sábado, abril 05, 2014

La reina se divierte

Con ocasión de la primera Navidad que celebramos en este colegio universitario conté un cuento de fantasmas porque, precisamente la víspera del Banquete de la Casa, había tenido una extraña experiencia y consideré que podía resultarles divertida. La segunda Navidad conté otro únicamente porque había sucedido de verdad y era una nota a pie de página del primero. No tenía la menor intención de que estos relatos fueran a multiplicarse. Nada más lejos de mis deseos que otorgarles aeste colegio universitario de Massey la dudosa fama de estar encantado. No soy aficionado a los fantasmas ni me interesan en particular; jamás los había visto hasta que llegué aquí: a este edificio nuevo, recién estrenado, cuyos ladrillos  había visto colocar uno a uno y cuyo mobiliario conozco desde que llegó de fábrica. Siempre había considerado que los fantasmas eran una superstición. Y ojalá siguiera siendo así.

El domingo hizo una semana que sucedió. Veo que lo han comprendido; es un placer dirigirse a un público verdaderamente perspicaz. Se han dado cuenta inmediatamente de que fue el 5 de diciembre, la víspera de San Nicolás, patrono de los estudiosos y, por tanto, una presencia invisible pero real en esta institución. Era casi medianoche y estaba yo en la cama, leyendo y a punto de caer dormido, cuando empezó a entrarme un desasosiego característico que, desde que estoy en esta institución, he llegado a asociar con una clase determinada de complicaciones. En la vida universitaria, uno aprende enseguida a distinguir varias clases de inquietud. En mi caso, hay una que considero personal, a la que he dado el nombre de “el escalofrío de ultratumba”. Me baja la temperatura de repente, me pongo a jadear, me falla la visión, de manera que parece que los objetos estables se acercan y retroceden ante mí, y experimento una sensación en el cuero cabelludo como si se me pusieran los pelos de punta. Veo que algunos médicos del públicos sonríen burlonamente; creen que se trata de simple miedo. Pero no, no es tan sencillo; no es miedo lo que siento: es un estado de conciencia bastante desagradable. Sé que va a pasarme algo extraordinario, noto la inminencia de una adversidad, de algo ineludible y agotador. Sé que he salido del surco por el que discurre una clase de vida y que voy a estar un tempo atrapado en un reino ajeno.

Otro efecto del escalofrío de ultratumba es que el oído se agudiza y se oyen sonidos que los demás no perciben. Tumbado en la cama, oí gemidos, suspiros y lamentos: como si una gran multitud estuviera penando desesperada y, lo que es peor, esperase que yo hiciera algo.

No sabría decirles cómo lo supe, pero lo comprendí con total claridad. No tenía miedo, pero me asaltaron una inquietud y una tristeza profundas. Sabía que las cosas empeorarían antes de mejorar y que sería imposible evitar que sucediera lo que tenía que suceder. Así pues, enrollé el libro, lo guardé bajo llave en su estuche, me puse el batín y las zapatillas y salí en dirección al lugar de la perturbación.

¿Cómo sabía adónde tenía que ir? Es otra de las características del escalofrío de ultratumba. Se sabe adónde hay que ir. No digo que le guíen a uno los pasos hasta un sitio determinado, sino que, simplemente, se sabe adónde hay que ir. Así que, bajé las escaleras y enfilé el pasillo de la planta baja que lleva a la biblioteca.

Allí las luces están siempre encendidas, pero dan un resplandor frío y desagradable que desanimaría incluso al fantasma más insensible. Enseguida vi que no había nadie en la sala de consulta, pero las voces que me atraían –entiéndase que las oía gracias a la agudeza excepcional de mi sentido del oído- salían a todo volumen de la sala de prensa y depósitos. Al abrir la puerta sentí miedo por primera vez.

¿Cómo se manifiesta el miedo en estas circunstancias? En mi caso, es como si me clavaran sañudamente un cuchillo helado; al principio me paraliza, después me duele y por último me deja estupefacto. ¿Por qué tenía miedo en ese momento? Porque me acordé de una cosa que había en los depósitos.

En algunas ocasiones, nuestra biblioteca ha recibido generosas donaciones de libros. Todavía no estaba abierto el colegio cuando nos llegó una donación de cien volúmenes o más, todos de literatura canadiense menos cinco libros. Como bien saben ustedes, gozamos ya de cierta fama por nuestra colección de literatura canadiense. Sin embargo, el bibliotecario prestó muy poca atención a esos cinco libros porque no encajaban en ninguna de las categorías de nuestra colección. Contenían la obra de un autor que algunos de ustedes conocerán de oídas, un autor cuyo nombre tal vez les arranque una sonrisa. Me refiero a Aleister Crowley; no hace mucho que murió, fue el fin de una dedicada a imponerse al mundo como mago. Muchos se reían de él, pero la suya fue, sin la menos duda, una carrera plagada de sinsabores, y se vio envuelto en escándalos desastrosos que incluso tuvieron consecuencias fatales para personas que habían caído en su ámbito de influencia. Así pues, en la sala de depósitos había cinco libros de Aleister Crowley amontonados en un estante de ejemplares sin clasificar, y, aunque yo había insinuado un par de veces al bibliotecario que sería conveniente deshacernos de ellos o llevarlos a la cripta, después se me olvidó… y a él también. Y de pronto, con la tremenda sensación de miedo que ya he descrito, me acordé de ellos.

A pesar de todo, como he dicho antes, cuando me invade el escalofrío de ultratumba, tengo que hacer lo que sea necesario tanto si tengo miedo como si no. por lo tanto, giré la llave, que estaba puesta en la cerradura, abrí la pesada puerta y entré en la sala.

Lo que vi era tan complicado y caótico que no sé cómo empezar a describirlo. En primer, la luz era extraordinaria; no era el resplandor eléctrico de la sala de consulta, sino una luminosidad azul, como si me hallara en medio de una llama de gas. En la sala de depósitos había otro ser vivo, al que, para mi consternación, reconocí enseguida. No puedo revelar su nombre porque muchos de ustedes la conocen y prefiero no exponerla a chismorreos indecorosos. No obstante, añado que conoce bien nuestra biblioteca, porque ha pasado muchas horas en la sala de depósitos investigando temas de literatura canadiense por cuenta de su marido. Y allí estaba ella, alta, erguida, sin miedo, mirando maravillada alrededor, y, cuando la puerta hizo ruido al cerrarse, se volvió hacia mí.

-Si no quiere que se le compliquen las cosas, más vale que entre en este círculo – dijo, en ese tono tierno, pero firme y agradable, tan característico de quienes han pasado la infancia en la Hébridas. Vi que se encontraba dentro de una circunferencia cuidadosamente trazada con tiza en el suelo y, sin pérdida de tiempo, me situé a su lado. Ella estaba tranquila en medio del inquietante frenesí que nos rodeaba. Supongo que las mujeres de los presidentes siempre saben mantener la calma cuando se encuentran con escenas tumultuosas de desesperación; aprenden ese arte en las recepciones de catedráticos.

-¿Qué hace usted aquí, por Dios? – le pregunté.

-Me temo que he utilizado los libros con ligereza – contestó, y reconocí el que llevaba en la mano: uno de Crowley, abierto por la página de una ilustración que parecía un diagrama matemático -. Solo quería ver si esta fórmula funcionaba tal como afirma el autor, y parece que, en efecto, ha levantado cierto revuelo.

¡Cierto revuelo! No soporto los eufemismos; siempre me parecen una frivolidad peligrosa. ¡Cierto revuelo! Ya se me habían acostumbrado los ojos a la extraña luz y distinguí el tropel de formas insustanciales que pululaban por toda el área de depósitos; se veían con claridad, pero al mismo tiempo eran transparentes. En el suelo no cabía uno más; el que no brincaba, se retorcía o daba empujones y empellones, y todos querían ponerse con las manos en el suelo con desesperación. Unos cuantos bailoteaban sobre las manos riéndose burlonamente de los que no lo conseguían y otros se apiñaban arriba, pegados al techo. Estos eran aún más raros que los derviches del suelo, porque se hacían una bola, con la cabeza escondida en el estómago, las piernas encogidas contra el cuerpo y las manos juntas delante de sí, y flotaban, daban volteretas y giraban lentamente en el aire como globos horrendos. Y lo más extraordinario del caso era que todas esas figuras estaban completamente desnudas.

¿Qué se puede decir en semejante situación? Nada de lo que a uno se le pueda ocurrir estará a la altura de las circunstancias. Y así fue, naturalmente.

-¿Qué ha hecho usted, por todos los santos? – dije.

-Lo cierto es que he tenido que leer muchos de estos libros canadienses para reunir material para la antología de Claude –contestó ella-. Algunos autores me han despertado la curiosidad… me pareció que sería muy divertido hablar con ellos y, bueno… Tonterías, supongo. El caso es que hoy encontré este de un tal Crowley y, según él, convocar a los muertos es fácil, si se hace de una manera adecuada y respetuosa. Hace dos semanas que no paro de pensar en lo mucho que me gustaría hablar un poquito con Sara Jeannette Duncan; hay un fragmento en El imperialista que siempre me ha parecido como si le hubiera cortado algo y no lo hubiera arreglado bien, y pensaba…

-Pensaba llamar a la señorita Duncan y preguntárselo – la interrumpí. La parsimonia con que se explicaba la bella antóloga me sacaba de quicio.

-Lo cierto es que Crowley no parecía darle mucha importancia – dijo ella.

-Creo que, antes de ponerse a hacer tonterías con Crowley, podía haber tenido la delicadeza de hablar conmigo – le dije.

-¡Oh, vamos! ¡No sea tan pretencioso! – dijo ella.

Las mujeres siempre creen que pueden tapar la boca a un hombre con solo decirle que no sea pretencioso, pero soy perro viejo en esas lides. Sé que si un hombre sabe esperar el momento oportuno, este acabará llegando.

-Bien – dije -, si Crowley y usted forman un dúo tan magnífico, ¿por qué no me cuenta lo que ha pasado?

-He ahí la dificultad, precisamente – dijo ella con indecible paciencia escocesa -. No entiendo lo que ha pasado. Hice todo lo que tenía que hacer, pronuncié el nombre de Sara Jeanette Duncan y entonces empezaron a aparecer todas esas cosas. ¡Fíjese en ellas, haga el favor! ¿Había visto algo semejante en su vida? ¿Qué le parece que son?

El momento triunfal había llegado, porque yo sabía lo que eran.

Toda mi vida he tenido la costumbre de dormirme leyendo. A muchos les gusta leer libros ligeros en la cama – misterios y cosas por el estilo-, pero en mi caso, prefiero leer obras de mayor enjundia a la hora de acostarme. Y no las leo solo una vez, por encima, sino que leo y releo unas cuantas obras clásicas selectas, una y otra vez, un año sí y otro también: es la manera de hacerme con ellas, como si fueran parte de mí. Hace muchos años que uno de mis libros de cabecera favoritos es esa obra tan famosa de comentarios sobre el Pentateuco, el Midrash de Rabí Tanhuma bar Abba, el más docto de los místicos y sabios talmúdicos del siglo IV. Mi ejemplar del Midrash es una joyita: un bello manuscrito del siglo X artísticamente iluminado, aunque poco práctico para leer en la cama, porque, como mide más de cuatro metros y se lee de derecha a izquierda, hay que estar enrollándolo y desenrollándolo continuamente. Tiene el borde superior y el inferior revestido de cobre y oro; de vez en cuando me araño las manos con los rubíes del revestimiento, pero no me importa mucho: es el precio por practicar el hebreo para que no se me oxide. Quiso la suerte que, cuando me invadió el escalofrío de ultratumba, estuviera yo leyendo el manuscrito de Rabí Tanhuma.

Naturalmente, habrán adivinado el motivo. Aunque no todos ustedes hayan leído el gran Midrash, seguro que conocen la compilación de leyendas judías en siete volúmenes de Louis Ginzberg y que habrán sacado sus propias conclusiones. Sin embargo, en las Hébridas, no se presta atención a los estudios hebreos y, por tanto, por no dejar cabos sueltos, tengo que seguir contándoles el caso exactamente como si estuvieran ustedes tan a oscuras como mi compañera.

Ella me había preguntado qué me parecía que eran esas apariciones.

-¡Qué pregunta! – dije yo -. Esto es el Infierno y esos son los espíritus de los muertos.

-¡No sea tonto! – replicó ella -. Esto no se parece en nada al Infierno, salvo por el ruido, tal vez.

-¿Qué cree usted que es el Infierno? – le dije -. Esa palabra solo define un lugar oscuro y cerrado, habitado por espíritus, descripción que se ajusta perfectamente a esta sala, la de depósitos de la Biblioteca del colegio universitario de Massey. Según Rabí Tanhuma, el Infierno no se diferencia del Paraíso; tanto los que se condenan como los que se salvan pasan milenios allí. Supongo que usted llamaría a un solo espíritu, pero le han hecho un envío al por mayor; las instrucciones de Crowley no son de fiar.
-Pero ¿quiénes son? – dijo ella.

-Está más claro que el agua. Son los espíritus de los autores canadienses cuyos libros se encuentran aquí – dije.

-Pero ¿por qué armar tanto barullo? – me preguntó.

Cada vez que lo pienso, me doy cuenta del caudal de sentimiento nacional que encerraba esa sola pregunta.

-Claman por volver a nacer – le dije, por fin encontraba aplicación práctica a los muchos años que había dedicado a familiarizarme con Rabí Tanhuma -. Fíjese, por ejemplo, en los que flotan en esa posición tan rara, hechos una bola; han adoptado la postura fetal para poder tomar posesión de cualquier nuevo ser inmediatamente, desde el momento en que sea concebido en el útero, y volver así a la Tierra.

-¿Con qué objeto, por dios santo? – dijo ella.

-Tal vez con la esperanza de renacer en forma de escritor estadounidense – le dije.

Los espíritus, que estaban atentos a la conversación, iban acercándose a nosotros cada vez más. A pesar de la postura fetal, reconocí con total certidumbre a Ernest Thompson Seton, por su aspecto escandalosamente asilvestrado; un espíritu, desnudo como los demás, iba andando sobre las manos, pero con solo ver la dignidad invencible de su persona, por delante y por detrás, reconocí a la señora Susanna Moodie. Robert Barr presumía más que un gallo y yo sabía el motivo: un becario de investigación de nuestra facultad estaba haciendo un estudio extenso sobre él y eso lo halagaba. Uno de los fetos flotantes chocó contra mí – aunque espectralmente – y me volví justo a tiempo para ver que se trataba de Nellie McClung, que estaba ansiosa por renacer. Fue una sensación espeluznante, se lo aseguro. Solo me dio tiempo a pensar que, en general, parecía que los escritores canadienses habían descuidado mucho su físico.

-¿Le parece que quieren hacernos algo? ¿No, verdad? – dijo mi compañera, dando las primeras muestras apreciables de nerviosismo.

No me considero cruel, aunque reconozco cierta falta de indulgencia en mi carácter, que salió a relucir en ese momento.

-A mí, al menos, no, se lo aseguro – contesté -; no he sido yo quien ha perturbado su descanso eterno; no los he sacado yo frívolamente del Paraíso. En cuanto a las intenciones que puedan tener respecto a usted, no hay forma de saberlo.

-¿Qué piensa hacer para solventar esta situación? – me preguntó, como si yo no hubiera dicho nada. Es la forma que tiene las mujeres de gobernar el mundo.

-Existe una dificultad de orden práctica – dije -. Solo un mandato real puede devolver a estosfantasmas a su lugar de reposo… de un rey hebreo, en concreto. En la actualidad no abundan, ni siquiera aquí, en Massey. Tenemos uno o dos personajes de origen aristocrático, pero desafortunadamente son arios. Y sospecho que también hay entre nosotros un hombre que, en su tierra, solo puede ser jefe de tribu, pero un jefe africano no nos sirve en este caso. Lo que podría servirnos sería un espíritu de la realeza, aunque ya conoce usted la literatura canadiense… sería inútil buscar ahí.

-No estoy yo tan segura – dijo ella. Por el tono triunfal de su voz supe que tenía una idea. Los estantes de lo que el bibliotecario llama la Colección Matthews no estaban lejos del círculo en el que nos encontrábamos, le quedaban incluso al alcance de la mano, y eso fue lo que hizo: pasarme un par de gruesos volúmenes encuadernados en media piel. Miré el título. Era hojas del diario de nuestra vida en las Tierras Altas; la fecha: 1868.

-Pero esto lo escribió la reina Victoria – dije.

Por supuesto – dijo ella -; una reina que vale por una docena de reyes al uso, y sé con certeza que incluso entra en la categoría de monarca hebrea. Disraeli siempre le decía que era descendiente del rey David, y dudo que una multitud de fantasmas canadienses de clase media pueda negarlo. Y lo que es más, también cuenta como escritora canadiense, porque ¿acaso no era la reina del Canadá?

Las mujeres son unos seres verdaderamente sorprendentes.

-Vamos – dijo -, póngase en acción. A ver lo que es capaz de hacer.

Me alegré de estar tan bien familiarizado con la obra del gran Rabí Tanhuma, porque me había enseñado a convocar a un espíritu sin necesidad de recurrir a los chapuceros conjuros de Aleister Crowley. Creo que se puede decir que hice lo necesario con bastante soltura, y poco a poco, suavemente, apareció entre la bella antóloga y yo esa figura menuda e inmensamente majestuosa que conocemos de sobra gracias a un centenar de retratos y estatuas. Llevaba la famosa coronita, dela que pendía un velo precioso; una cinta de un azul espléndido le cruzaba el pecho y el distintivo de la Orden de la Jarretera le adornaba el hombro izquierdo.

Soy demócrata. Toda mi familia han sido personas de origen campesino que, con el trabajo de sus manos, han arrancado su magro sustento de una tierra dura. No creo en la superioridad de nadie solo porque le haya correspondido un destino más afortunado, una cuna privilegiada. Hice lo que haría cualquiera en mi lugar ante la reina Victoria: arrodillarme inmediatamente.

-Levántate ahora mismo – dijo, articulando con la claridad de una actriz, con esa voz argentina tan hermosa cuya descripción se ha repetido tantas veces que casi me resultaba familiar -. Tenemos trabajo que no puede esperar. Suponemos que deseas dar descanso a esta tumultuosa concurrencia de colonos, vasallos nuestros.

-Si su majestad lo tuviera a bien – dije -. Son escritores canadienses, y parece ser que los estantes de la biblioteca de nuestro colegio universitario son el Paraíso en el que reposan todos los aquí representados. Los que han ganado el Paraíso siempre se aparecen a los mortales andando sobre las manos o en una posición propia para nacer…

-Maestro – dijo la reina Victoria – no pretendas dar sopas con honda a la tatarabuela de tu soberana, ni mucho menos enseñarle a despachar fantasmas. Vamos a poner e estos espíritus de pie y a salvo en menos que se exprime un limón… por decirlo como solía nuestro leal criado John Brown. Pero mira lo que ha pasado. Requerimos una explicación.

Había estado tan pendiente de la reina Victoria (quien, a pesar de ser transparente, era la persona más importante y abrumadora que había visto en todo este mundo y en cualquier otro, se lo aseguro) que no me había percatado de lo que hacían los fantasmas. La situación había cambiado radicalmente; los que antes andaban sobre las manos se habían puesto de pie; los que estaban en posición fetal se habían colocado en una postura postnatal normal; sin embargo, los otros, los que antes intentaban andar sobre las manos sin conseguirlo, estaban ahora de cabeza y lloraban amargamente.

-¿Quiénes serán? – murmuré para mí.

-Esos, maestro – dijo la reina Victoria -, son los impostores del Paraíso. Son personas que tienen una relación lejana con la literatura y que, sin ser escritores, se ceban con ellos. ¿Qué pintan en el Paraíso? Los habrás reconocido, sin duda. Esos, en vida, ¡eran críticos literarios!

Me fijé en ellos y, en efecto así era. Vi a… no tiene importancia, y estaba con… cuanto menos se diga, mejor. Sí, ciertamente eran críticos.

-¡Qué se los lleven! – ordenó la reina, y sus palabras produjeron un efecto espantoso.

Se oyó un fragor como de un viento tremendo y estalló un tumulto en la sala. Caí al suelo, pero en el momento en que caía vi una silueta negra y brillante que parecía un hombre desnudo, un hombre de belleza extraordinaria pero aterradora, que llevaba un látigo cruel con el que fustigaba a los desdichados críticos. Me pareció que la reina Victoria decía: “Buenas noches, Radamantis”, en un tono cordial y cortés, como el que emplean los monarcas entre sí.

-¡No! – gritaban los críticos -. ¡No es justo! En realidad éramos escritores. ¡Nosotros también creábamos! ¡Es lo que dicen los críticos vivos!

Todo fue inútil. Los críticos desaparecieron en un instante y la sala quedó en calma, pero, en los estantes que hasta entonces ocupaban sus obras, ahora solo había humo y huecos ennegrecidos.

La gran reina hizo un espléndido gesto de despedida y todos los escritores canadienses empezaron a decir adiós. El proceso fue largo, porque se despidieron de uno en uno, deleitándose en la real presencia. Las señoras hacían una reverencia: algunas, como Sarah Jeanette Duncan y Frances Brooke, con bastante acierto, y otras, como si improvisaran. La desnudez no disculpa la torpeza de una reverencia. Los hombres hacían una inclinación de cabeza: se vieron inclinaciones de todas clases, desde la espléndida postura de Kerby, con la mano en el corazón y el pie derecho adelantado, hasta la extraña genuflexión de Ralph Connor. Pero por fin regresaron todos a sus estantes y allí nos quedamos la reina Victoria, la bella antóloga y un servidor, en medio de una sala limpia y en calma.

-Podéis retiraros de nuestra presencia – dijo la reina. Hice una inclinación de cabeza.

-No podría expresarle toda la inmensa gratitud que… - empecé a decir, pero, mientras lo decía, una sonrisa extraordinariamente tierna apareció en el real rostro, que ya había empezado a difuminarse, y, antes de que se desvaneciera por completo, llegaron a mis oídos con toda claridad las siguientes palabras:

-La reina se ha divertido mucho.

La reina se divierte de Robertson Davies


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