber desechado el cerrojo de la puerta recibió un golpe certero en el cráneo. Girel descendió las gradas para volver a subirlas, en dirección a la torre del norte. Iba a la capillita; estaba segura de que encontraría al padre Gervasio. El sacerdote estaba arrodillado frente al altar y se puso de pie.
—Hija mía —murmuró—, hija mía... ¿Cómo os habéis escapado? ¿Debo conseguiros un caballo? Si lográis atravesar el cordón de centinelas podréis alcanzar el castillo de vuestro primo antes del amanecer.
Lo hizo callar con un movimiento de mano.
—No —le dijo—. No es afuera donde quiero ir esta noche. El viaje que pienso emprender es muy peligroso. Dadme la absolución; voy al infierno para rogar al diablo que me dé un arma. Es posible que no regrese.
El padre Gervasio posó una mano temblorosa sobre el hombro de Girel.
—¡Miradme! —le dijo—. ¿Sabéis lo que decís? Queréis... ir...
—Allá —contestó ella con firmeza—. Vos y yo, padre, somos los únicos que conocemos este pasaje y ni siquiera estamos seguros del lugar donde conduce. Pero quiero un arma contra ese hombre.
—Si creyera yo realmente en vuestro propósito, despertaría yo mismo a Guillermo para entregaros a él —murmuró el cura—. Esto sería mucho mejor para vos. ¡Reflexionad, Girel! Para la vergüenza que Guillermo quiere infligiros existe el perdón, y, si morís después, las puertas del Cielo os serán abiertas. ¡Mas esto es otra cosa, Girel! ¡ Girel! ¡Jamás, en toda la eternidad, podréis salir, ni en cuerpo ni en alma, si vais... allá!
Alzando los hombros, la dama dijo:
—Para vengarme de Guillermo estoy dispuesta a quemarme para siempre en el infierno.
—Girel, ¿es que no comprendéis? Ese camino es peor que las más recónditas profundidades de las llamas infernales.
—Lo sé, pero el arma que necesito sólo puede hallarse aventurándose allende el dominio de Dios.
—Girel, no hagáis eso.
—Gervasio, iré; dadme la absolución.
—Sois mi Dama y debo obedeceros. Os daré la bendición de Dios que de nada os servirá allá.
Girel regresó al torreón y buscó en el suelo el aro negro. Con el tacto halló el anillo compuesto con el metal más frío y más dúctil que hubiera conocido jamás. No hubiera sabido cómo llamarlo. La luz del día nunca había hecho brillar ese metal. Tiró de él y poco a poco se levantó un disco, descubriendo el pasaje. Penetró en él espada en roano. El pasaje no había sido concebido para permitir un propósito determinado. Era un túnel estrecho, bruñido y reluciente que se enroscaba sobre sí mismo como un tirabuzón.
Girel no se preguntaba qué criaturas habían utilizado ese túnel ni para qué fin podían haberlo hecho. Pensaba solamente que ese suelo había sido hollado por demonios, antes que el hombre, y que el mundo era muy viejo. Resbalaba a lo largo de las espirales y un vértigo intenso se apoderó de ella. Nunca había estudiado geometría ni tampoco ninguna otra ciencia, pero intuía que las curvas y los ángulos del camino que seguía no se asemejaban a ninguna otra curva ni a ningún otro ángulo. Conducía hacia lo desconocido y hacia las tinieblas, pero ella sentía confusamente que se dirigía hacia un misterio y una oscuridad ubicados más allá del universo físico, como si las curvas y los ángulos del túnel hubiesen sido cuidadosamente calculados para viajar en un espacio de varias dimensiones a la vez que en el tiempo.
Más abajo, más abajo aún. Deslizábase rápidamente, pero más o menos sabía cuánto habría de durar el descenso. En el primer viaje, ella y el padre Gervasio trataron de volver atrás La tentativa era irrealizable. Una vez iniciada la marcha ya no era posible parada alguna. Cuando quisieron detenerse, los átomos de sus propios cuerpos se opusieron. Por el contrario, la ascensión del regreso no fue difícil. Imaginaban que tendrían que trepar a lo largo de curvas interminables, pero, de manera extraña, la espiral desafiaba la gravedad. El descenso llegó a su fin. El padre Gervasio y Girel habían llegado hasta allí. El cura se había adelantado un poco más, dejándola rezagada —la castellana era más joven y más obediente—, y retrocedió, con el rostro macilento que se destacaba al resplandor de su antorcha.
Esta vez, Girel prosiguió adelantando camino. Las tinieblas movíanse delante de ella. Una suerte de negro ciclón la envolvió, sacudiéndola bruscamente. Miles de voces quejumbrosas gritaban a sus oídos durante la noche. Y el singular torbellino cesó. Necesitó cinco minutos para recobrar sus fuerzas. Sus dedos tocaron a tientas, sobre el suelo, una huella inmensa: una huella de tres dedos, como la de un sapo, pero mucho más grande, que estaba aún fresca. Prosiguió avanzando y salió.
El mundo en el cual se introducía era insólito. Sintió que se hallaba fuera del túnel, aunque nada vio. Ya no eran las tinieblas, sino el vacío. Amplios abismos se abrían a su alrededor y algo le oprimía dolorosamente la garganta. Tuvo una sonrisa siniestra, pues comenzaba a comprender. ¡El Crucifijo! Con una mano vacilante lo desprendió del cuello y lo arrojó al suelo. Luego se le cortó el aliento.
Con el mismo repentino azoramiento con que se despierta de un sueño, habíase desplegado al vacío absoluto, la nada, al par que había surgido un horizonte. La mujer se hallaba de pie, sobre una colina, bajo un cielo colmad? de estrellas extrañas. A sus pies, divisaba valles y planicies y en lontananza perfilábanse montañas. En el firmamento, ni una sola constelación era reconocible, y cuando pudo percibir ciertos planetas por sus destellos más brillantes, no eran sino planetas misteriosos, violetas, verdes O amarillos. Uno de ellos era de color de púrpura, como llama atizada. A lo lejos veía también una poderosa columna de luz, que no iluminaba las tinieblas que la rodeaban. No proyectaba sombra alguna. Era simplemente un gran pilar de luz, semejante a una elevada torre, erecta en medio de la noche. Pareciole artificial, construida quizás por la mano del hombre, si bien no podía esperar que hubiese hombres en esos confines.
Se había preparado para caminar por los ardientes afirmados del infierno, que los sacerdotes le habían descrito en detalle, desde su infancia. Se sintió sorprendida e inquieta. Los arquitectos y constructores del túnel no podían haber sido seres humanos. Dejola estupefacta el descubrir un cielo tan profusamente estrellado, en el suelo. Sin embargo, era lo suficientemente inteligente como para comprender que, cualquiera que hubiese sido el medio por el que había llegado allí, ya no estaba más sobre la tierra. Ningún abismo terrestre podía contener un cielo estrellado. Su mundo era crédulo y aceptó su nueva ornamentación sin hacerse muchas preguntas. Avanzó hacia la columna de luz; caminaba rápida y fácilmente. Atravesó dos torrentes que parecían hablar, pero cuyo murmullo en nada se asemejaba a los torrentes terrestres. Franqueó luego una puerta de tinieblas, como si se hubiese tratado de un orificio vacío en el aire y emergió de allí, restregándose los ojos. Llegó, al fin, hasta la torre de luz, que estaba rodeada por una marisma. Acercose a ella un ser fantástico: una mujer en cuclillas, de andar agazapado y que daba saltos como un sapo, cuyo rostro carecía por completo de vida.
Anduvo los últimos metros que la separaban de la torre de luz. Pudo ver que se trataba de un edificio, compuesto de luz. No podía comprender lo que veía, pero lo veía. La columna estaba formada por efluvios de luz, con límites bien definidos que no irradiaban destellos. Al aproximarse aun más vio que la luz se movía, brotando de alguna fuente subterránea, como si fuera un manantial bajo presión. Presintió que aquello era luz.
Los detalles del edificio aparecían ahora con gran nitidez. Grandes pilares y un pórtico inmenso, todo hecho de luz fulgurante. Se dirigió al pórtico pues barruntaba que no podía atravesar el muro de luz, aun teniendo la audacia de intentarlo. Ya junto al umbral, miró a su alrededor, aterrada por las gigantescas dimensiones del edificio. El interior era un vestíbulo liso, como la superficie cóncava de una burbuja, pero tan inmensa que la curvatura apenas si era visible. En el centro flotaba una luz radiante. Girel cerró un ojo: un fulgor, flotando en una burbuja de luz, ¡con el brillo de una llama que parecía viva! Vaciló la castellana, sobre el umbral del pórtico. En ese momento la luz se modificó. Se tornó rosa y luego rojo sangre. Después también cambió de forma, asumiendo la forma humana, de una mujer con armadura, con cabellos rojizos.
—Bienvenida —gritó la Girel suspendida en el centro del globo, emitiendo una voz profunda, resonante y clara.
Girel, en la puerta, retuvo el aliento, maravillada y aterrada a la vez: la imagen era ella misma, a excepción de la voz.
—Entra, entra —dijo la burlesca voz.
—Entra —repitió la voz, pero esta vez con la inconfundible entonación de una orden.
Girel comprendió intuitivamente que contenía una advertencia. Se quitó la daga que llevaba en la cintura y la arrojó sobre el piso del vestíbulo. El puñal golpeó contra el suelo sin emitir el más leve sonido y desapareció.
La otra Girel hizo oír una risotada malévola:
—Quédate afuera. Eres más inteligente de lo que hubiera creído. ¿Qué buscas aquí?
—Busco un arma; un arma contra un hombre que odio a tal extremo que ninguna arma de la tierra es bastante terrible para él.
—¿Lo odias verdaderamente?
—¡Con toda mi alma!
—¿Con toda tu alma? —respondió la voz como un eco, luego de lo cual echó a reír.
Los ecos de esta risa resonaron en la superficie interna del globo de luz.
Cuando fueron acallados, la voz dijo:
—Da a ese hombre lo que encuentres en el templo sobre el lago: es un obsequio que te hago.
Y la imagen se esfumó. Otra vez una luz intensísima y fascinante, carente de forma, brilló en el centro de la burbuja. Girel dio media vuelta. Se dijo a sí misma que no tenía medio alguno de llegar al lago donde se hallaba el regalo. Recordó también que no había que aceptar el presente de un demonio. Era preciso comprarlo o ganarlo, pero nunca aceptarlo como un obsequio. Poco importaba: ciertamente había sido condenada por haber salido del dominio de los dioses y el alma sólo puede perderse una sola vez. Volvió a levantar los ojos y dirigió la mirada hacia las extrañas estrellas. Una de ellas cayó y Girel advirtió en ella un signo. Se encaminó hacia la dirección indicada. Cayeron otras dos estrellas, brindándole una suerte de confirmación. Volvió a atravesar el torrente.
A la distancia vio algo que brillaba. Era un pálido y vago fulgor. En la esperanza de que fuese un lago, aceleró la marcha. Y así lo era, en realidad; un lago que sólo podía existir en un infierno oscuro como ése. El agua, que resplandecía con una luz negra, fluía dulcemente. Una quinta estrella cayó del cielo para ir a fijarse en las profundidades del lago. Comenzó entonces a buscar el templo.
Divisó algo oscuro en el centro del lago. La imagen se iba haciendo cada vez más nítida a medida que sus ojos se familiarizaban con el ambiente; era un arco de tinieblas, posado sobre el fondo estrellado del agua. Esto podía ser un templo. Se adelantó y se tambaleó pues algo le había obstruido el paso en la hierba, algo sólido pero invisible, un vacío, una tiniebla en las hierbas. Ese algo asumía la forma de una grada de escalinata y la castellana comprendió que se trataba del comienzo de un puente, un puente hecho de la nada y que se combaba por encima del lago.
Caminó a lo largo del puente, esforzándose por no mirar, pues las estrellas de arriba y las de abajo le infundían vértigo. El puente convergía en una entrada de un recinto imposible de definir o describir en cuyo centro se encontraba una imagen. Una imagen hecha con una materia negra, pero de un negro visible en la oscuridad. Era una figura semihumana, agazapada, con la cabeza inclinada hacia adelante, asexual y extraña. Tenía un solo ojo, cerrado, en medio de la frente, y una boca entreabierta como si estuviera dispuesta para el beso. A Girel pareciole que una fuerza superior, que no podía reprimir, la impulsaba hasta que sus propios labios tocasen los de la imagen. Merced a la unión de este beso —una mujer de sangre caliente y una imagen fría, hecha con un material sin nombre—, algo se introdujo en "su alma, algo que en lo sucesivo incidiría sobre ella como un peso frígido, como una burbuja que contenía algo extraño y amenazador. Huyó entonces, acosada por el demonio que estaba en ella. Ganó la puerta del túnel y franqueó nuevamente la extraña espiral. Se había mordido los labios y, cuando volvió a salir, su belleza, que se asemejaba a la de una hoja de acero, surgió mancillada. Al verla, el padre Gervasio se persignó.
Un grupo de personas la aguardaba con ansiedad: el sombrío sacerdote, Guillermo, espléndido a la luz de las antorchas, arrogante, destacando su alta talla, y cierto número de gentes de armas, visiblemente molestas. Vio a Guillermo y se dirigió hacia él. Tenía ganas de desplomarse, de desfallecer, de morir, de desaparecer en el frío que estaba dentro de sí misma. Mas se sintió impulsada por su odio.
Guillermo la asió fuertemente, mientras ella escuchaba su maléfica risotada triunfal, en el preciso instante en que llevaba la boca sobre la suya. Fue un beso prolongado, y Girel sintió que se le escapaban las fuerzas desconocidas de que estaba imbuida. Miró entonces a Guillermo y vio en él algo frío y extraño que invadía lentamente su cuerpo y su alma. Una emoción imposible de mencionar, una emoción que jamás había sido creada para la carne y la sangre, una desesperación de acero que sólo hubiera podido experimentar algún ser llegado del espacio sin límites.
Entonces, se operó con lentitud en Guillermo una transformación física; su rostro se retorció, sumido en agonía, y un grito postrero surgió de su garganta. Luego, se desplomó sin vida.
Girel comprendió en seguida, con la velocidad de un relámpago, lo que había hecho. Comprendió por qué siempre había pensado en Guillermo con tanta violencia. Comprendió por qué el demonio de luz que se hallaba en su propio rostro había emitido esa risotada maléfica. Supo el precio que es preciso pagar cuando se acepta el regalo de un demonio. Supo que para ella no habría más luz en el mundo, ahora que Guillermo ya no estaba.

El beso del dios negro de C.L.Moore


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