sábado, noviembre 21, 2015

Eran morenos y de ojos dorados

El metal del cohete se enfriaba en los vientos de la pradera. La tapa se alzó con un pop. De la relojería interior salieron un hombre, una mujer, y tres niños. Los otros pasajeros se alejaban ya, murmurando, por las praderas marcianas.
El hombre sintió que los cabellos le flotaban y que los tejidos del cuerpo se le estiraban como si estuviera de pie en el centro de un vacío. Miró a su mujer que casi parecía disiparse en humo. Los niños, pequeñas semillas, podían ser sembrados en cualquier momento, a todas las latitudes marcianas.
Los niños lo miraban, como la gente mira el sol para saber en qué hora vive.
-¿Qué anda mal? -preguntó la mujer.
-Volvamos al cohete.
-¿A la Tierra?
-¡Sí! ¡Escucha!
El viento soplaba como si quisiera quitarles la identidad. En cualquier momento el aire marciano podía sacarle a uno el alma, como una médula arrancada a un hueso blanco. El hombre se sentía sumergido en una sustancia química capaz de disolverle la inteligencia y quemarle la memoria.
Miraron las montañas marcianas que el tiempo había carcomido con una aplastante presión de años. Vieron las ciudades antiguas perdidas en las praderas, y que yacían como delicados huesos de niños entre los lagos ventosos de césped.
-Ánimo, Harry -dijo la mujer-. Es demasiado tarde. Hemos recorrido más de noventa millones de kilómetros.
Los niños de pelo amarillo llamaban al eco en la profunda cúpula del cielo marciano. Nada respondía; sólo el siseo apresurado del viento entre las briznas tiesas.
Las manos frías del hombre recogieron el equipaje. Un hombre de pie a la orilla de un mar, decidido a vadearlo, y a ahogarse,
-Vamos -dijo.
Fueron a la ciudad.

Se llamaban Bittering. Harry y su mujer Cora; Dan, Laura y David. Edificaron una casa blanca y tomaron buenos desayunos, pero el miedo nunca desapareció del todo. Acompañaba al señor Bittering y a la señora Bittering, como un intruso, en las charlas de medianoche, a la mañana, al despertar.
-Me siento como un cristal salino -decía Harry- arrastrado por un glaciar. No somos de aquí. Somos criaturas terrestres. Esto es Marte, y es para gente marciana. Escúchame, Cora, ¡compremos los pasajes para la Tierra!
Cora sacudía la cabeza.
-Algún día la bomba atómica destruirá la Tierra. Aquí estamos a salvo.
-¡A salvo, pero locos!
Tic-toc, son las siete, cantó el reloj parlante. Hora de levantarse.
Harry y Cora se levantaron.

A la mañana, Harry examinaba todas las cosas -el fuego del hogar, las macetas de geranios- como si temiera descubrir que faltaba algo. El periódico llegó caliente como una tostada en el cohete de las seis. Harry rompió el sello y puso el diario junto al plato del desayuno. Trató de mostrarse animado.
-Hemos vuelto a los días de la colonia -declaró-. Bueno, dentro de diez años habrá en Marte un millón de terráqueos. ¡Grandes ciudades, todo! Decían que fracasaríamos. Decían que los marcianos se resistirían a la invasión. ¿Pero encontramos a algún marciano? Ninguno. Oh, sí, encontramos las ciudades, pero estaban desiertas, ¿no es así? ¿No es así?
Un río de viento inundó la casa. Cuando las ventanas dejaron de temblar el señor Bittering tragó saliva y miró a los niños.
-No sé -dijo David-. Quizá haya marcianos aquí, y no los vemos. A veces, de noche me parece oírlos. Oigo el viento. La arena golpea la ventana. Me asusto. Y veo esas ciudades allá en las montañas donde vivieron hace tiempo los marcianos. Y me parece entonces que algo se mueve en esas ciudades, papá. Y me pregunto si a esos marcianos les gustará que estemos aquí. Me pregunto si no nos harán algo por haber venido.
-¡Tonterías! -El señor Bittering miró por la ventana-. Somos gente sana, decente.-Miró a sus hijos-. Todas las ciudades muertas tienen fantasmas. Recuerdos, quiero decir. -Observó las colinas-. Ves una escalera y te preguntas qué parecerían los marcianos cuando las subían. Ves pinturas marcianas y te preguntas cómo sería el pintor. Inventas así un fantasma, un recuerdo. Es perfectamente natural. La imaginación. -Hizo una pausa-. No habrás visitado las ruinas, ¿verdad?
-No, papá.
David se miró los zapatos.
-Bueno, entonces no vayas. Alcánzame el dulce.
-Sin embargo -dijo el pequeño David-, creo que aquí pasa algo.

Algo pasó aquella tarde.
Laura corrió entre las casas, llorando.
Llegó al porche tropezando como una ciega.
-¡Mamá, papá, la guerra, en la Tierra! -sollozó-. Acaba de oírse en la radio. Bombas atómicas cayeron en Nueva York. Los cohetes del espacio estallaron todos. No más cohetes a Marte, ¡nunca más!
La madre se abrazó a su marido y a su hija.
-¡Oh, Harry!
-¿Estás segura, Laura? -preguntó el padre, serenamente.
Laura lloraba.
-¡Estamos en Marte para siempre, para siempre!
Durante un largo rato sólo se oyó el sonido del viento en el atardecer.
Solos, pensó Bittering. Y apenas mil de los nuestros. Sin posibilidades de regresar. Ninguna. Absolutamente ninguna. El sudor le bañaba la cara, las manos; el calor del miedo le empapaba el cuerpo. Quería pegarle a Laura, quería gritarle: «¡No, mientes! ¡Los cohetes volverán!» En cambio la abrazó y le acarició la cabeza.
-Un día los cohetes volverán -dijo.
-Papá, ¿qué haremos?
-Ocuparnos de nuestras cosas, por supuesto. Cultivar campos, y criar hijos. Esperar. Seguir adelante hasta que la guerra termine, y los cohetes vengan otra vez.
Los dos niños entraron en el porche.
-Hijos -dijo Harry, mirando a lo lejos-. Tengo algo que decirles.
-Lo sabemos -dijeron los niños.

En los días siguientes, Bittering rondó a menudo por el jardín, a solas con su miedo. Mientras los cohetes habían tejido una tela de plata en el cielo, había podido aceptar a Marte. Siempre se decía:
Mañana, si quiero, puedo comprar un pasaje y volver a la Tierra.
Pero ahora la tela había desaparecido. Las vigas derretidas y los cables sueltos de los cohetes yacían en montones, como piezas de un rompecabezas. Desterrados en el mundo extraño de Marte, de vientos de canela y aires vinosos, horneándose como hogazas de pan de jengibre en los veranos marcianos, conservados en despensas durante los inviernos marcianos. ¿Qué les pasaría a él y a los otros? Marte había estado esperando este momento. Ahora los devoraría.
Se arrodilló en el macizo de flores, con una pala en las manos nerviosas. Trabaja, pensó, trabaja y olvida.
Alzó los ojos y miró las montañas marcianas. Pensó en los antiguos y orgullosos nombres marcianos de esas cumbres. Los terrestres, caídos del cielo, habían contemplado las colinas, los ríos, los mares de Marte, todos anónimos, aunque tenían nombres. En otro tiempo los marcianos habían levantado ciudades, las habían bautizado; habían trepado a las montañas, las habían bautizado, habían navegado mares, los habían bautizado. Las montañas se fundieron, los mares se secaron, las ciudades se derrumbaron. Sin embargo, los terrestres se habían sentido culpables cuando pusieron nuevos nombres a las colinas y valles antiguos. El hombre vive de símbolos y de signos. Inventaron los nuevos nombres.
El señor Bittering se sintió muy solo y anacrónico al sol marciano, plantando flores terrestres en un suelo inclemente.
Piensa, sigue pensando. En otras cosas. No en la Tierra, ni en la guerra atómica, ni en los cohetes perdidos.
Transpiraba. Miró alrededor. Nadie lo veía. Se quitó la corbata. Qué audacia, pensó. Primero la chaqueta, ahora la corbata. La colgó cuidadosamente en un duraznero que había traído de Massachusetts.
Volvió a su filosofía de los nombres y las montañas. Los terrestres habían cambiado los nombres. Ahora había en Marte valles Hormel, mares Roosevelt, montañas Ford, planicies Vanderbilt, ríos Rockefeller. No estaba bien. Los colonizadores norteamericanos habían usado acertadamente los nombres de las antiguas praderas indias: Wisconsin, Minnesota, Idaho, Ohio, Utah, Milwaukee, Waukegan, Osseo. Nombres antiguos, significados antiguos.
Mirando fijamente las montañas, Bittering pensó: ¿Están ustedes ahí? ¿Ustedes, todos los muertos, los marcianos? Pues bien, aquí estamos nosotros, solos, desamparados. Vengan, échennos.
El viento sopló una lluvia de flores de durazno.
El señor Bittering tendió una mano curtida por el sol y ahogó un grito. Tocó los capullos, los recogió. Los dio vuelta, los tocó de nuevo, una y otra vez.
-¡Cora! -gritó.
Cora se asomó a la ventana. El señor Bittering corrió hacia ella.
-Cora, ¡estas flores! -Se las puso en la mano-. ¿Ves? Son distintas. Han cambiado. Ya no son flores de durazno.
-Para mí están bien -dijo Cora.
-No, no están bien. ¡Les pasa algo! No sé qué. ¡Un pétalo de más, una hoja, el color, el perfume!
Los niños aparecieron cuando el padre corría por el jardín, arrancando rábanos, cebollas y zanahorias.
-¡Cora, ven, mira!
Se pasaron de mano en mano las cebollas, los rábanos, las zanahorias.
-¿Te parecen zanahorias?
-Sí..., no. -Cora titubeó-. No lo sé.
-Han cambiado.
-Quizá.
-¡Sabes que sí! Cebollas, pero no cebollas, zanahorias, pero no zanahorias. El mismo sabor, pero distinto. Otro olor también. -El señor Bittering sintió los latidos de su propio corazón y tuvo miedo. Hundió los dedos en la tierra-. Cora, ¿qué pasa? ¿Qué es esto? Tenemos que cuidarnos. -Corrió por el jardín, tocando los árboles-. Las rosas. Las rosas. ¡Son verdes ahora!
Se quedaron mirando las rosas verdes.

Y dos días más tarde Dan llegó corriendo:
-Vengan a ver la vaca. La estaba ordeñando y entonces lo vi. Vengan, pronto.
Fueron al establo y miraron la vaca.
Le estaba creciendo un tercer cuerno.
Y frente a la casa, muy silenciosa y lentamente, el césped tomaba el color de las violetas primaverales. Una planta de la tierra, pero de color púrpura.
-Tenemos que irnos -dijo Bittering-. Si comemos esto, nos trasformaremos también, quién sabe en qué. No puedo permitirlo. Sólo nos queda una cosa. Quemar las plantas.
-No están envenenadas.
-Sí, de un modo sutil, muy sutil. Un poquito, apenas. No hay que comerlas. -Miró desanimado la casa-. Hasta la casa. El viento le ha hecho algo. El aire la quemó. La niebla nocturna. Las maderas, todo tiene otra forma. Ya no es una casa terrestre.
-Oh, imaginaciones tuyas.
Harry se puso la chaqueta y la corbata.
-Me voy a la ciudad. Tenemos que hacer algo en seguida. Volveré.
-Espera, Harry -gritó la mujer.
Pero Bittering ya estaba lejos.

En la ciudad, en los escalones de la tienda de comestibles, a la sombra, los hombres sentados, con las manos en las rodillas, charlaban ociosamente.
El señor Bittering tuvo ganas de disparar una pistola al aire. ¡Qué hacen, imbéciles!, pensó.Sentados aquí. Sabrán ya que estamos clavados en este planeta. ¡Vamos, muévanse! ¿No tienen miedo? ¿Qué piensan hacer?
-Hola, Harry -dijeron todos.
-Escuchen -dijo Bittering-. Habrán oído las noticias, el otro día, ¿verdad?
Los hombres asintieron y se echaron a reír.
-Claro, Harry, claro.
-¿Y qué piensan hacer?
-Pero, Harry, no podemos hacer nada.
-¡Sí, construir un cohete!
-¿Un cohete, Harry? ¿Y volver a esa pesadilla? Oh, Harry.
-Pero ustedes desean volver. ¿Han visto las flores de durazno, las cebollas, el césped?
-Bueno, Harry, sí, creo que sí -dijo uno de los hombres.
-¿Y no te asustaste?
-No mucho, Harry, me parece.
-¡Idiotas!
-Vamos, Harry.
Bittering quería llorar.
-Tienen que ayudarme. Si nos quedamos aquí, todos nosotros cambiaremos. El aire. ¿No huelen? Hay algo en el aire. Un virus marciano, tal vez; una semilla, un polen. ¡Escúchenme!
Todos lo miraron.
-Sam -le dijo Bittering a uno de los hombres.
-Sí, Harry.
-¿Me ayudarás a construir un cohete?
-Harry, tengo todo un cargamento de metal y algunos planos. Si quieres trabajar en mi taller, con mucho gusto. Te venderé el metal a quinientos dólares. Trabajando solo, podrías construir un bonito cohete, en unos treinta años.
Todos se echaron a reír.
-No se rían.
Sam lo miró de muy buen humor.
-Sam -dijo Bittering-. Tus ojos...
-¿Qué pasa con mis ojos, Harry?
-¿No eran grises?
-Bueno, francamente, no recuerdo.
-Eran grises, ¿verdad?
-¿Por qué lo preguntas, Harry?
-Porque ahora son amarillentos.
-¿Sí? -dijo Sam, con indiferencia.
-Y estás muy alto y más delgado.
-Tal vez tengas razón, Harry.
-Sam, no debieras tener los ojos amarillos.
-Harry, ¿de qué color son tus ojos? -dijo Sam.
-¿Mis ojos? De color azul, naturalmente.
-Bueno, Harry, mira. -Sam le alcanzó un espejo de bolsillo-. Mírate los ojos.
El señor Bittering vaciló, y alzó el espejo y miró.
En las pupilas azules había débiles motitas de oro nuevo.
-Mira lo que hiciste -dijo Sam un momento después-. Rompiste el espejo.

Harry Bittering se instaló en el taller y empezó a construir el cohete. Los hombres se detenían junto a la puerta abierta y conversaban y bromeaban en voz baja. De cuando en cuando, ayudaban a Bittering cuando había que levantar una pieza demasiado pesada. Pero la mayor parte del tiempo se quedaban en la puerta sin hacer nada, mirándolo con unos ojos cada día más amarillos.
-Es la hora del almuerzo, Harry -le decían.
Cora le traía el almuerzo en una cesta de mimbre.
-No lo probaré -decía Harry-. Sólo comeré alimentos del congelador. Alimentos traídos de la Tierra. Nada de nuestra huerta.
Cora lo miró.
-No puedes construir un cohete.
-Trabajé en un taller, a los veinte años. Conozco el metal. Cuando empiece, los otros me ayudarán -dijo Bittering sin mirarla, extendiendo los planos.
-Harry, Harry -dijo Cora, desanimada.
-Tenemos que irnos, Cora. Tenemos que irnos.
El viento soplaba toda la noche en las desiertas praderas marinas, iluminadas por la luna, más allá de las ciudades ajedrezadas, tendidas en las playas desiertas desde hacía doce mil años. En la colonia terrestre, la casa de los Bittering se sacudía, cambiando.
El señor Bittering, acostado, sentía que los huesos se le movían, se trasformaban, se fundían como el oro. Cora, tendida junto a él, tenía la piel bronceada por muchas tardes de sol. Era ahora morena y de ojos dorados, y los niños, metálicos en sus camas, y el viento salado rugía cambiando entre los viejos durazneros, el césped violeta, sacudiendo los pétalos verdes de las rosas.
El miedo del señor Bittering era incontenible. Le apretaba la garganta y el corazón. Le rezumaba en la humedad del brazo, de la sien, de la palma temblorosa.
En el este apareció una estrella verde.
Una palabra extraña brotó de los labios del señor Bittering.
-Iorrt. Iorrt -repitió.
Era una palabra marciana. El señor Bittering no sabía marciano.
Se levantó en medio de la noche y llamó a Simpson, el arqueólogo.
-Simpson, ¿qué significa la palabra Iorrt?
-Bueno, es el antiguo nombre marciano del planeta Tierra. ¿Por qué?
-Nada en especial.
El teléfono se le cayó de las manos.
-Hola, hola, hola, hola -seguía diciendo el aparato mientras Bittering miraba fijamente la estrella verde-: ¿Bittering? ¿Harry? ¿Estás ahí?

Los días estaban llenos de ruidos metálicos. Ayudado de mala gana por tres hombres, Bittering montó el armazón del cohete. Al cabo de una hora se sintió muy fatigado y tuvo que sentarse a descansar.
-La altura -comentó uno de los hombres jocosamente.
-Dime, Harry, ¿tú comes? -preguntó otro.
-Sí, como -dijo Bittering, colérico.
-¿Del congelador?
-¡Sí!
-Estás más delgado, Harry.
-¡No es verdad!
-Y más alto.
-¡Mientes!
Unos días después, Cora lo llevó aparte.
-Harry, las provisiones congeladas se acabaron. No queda absolutamente nada. Tendré que prepararte unos sandwiches con comida de Marte.
Harry se desplomó en una silla.
-Tienes que comer, Harry -dijo Cora-. Estás débil.
-Sí -dijo Bittering.
Tomó un sandwich, lo abrió, lo miró, y empezó a mordisquearlo.
-¿Por qué no descansas hoy? -dijo Cora-. Hace calor. Los chicos quieren ir a nadar a los canales y pasear. Ven con nosotros.
-No puedo perder tiempo. Estamos en un momento crítico.
-Una hora, nada más -insistió Cora-. Te hará bien nadar un rato.
Harry se puso de pie, sudoroso.
-Bueno, bueno. Déjame solo. Iré.
-Me alegro mucho, Harry.
El día era sereno, el sol ardiente. Un incendio inmenso, único, inmutable. Caminaron a lo largo del canal: el padre y la madre; los niños correteaban en trajes de baño. Hicieron un alto y comieron sandwiches de carne. Bittering miró la piel bronceada y los ojos amarillos de Cora y los niños, los ojos que antes no habían sido amarillos. Sintió un temblor, que desapareció en oleadas de calor mientras descansaba al sol. Estaba demasiado cansado para sentir miedo.
-Cora, ¿desde cuándo tienes los ojos amarillos?
Cora parecía perpleja.
-Siempre los tuve así, creo.
-¿No eran castaños? ¿No cambiaron de color en los tres últimos meses?
Cora se mordió los labios.
-No. ¿Por qué?
-No tiene importancia.
Hubo un silencio.
-Los ojos de los chicos -dijo Harry-. También son amarillos.
-A los niños, cuando crecen, les cambia el color de los ojos.
-Quizá también nosotros seamos niños. Al menos para Marte. Es una idea. -Bittering se echó a reír-.Creo que voy a nadar.
Saltaron al agua, y Bittering se dejó ir, hasta el fondo, como una estatua dorada, y allí descansó, en el silencio verde. Todo era agua serena y profunda, todo era paz. Sintió que la corriente lenta y firme lo llevaba fácilmente.
Si me quedo aquí bastante tiempo, pensó, el agua me abrirá y carcomerá la carne hasta mostrar los huesos de coral. Sólo quedará mi esqueleto. Y luego el agua hará cosas con mi esqueleto: cosas verdes, cosas acuáticas, cosas rojas, cosas amarillas. Cambios. Cambios. Cambios lentos, profundos, silenciosos. ¿Y no es lo mismo allá, arriba?
Miró el cielo sumergido sobre él, el sol que era ahora marciano, en otra atmósfera, otro tiempo y otro espacio.
Allá arriba, un río inmenso, pensó, un río marciano, y todos nosotros en el fondo, en nuestras casas de guijarros, en hundidas casas de piedra, como cangrejos ocultos, y el agua que nos limpia los viejos cuerpos y nos alarga los huesos y...
Se dejó ir a la superficie a través de la luz suave.
Dan, sentado en el borde del canal, miraba a su padre seriamente.
-Utha -dijo.
-¿Cómo? -preguntó el padre.
El chico sonrió.
-Bueno, papá, tú sabes. Utha en marciano significa padre.
-¿Dónde lo aprendiste?
-No lo sé. Por ahí. ¡Utha!
-¿Qué quieres?
El chico vaciló.
-Quiero..., quiero cambiarme el nombre.
-¿Cambiártelo?
-Sí.
La madre se acercó nadando.
-¿Qué tiene de malo el nombre Dan?
Dan se tironeaba de los dedos.
-El otro día tú me llamaste: Dan, Dan, Dan. Ni siquiera te oí. Ése no es mi nombre, pensé. Tengo un nombre nuevo.
El señor Bittering se tomó del borde del canal. Tenía el cuerpo frío, y el corazón le golpeaba lentamente.
-¿Qué nombre nuevo?
-Linnl. ¿No es bonito? ¿Puedo usarlo? Papá, por favor.
El señor Bittering se llevó la mano a la cabeza. Recordó el cohete absurdo, se vio trabajando a solas. Estaba solo hasta entre su propia familia, tan solo...
Oyó la voz de su mujer.
-¿Por qué no?
Y se oyó decir:
-Sí, puedes usarlo.
-¡Yaaa! -gritó el chiquillo-. Soy Linnl. Linnl.
Corría por la pradera, bailando y gritando.
El señor Bittering miró a su mujer,
-¿Por qué lo hicimos?
-No lo sé -dijo ella-. Me pareció una buena idea.
Fueron hacia las colinas. Pasearon por los viejos senderos de mosaicos, junto a las fuentes todavía vivas. Durante todo el verano una película de agua helada cubría los senderos. Chapoteando como en un arroyo, vadeando, los pies descalzos estaban siempre frescos.
Llegaron a una villa marciana con una hermosa vista al valle, en lo alto de un cerro. Vestíbulos de mármol azul, murales inmensos, una piscina. Una casa fresca en el caluroso estío. Los marcianos no habían creído en las grandes ciudades.
-Que bueno -dijo la señora Bittering- si pudiésemos instalamos aquí, en esta villa, a pasar el verano.
-Ven -dijo el señor Bittering-. Volvamos a la ciudad. Tengo que trabajar en el cohete.
Pero esa noche, mientras trabajaba, recordó la fresca villa de mármol azul. A medida que transcurrían las horas, el cohete le parecía menos importante.

Pasaron días, semanas, y el cohete quedó relegado, olvidado. La antigua fiebre había desaparecido. El señor Bittering se asustaba pensando cómo se había dejado estar. Pero el calor, la atmósfera, las condiciones de trabajo...
Oyó a los hombres que cuchicheaban en el porche del taller.
-Todo el mundo se marcha. ¿Te enteraste?
-Sí, todos se marchan. Y está bien así.
Bittering salió.
-¿Adónde se marchan?
Vio un par de camiones, cargados de niños y de muebles, que se alejaban por la calle polvorienta.
-A las villas -dijo el hombre.
-Sí, Harry. Yo también me marcho. Y Sam, ¿no es cierto, Sam?
-Por supuesto. ¿Y tú, Harry?
-Tengo que trabajar, aquí.
-¡Trabajar! Podrías terminar el cohete en el otoño, cuando el tiempo es más fresco.
Bittering tomó aliento.
-Ya tengo lista la armazón.
-En el otoño será mucho mejor.
Las voces eran indolentes en el calor.
-Tengo que trabajar -dijo Bittering.
-En el otoño -insistieron los otros. Y parecían tan sensatos, tan lógicos.
En otoño será mejor, pensó Bittering. Tengo tiempo de sobra.
¡No!, gritó una parte de sí mismo, muy adentro, desplazada, encerrada, sofocándose. ¡No! ¡No!
-En el otoño -dijo.
-Vamos, Harry -dijeron todos.
-Sí -dijo Bittering, sintiendo que la carne se le fundía en el líquido aire caliente-. Sí, en el otoño. Entonces empezaré a trabajar de nuevo.
-Conseguí una villa cerca del canal Tirra -dijo un hombre.
-Te refieres al canal Roosevelt, ¿verdad?
-Tirra. El antiguo nombre marciano.
-Pero en el mapa...
-Olvídate del mapa. Ahora es Tirra. Bueno, descubrí un lugar en las montañas Pillan...
-La cordillera Rockefeller, querrás decir -observó Bittering.
-Las montañas Pillan -repitió Sam.
-Sí, sí -dijo Bittering, hundido en el aire caliente, hormigueante-. Las montañas Pillan.
Todos ayudaron a cargar el camión en la tarde calurosa y apacible del día siguiente.
Laura, Dan y David llevaban paquetes. O, como ellos preferían que los llamasen, Ttil, Linnl y Werr llevaban paquetes.
Los muebles quedaron abandonados en la casa blanca.
-Quedaban muy bien en Boston -dijo la madre-, Y aquí, en la cabaña. Pero allá arriba, en la villa... No. Los dejaremos aquí para nuestra vuelta, en el otoño.
Bittering no decía nada.
-Tengo algunas ideas para el mobiliario de la villa -dijo después de un rato-. Muebles cómodos, grandes.
-¿Y tu enciclopedia? Me imagino que querrás llevarla.
El señor Bittering apartó los ojos.
-Vendré a buscarla la semana que viene.
Los padres se volvieron hacia Laura.
-¿Qué harás con los vestidos que te compramos en Nueva York? ¿Piensas llevarlos?
La niña los miró perpleja.
-¿Para qué? No. No los necesito.
Cerraron el gas, el agua, atrancaron las puertas y se alejaron. El padre echó una mirada al camión.
-Diantre, no llevamos casi nada -dijo-. Trajimos tantas cosas a Marte, y esto cabe en un puño.
Puso en marcha el camión.
Miró largamente la casa blanca, y tuvo el deseo de correr hacia ella, de tocarla, de decirle adiós, porque sentía que partía en un largo viaje, que abandonaba algo que nunca recuperaría, que nunca comprendería.
En ese momento Sam y su familia pasaron en otro camión.
-¡Hola, Bittering! ¡Aquí vamos!
El camión avanzó bamboleándose por la antigua carretera hacia las afueras de la ciudad. Otros sesenta camiones iban en la misma dirección. En el pueblo flotó un polvo grávido, silencioso. Las aguas azules del canal resplandecían al sol, y un viento sereno movía los árboles raros.
-¡Adiós, pueblo! -dijo el señor Bittering.
-Adiós, adiós -dijo la familia, agitando los brazos.
No miraron hacia atrás.
El verano resecó los canales. El verano avanzó como una llama por encima de las praderas. En la desierta colonia terrestre, la pintura de las casas se resquebrajó y descascaró. Los neumáticos de automóvil que habían sido las hamacas de los niños, en los jardines, colgaban como relojes de péndulo, detenidos en el aire ardiente.
En el taller el casco del cohete empezó a enmohecerse.

Había llegado el otoño. Desde la escarpa que coronaba la villa, el señor Bittering, muy moreno ahora, con los ojos muy dorados, contemplaba el valle.
-Es hora de regresar -dijo Cora.
-Sí, pero no iremos -dijo Bittering con calma-. No queda nada allí.
-Tus libros -dijo ella-. Tus ropas buenas. Tus llles y tus ior uele rre.
-La ciudad está desierta. Nadie regresa -dijo Bittering-. No hay ninguna razón para volver, ninguna.
La hija tejía tapices y los hijos tocaban canciones en flautas y gaitas antiguas. Las risas resonaban en la villa de mármol.
El señor Bittering echó una mirada a la colonia terrestre, en la profundidad del valle.
-Qué casas tan absurdas, tan ridículas edifican los hombres de la Tierra.
-No conocían nada mejor -murmuró la mujer-. Qué gente tan fea. Me alegra que se hayan ido.
Se miraron, sorprendidos por lo que acababan de decir. Se rieron.
-¿Adónde se han ido? -se preguntó Bittering en voz alta.
Miró de soslayo a su mujer. Dorada y esbelta como la hija. Cora lo miró a su vez, y él también parecía casi tan joven como el hijo mayor.
-No lo sé -dijo Cora.
-Tal vez el año próximo, o el otro, o el siguiente, regresemos al pueblo -dijo Bittering, con calma-. Ahora..., tengo calor. ¿Te gustaría nadar un rato?
Dieron la espalda al valle. Tomados del brazo, caminaron silenciosamente por un sendero de aguas claras y primaverales.

Cinco años más tarde cayó un cohete del cielo. Se posó, humeando, en el valle. Unos hombres descendieron gritando.
-¡Ganamos la guerra! ¡Hemos venido a rescatarlos! ¡Eh!
Pero el pueblo norteamericano, el pueblo de durazneros y teatros estaba mudo. En un taller vacío encontraron la armazón de un cohete, cubierta de herrumbre.
La tripulación recorrió las colinas. El capitán había establecido sus cuarteles en un bar abandonado. El teniente llegó con el informe.
-El pueblo está desierto, pero encontramos nativos en las colinas, señor. Gente muy morena. De ojos amarillos. Marcianos. Muy amables. Hablamos un poco con ellos, no mucho. Aprenden inglés rápidamente. Creo que nuestras relaciones serán sumamente cordiales.
-¿Morenos, eh? -murmuró el capitán-. ¿Cuántos?
-Seiscientos, ochocientos quizá. Viven en las ruinas de mármol de las montañas, señor. Altos, sanos. Mujeres muy hermosas.
-¿No le dijeron qué les pasó a los terrestres que fundaron la colonia, teniente?
-No tienen la más remota idea.
-Curioso. ¿Le parece que los marcianos pueden haberlos matado?
-Parecen gente muy pacífica. Una peste probablemente, señor.
-Tal vez. Se me ocurre que nunca lo sabremos. Será cómo uno de esos misterios de los que hablan los libros.
El capitán miró el cuarto, las ventanas polvorientas, las montañas azules que se alzaban a lo lejos, los canales que se movían a la luz, y oyó el viento suave en el aire. Se estremeció. Luego, recobrándose, tocó con los dedos un mapa grande y nuevo que había desplegado sobre una mesa. -Hay mucho que hacer, teniente. -La voz se arrastró mientras el sol se ponía detrás de las colinas azules-. Nuevas colonias. Minas, prospección de minerales. Especímenes bacteriológicos. Trabajo, tanto trabajo. Los viejos archivos se han perdido. Será una verdadera tarea dibujar los mapas, poner nuevos nombres a las montañas, a los ríos, a todo. Necesitamos imaginación... ¿Qué le parece si a estas montañas las llamamos las montañas Lincoln, a este canal el canal Washington, a estas colinas..., a estas colinas podemos ponerle el nombre de usted, teniente. Diplomacia. Y usted, en cambio, puede darle mi nombre a un pueblo. Cortesía ante todo. ¿Y por qué no llamar a esto el valle Einstein y a aquello...? Teniente, ¿me escucha?
El teniente apartó bruscamente los ojos del color azul y de la bruma serena de las colinas, más allá del pueblo.
-¿Cómo? ¡Oh, sí, sí, señor!


Eran morenos y de ojos dorados de Ray Bradbury




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