sábado, noviembre 21, 2015

La canción del mar....maravillosa obra maestra


Anoche vimos en casa en familia esta película...y solo puedo decir que, ahora ya de mañana, su magia aún flota a nuestro alrededor.

Una verdadera joya de la animación, que nos demuestra que, desde la cercana Irlanda,  Tomm Moore y sus compañeros de Cartoon Saloon han llegado no solo para quedarse, sino para ser de los mejores, sino los mejores.

El original y personal dibujo, (máxime en estos años nuestros, con otro estilos) el color,el exquisito gusto por el detalle, la expresividad, la iluminación, la música (que música!), y por encima de todo ello la delicadeza de su desbordante imaginación, que nos lleva imparable a través de una delicia de historia de amor y tristeza, de despedidas y reencuentros, de aventura, de magia, de de drama, de inocencia....una valle de lágrimas, o de sonrisas, que es imposible que no llegue al corazón, incluso al mas pétreo de los corazones a los que se les haya arrebatado los sentimientos, como a los propios portagonistas de la mitología irlandesa de esta historia...



Se compara a estos autores con el Estudio Ghibli de Miyazaki, lo que creo que, por temática y estilo puede ser próximo, lo que nos deja bien claro de que nivel estamos hablando, pero creo que no es justo, ya que este joven grupo, por debajo de los 40 y ya con casi 20 años de arte a sus espaldas, con otras joyas como El secreto del libro de Kells, labra su propio destino, su propio camino, con verdaderas obras maestras como esta Canción del mar, en la que queda un sello único, no comparable a nada que no sean ellos mismos.

Después de la desaparición de su madre, Ben y Saoirse son enviados a vivir con su abuela a la ciudad. Cuando deciden volver a su casa junto al mar, su viaje se convierte en una carrera contra el tiempo a medida que se internan en un mundo que Ben sólo conoce a través de las leyendas que le narraba su madre. Pero éste no es un cuento para dormir; estas criaturas llevan en nuestro mundo demasiado tiempo. Ben pronto se da cuenta de que Saoirse será la clave para su supervivencia.....todo lo demás es leyenda...





Puntuación: Obra Maestra
Pena que los todopoderosos aparatos mediáticos de Pixar, Disney, Ghibli o Dreamworks, con sus películas, maravillosas también en algunos casos, pero más convencionales, vistas o tópicas en muchos, pasen por encima de obras de arte como esta, menores en cuanto a esa llegada al gran público, público que siendo quien sea y de donde sea, no debería de perderse esta película.

PD1: No me quito esta canción de la cabeza....

Eran morenos y de ojos dorados

El metal del cohete se enfriaba en los vientos de la pradera. La tapa se alzó con un pop. De la relojería interior salieron un hombre, una mujer, y tres niños. Los otros pasajeros se alejaban ya, murmurando, por las praderas marcianas.
El hombre sintió que los cabellos le flotaban y que los tejidos del cuerpo se le estiraban como si estuviera de pie en el centro de un vacío. Miró a su mujer que casi parecía disiparse en humo. Los niños, pequeñas semillas, podían ser sembrados en cualquier momento, a todas las latitudes marcianas.
Los niños lo miraban, como la gente mira el sol para saber en qué hora vive.
-¿Qué anda mal? -preguntó la mujer.
-Volvamos al cohete.
-¿A la Tierra?
-¡Sí! ¡Escucha!
El viento soplaba como si quisiera quitarles la identidad. En cualquier momento el aire marciano podía sacarle a uno el alma, como una médula arrancada a un hueso blanco. El hombre se sentía sumergido en una sustancia química capaz de disolverle la inteligencia y quemarle la memoria.
Miraron las montañas marcianas que el tiempo había carcomido con una aplastante presión de años. Vieron las ciudades antiguas perdidas en las praderas, y que yacían como delicados huesos de niños entre los lagos ventosos de césped.
-Ánimo, Harry -dijo la mujer-. Es demasiado tarde. Hemos recorrido más de noventa millones de kilómetros.
Los niños de pelo amarillo llamaban al eco en la profunda cúpula del cielo marciano. Nada respondía; sólo el siseo apresurado del viento entre las briznas tiesas.
Las manos frías del hombre recogieron el equipaje. Un hombre de pie a la orilla de un mar, decidido a vadearlo, y a ahogarse,
-Vamos -dijo.
Fueron a la ciudad.

Se llamaban Bittering. Harry y su mujer Cora; Dan, Laura y David. Edificaron una casa blanca y tomaron buenos desayunos, pero el miedo nunca desapareció del todo. Acompañaba al señor Bittering y a la señora Bittering, como un intruso, en las charlas de medianoche, a la mañana, al despertar.
-Me siento como un cristal salino -decía Harry- arrastrado por un glaciar. No somos de aquí. Somos criaturas terrestres. Esto es Marte, y es para gente marciana. Escúchame, Cora, ¡compremos los pasajes para la Tierra!
Cora sacudía la cabeza.
-Algún día la bomba atómica destruirá la Tierra. Aquí estamos a salvo.
-¡A salvo, pero locos!
Tic-toc, son las siete, cantó el reloj parlante. Hora de levantarse.
Harry y Cora se levantaron.

A la mañana, Harry examinaba todas las cosas -el fuego del hogar, las macetas de geranios- como si temiera descubrir que faltaba algo. El periódico llegó caliente como una tostada en el cohete de las seis. Harry rompió el sello y puso el diario junto al plato del desayuno. Trató de mostrarse animado.
-Hemos vuelto a los días de la colonia -declaró-. Bueno, dentro de diez años habrá en Marte un millón de terráqueos. ¡Grandes ciudades, todo! Decían que fracasaríamos. Decían que los marcianos se resistirían a la invasión. ¿Pero encontramos a algún marciano? Ninguno. Oh, sí, encontramos las ciudades, pero estaban desiertas, ¿no es así? ¿No es así?
Un río de viento inundó la casa. Cuando las ventanas dejaron de temblar el señor Bittering tragó saliva y miró a los niños.
-No sé -dijo David-. Quizá haya marcianos aquí, y no los vemos. A veces, de noche me parece oírlos. Oigo el viento. La arena golpea la ventana. Me asusto. Y veo esas ciudades allá en las montañas donde vivieron hace tiempo los marcianos. Y me parece entonces que algo se mueve en esas ciudades, papá. Y me pregunto si a esos marcianos les gustará que estemos aquí. Me pregunto si no nos harán algo por haber venido.
-¡Tonterías! -El señor Bittering miró por la ventana-. Somos gente sana, decente.-Miró a sus hijos-. Todas las ciudades muertas tienen fantasmas. Recuerdos, quiero decir. -Observó las colinas-. Ves una escalera y te preguntas qué parecerían los marcianos cuando las subían. Ves pinturas marcianas y te preguntas cómo sería el pintor. Inventas así un fantasma, un recuerdo. Es perfectamente natural. La imaginación. -Hizo una pausa-. No habrás visitado las ruinas, ¿verdad?
-No, papá.
David se miró los zapatos.
-Bueno, entonces no vayas. Alcánzame el dulce.
-Sin embargo -dijo el pequeño David-, creo que aquí pasa algo.

Algo pasó aquella tarde.
Laura corrió entre las casas, llorando.
Llegó al porche tropezando como una ciega.
-¡Mamá, papá, la guerra, en la Tierra! -sollozó-. Acaba de oírse en la radio. Bombas atómicas cayeron en Nueva York. Los cohetes del espacio estallaron todos. No más cohetes a Marte, ¡nunca más!
La madre se abrazó a su marido y a su hija.
-¡Oh, Harry!
-¿Estás segura, Laura? -preguntó el padre, serenamente.
Laura lloraba.
-¡Estamos en Marte para siempre, para siempre!
Durante un largo rato sólo se oyó el sonido del viento en el atardecer.
Solos, pensó Bittering. Y apenas mil de los nuestros. Sin posibilidades de regresar. Ninguna. Absolutamente ninguna. El sudor le bañaba la cara, las manos; el calor del miedo le empapaba el cuerpo. Quería pegarle a Laura, quería gritarle: «¡No, mientes! ¡Los cohetes volverán!» En cambio la abrazó y le acarició la cabeza.
-Un día los cohetes volverán -dijo.
-Papá, ¿qué haremos?
-Ocuparnos de nuestras cosas, por supuesto. Cultivar campos, y criar hijos. Esperar. Seguir adelante hasta que la guerra termine, y los cohetes vengan otra vez.
Los dos niños entraron en el porche.
-Hijos -dijo Harry, mirando a lo lejos-. Tengo algo que decirles.
-Lo sabemos -dijeron los niños.

En los días siguientes, Bittering rondó a menudo por el jardín, a solas con su miedo. Mientras los cohetes habían tejido una tela de plata en el cielo, había podido aceptar a Marte. Siempre se decía:
Mañana, si quiero, puedo comprar un pasaje y volver a la Tierra.
Pero ahora la tela había desaparecido. Las vigas derretidas y los cables sueltos de los cohetes yacían en montones, como piezas de un rompecabezas. Desterrados en el mundo extraño de Marte, de vientos de canela y aires vinosos, horneándose como hogazas de pan de jengibre en los veranos marcianos, conservados en despensas durante los inviernos marcianos. ¿Qué les pasaría a él y a los otros? Marte había estado esperando este momento. Ahora los devoraría.
Se arrodilló en el macizo de flores, con una pala en las manos nerviosas. Trabaja, pensó, trabaja y olvida.
Alzó los ojos y miró las montañas marcianas. Pensó en los antiguos y orgullosos nombres marcianos de esas cumbres. Los terrestres, caídos del cielo, habían contemplado las colinas, los ríos, los mares de Marte, todos anónimos, aunque tenían nombres. En otro tiempo los marcianos habían levantado ciudades, las habían bautizado; habían trepado a las montañas, las habían bautizado, habían navegado mares, los habían bautizado. Las montañas se fundieron, los mares se secaron, las ciudades se derrumbaron. Sin embargo, los terrestres se habían sentido culpables cuando pusieron nuevos nombres a las colinas y valles antiguos. El hombre vive de símbolos y de signos. Inventaron los nuevos nombres.
El señor Bittering se sintió muy solo y anacrónico al sol marciano, plantando flores terrestres en un suelo inclemente.
Piensa, sigue pensando. En otras cosas. No en la Tierra, ni en la guerra atómica, ni en los cohetes perdidos.
Transpiraba. Miró alrededor. Nadie lo veía. Se quitó la corbata. Qué audacia, pensó. Primero la chaqueta, ahora la corbata. La colgó cuidadosamente en un duraznero que había traído de Massachusetts.
Volvió a su filosofía de los nombres y las montañas. Los terrestres habían cambiado los nombres. Ahora había en Marte valles Hormel, mares Roosevelt, montañas Ford, planicies Vanderbilt, ríos Rockefeller. No estaba bien. Los colonizadores norteamericanos habían usado acertadamente los nombres de las antiguas praderas indias: Wisconsin, Minnesota, Idaho, Ohio, Utah, Milwaukee, Waukegan, Osseo. Nombres antiguos, significados antiguos.
Mirando fijamente las montañas, Bittering pensó: ¿Están ustedes ahí? ¿Ustedes, todos los muertos, los marcianos? Pues bien, aquí estamos nosotros, solos, desamparados. Vengan, échennos.
El viento sopló una lluvia de flores de durazno.
El señor Bittering tendió una mano curtida por el sol y ahogó un grito. Tocó los capullos, los recogió. Los dio vuelta, los tocó de nuevo, una y otra vez.
-¡Cora! -gritó.
Cora se asomó a la ventana. El señor Bittering corrió hacia ella.
-Cora, ¡estas flores! -Se las puso en la mano-. ¿Ves? Son distintas. Han cambiado. Ya no son flores de durazno.
-Para mí están bien -dijo Cora.
-No, no están bien. ¡Les pasa algo! No sé qué. ¡Un pétalo de más, una hoja, el color, el perfume!
Los niños aparecieron cuando el padre corría por el jardín, arrancando rábanos, cebollas y zanahorias.
-¡Cora, ven, mira!
Se pasaron de mano en mano las cebollas, los rábanos, las zanahorias.
-¿Te parecen zanahorias?
-Sí..., no. -Cora titubeó-. No lo sé.
-Han cambiado.
-Quizá.
-¡Sabes que sí! Cebollas, pero no cebollas, zanahorias, pero no zanahorias. El mismo sabor, pero distinto. Otro olor también. -El señor Bittering sintió los latidos de su propio corazón y tuvo miedo. Hundió los dedos en la tierra-. Cora, ¿qué pasa? ¿Qué es esto? Tenemos que cuidarnos. -Corrió por el jardín, tocando los árboles-. Las rosas. Las rosas. ¡Son verdes ahora!
Se quedaron mirando las rosas verdes.

Y dos días más tarde Dan llegó corriendo:
-Vengan a ver la vaca. La estaba ordeñando y entonces lo vi. Vengan, pronto.
Fueron al establo y miraron la vaca.
Le estaba creciendo un tercer cuerno.
Y frente a la casa, muy silenciosa y lentamente, el césped tomaba el color de las violetas primaverales. Una planta de la tierra, pero de color púrpura.
-Tenemos que irnos -dijo Bittering-. Si comemos esto, nos trasformaremos también, quién sabe en qué. No puedo permitirlo. Sólo nos queda una cosa. Quemar las plantas.
-No están envenenadas.
-Sí, de un modo sutil, muy sutil. Un poquito, apenas. No hay que comerlas. -Miró desanimado la casa-. Hasta la casa. El viento le ha hecho algo. El aire la quemó. La niebla nocturna. Las maderas, todo tiene otra forma. Ya no es una casa terrestre.
-Oh, imaginaciones tuyas.
Harry se puso la chaqueta y la corbata.
-Me voy a la ciudad. Tenemos que hacer algo en seguida. Volveré.
-Espera, Harry -gritó la mujer.
Pero Bittering ya estaba lejos.

En la ciudad, en los escalones de la tienda de comestibles, a la sombra, los hombres sentados, con las manos en las rodillas, charlaban ociosamente.
El señor Bittering tuvo ganas de disparar una pistola al aire. ¡Qué hacen, imbéciles!, pensó.Sentados aquí. Sabrán ya que estamos clavados en este planeta. ¡Vamos, muévanse! ¿No tienen miedo? ¿Qué piensan hacer?
-Hola, Harry -dijeron todos.
-Escuchen -dijo Bittering-. Habrán oído las noticias, el otro día, ¿verdad?
Los hombres asintieron y se echaron a reír.
-Claro, Harry, claro.
-¿Y qué piensan hacer?
-Pero, Harry, no podemos hacer nada.
-¡Sí, construir un cohete!
-¿Un cohete, Harry? ¿Y volver a esa pesadilla? Oh, Harry.
-Pero ustedes desean volver. ¿Han visto las flores de durazno, las cebollas, el césped?
-Bueno, Harry, sí, creo que sí -dijo uno de los hombres.
-¿Y no te asustaste?
-No mucho, Harry, me parece.
-¡Idiotas!
-Vamos, Harry.
Bittering quería llorar.
-Tienen que ayudarme. Si nos quedamos aquí, todos nosotros cambiaremos. El aire. ¿No huelen? Hay algo en el aire. Un virus marciano, tal vez; una semilla, un polen. ¡Escúchenme!
Todos lo miraron.
-Sam -le dijo Bittering a uno de los hombres.
-Sí, Harry.
-¿Me ayudarás a construir un cohete?
-Harry, tengo todo un cargamento de metal y algunos planos. Si quieres trabajar en mi taller, con mucho gusto. Te venderé el metal a quinientos dólares. Trabajando solo, podrías construir un bonito cohete, en unos treinta años.
Todos se echaron a reír.
-No se rían.
Sam lo miró de muy buen humor.
-Sam -dijo Bittering-. Tus ojos...
-¿Qué pasa con mis ojos, Harry?
-¿No eran grises?
-Bueno, francamente, no recuerdo.
-Eran grises, ¿verdad?
-¿Por qué lo preguntas, Harry?
-Porque ahora son amarillentos.
-¿Sí? -dijo Sam, con indiferencia.
-Y estás muy alto y más delgado.
-Tal vez tengas razón, Harry.
-Sam, no debieras tener los ojos amarillos.
-Harry, ¿de qué color son tus ojos? -dijo Sam.
-¿Mis ojos? De color azul, naturalmente.
-Bueno, Harry, mira. -Sam le alcanzó un espejo de bolsillo-. Mírate los ojos.
El señor Bittering vaciló, y alzó el espejo y miró.
En las pupilas azules había débiles motitas de oro nuevo.
-Mira lo que hiciste -dijo Sam un momento después-. Rompiste el espejo.

Harry Bittering se instaló en el taller y empezó a construir el cohete. Los hombres se detenían junto a la puerta abierta y conversaban y bromeaban en voz baja. De cuando en cuando, ayudaban a Bittering cuando había que levantar una pieza demasiado pesada. Pero la mayor parte del tiempo se quedaban en la puerta sin hacer nada, mirándolo con unos ojos cada día más amarillos.
-Es la hora del almuerzo, Harry -le decían.
Cora le traía el almuerzo en una cesta de mimbre.
-No lo probaré -decía Harry-. Sólo comeré alimentos del congelador. Alimentos traídos de la Tierra. Nada de nuestra huerta.
Cora lo miró.
-No puedes construir un cohete.
-Trabajé en un taller, a los veinte años. Conozco el metal. Cuando empiece, los otros me ayudarán -dijo Bittering sin mirarla, extendiendo los planos.
-Harry, Harry -dijo Cora, desanimada.
-Tenemos que irnos, Cora. Tenemos que irnos.
El viento soplaba toda la noche en las desiertas praderas marinas, iluminadas por la luna, más allá de las ciudades ajedrezadas, tendidas en las playas desiertas desde hacía doce mil años. En la colonia terrestre, la casa de los Bittering se sacudía, cambiando.
El señor Bittering, acostado, sentía que los huesos se le movían, se trasformaban, se fundían como el oro. Cora, tendida junto a él, tenía la piel bronceada por muchas tardes de sol. Era ahora morena y de ojos dorados, y los niños, metálicos en sus camas, y el viento salado rugía cambiando entre los viejos durazneros, el césped violeta, sacudiendo los pétalos verdes de las rosas.
El miedo del señor Bittering era incontenible. Le apretaba la garganta y el corazón. Le rezumaba en la humedad del brazo, de la sien, de la palma temblorosa.
En el este apareció una estrella verde.
Una palabra extraña brotó de los labios del señor Bittering.
-Iorrt. Iorrt -repitió.
Era una palabra marciana. El señor Bittering no sabía marciano.
Se levantó en medio de la noche y llamó a Simpson, el arqueólogo.
-Simpson, ¿qué significa la palabra Iorrt?
-Bueno, es el antiguo nombre marciano del planeta Tierra. ¿Por qué?
-Nada en especial.
El teléfono se le cayó de las manos.
-Hola, hola, hola, hola -seguía diciendo el aparato mientras Bittering miraba fijamente la estrella verde-: ¿Bittering? ¿Harry? ¿Estás ahí?

Los días estaban llenos de ruidos metálicos. Ayudado de mala gana por tres hombres, Bittering montó el armazón del cohete. Al cabo de una hora se sintió muy fatigado y tuvo que sentarse a descansar.
-La altura -comentó uno de los hombres jocosamente.
-Dime, Harry, ¿tú comes? -preguntó otro.
-Sí, como -dijo Bittering, colérico.
-¿Del congelador?
-¡Sí!
-Estás más delgado, Harry.
-¡No es verdad!
-Y más alto.
-¡Mientes!
Unos días después, Cora lo llevó aparte.
-Harry, las provisiones congeladas se acabaron. No queda absolutamente nada. Tendré que prepararte unos sandwiches con comida de Marte.
Harry se desplomó en una silla.
-Tienes que comer, Harry -dijo Cora-. Estás débil.
-Sí -dijo Bittering.
Tomó un sandwich, lo abrió, lo miró, y empezó a mordisquearlo.
-¿Por qué no descansas hoy? -dijo Cora-. Hace calor. Los chicos quieren ir a nadar a los canales y pasear. Ven con nosotros.
-No puedo perder tiempo. Estamos en un momento crítico.
-Una hora, nada más -insistió Cora-. Te hará bien nadar un rato.
Harry se puso de pie, sudoroso.
-Bueno, bueno. Déjame solo. Iré.
-Me alegro mucho, Harry.
El día era sereno, el sol ardiente. Un incendio inmenso, único, inmutable. Caminaron a lo largo del canal: el padre y la madre; los niños correteaban en trajes de baño. Hicieron un alto y comieron sandwiches de carne. Bittering miró la piel bronceada y los ojos amarillos de Cora y los niños, los ojos que antes no habían sido amarillos. Sintió un temblor, que desapareció en oleadas de calor mientras descansaba al sol. Estaba demasiado cansado para sentir miedo.
-Cora, ¿desde cuándo tienes los ojos amarillos?
Cora parecía perpleja.
-Siempre los tuve así, creo.
-¿No eran castaños? ¿No cambiaron de color en los tres últimos meses?
Cora se mordió los labios.
-No. ¿Por qué?
-No tiene importancia.
Hubo un silencio.
-Los ojos de los chicos -dijo Harry-. También son amarillos.
-A los niños, cuando crecen, les cambia el color de los ojos.
-Quizá también nosotros seamos niños. Al menos para Marte. Es una idea. -Bittering se echó a reír-.Creo que voy a nadar.
Saltaron al agua, y Bittering se dejó ir, hasta el fondo, como una estatua dorada, y allí descansó, en el silencio verde. Todo era agua serena y profunda, todo era paz. Sintió que la corriente lenta y firme lo llevaba fácilmente.
Si me quedo aquí bastante tiempo, pensó, el agua me abrirá y carcomerá la carne hasta mostrar los huesos de coral. Sólo quedará mi esqueleto. Y luego el agua hará cosas con mi esqueleto: cosas verdes, cosas acuáticas, cosas rojas, cosas amarillas. Cambios. Cambios. Cambios lentos, profundos, silenciosos. ¿Y no es lo mismo allá, arriba?
Miró el cielo sumergido sobre él, el sol que era ahora marciano, en otra atmósfera, otro tiempo y otro espacio.
Allá arriba, un río inmenso, pensó, un río marciano, y todos nosotros en el fondo, en nuestras casas de guijarros, en hundidas casas de piedra, como cangrejos ocultos, y el agua que nos limpia los viejos cuerpos y nos alarga los huesos y...
Se dejó ir a la superficie a través de la luz suave.
Dan, sentado en el borde del canal, miraba a su padre seriamente.
-Utha -dijo.
-¿Cómo? -preguntó el padre.
El chico sonrió.
-Bueno, papá, tú sabes. Utha en marciano significa padre.
-¿Dónde lo aprendiste?
-No lo sé. Por ahí. ¡Utha!
-¿Qué quieres?
El chico vaciló.
-Quiero..., quiero cambiarme el nombre.
-¿Cambiártelo?
-Sí.
La madre se acercó nadando.
-¿Qué tiene de malo el nombre Dan?
Dan se tironeaba de los dedos.
-El otro día tú me llamaste: Dan, Dan, Dan. Ni siquiera te oí. Ése no es mi nombre, pensé. Tengo un nombre nuevo.
El señor Bittering se tomó del borde del canal. Tenía el cuerpo frío, y el corazón le golpeaba lentamente.
-¿Qué nombre nuevo?
-Linnl. ¿No es bonito? ¿Puedo usarlo? Papá, por favor.
El señor Bittering se llevó la mano a la cabeza. Recordó el cohete absurdo, se vio trabajando a solas. Estaba solo hasta entre su propia familia, tan solo...
Oyó la voz de su mujer.
-¿Por qué no?
Y se oyó decir:
-Sí, puedes usarlo.
-¡Yaaa! -gritó el chiquillo-. Soy Linnl. Linnl.
Corría por la pradera, bailando y gritando.
El señor Bittering miró a su mujer,
-¿Por qué lo hicimos?
-No lo sé -dijo ella-. Me pareció una buena idea.
Fueron hacia las colinas. Pasearon por los viejos senderos de mosaicos, junto a las fuentes todavía vivas. Durante todo el verano una película de agua helada cubría los senderos. Chapoteando como en un arroyo, vadeando, los pies descalzos estaban siempre frescos.
Llegaron a una villa marciana con una hermosa vista al valle, en lo alto de un cerro. Vestíbulos de mármol azul, murales inmensos, una piscina. Una casa fresca en el caluroso estío. Los marcianos no habían creído en las grandes ciudades.
-Que bueno -dijo la señora Bittering- si pudiésemos instalamos aquí, en esta villa, a pasar el verano.
-Ven -dijo el señor Bittering-. Volvamos a la ciudad. Tengo que trabajar en el cohete.
Pero esa noche, mientras trabajaba, recordó la fresca villa de mármol azul. A medida que transcurrían las horas, el cohete le parecía menos importante.

Pasaron días, semanas, y el cohete quedó relegado, olvidado. La antigua fiebre había desaparecido. El señor Bittering se asustaba pensando cómo se había dejado estar. Pero el calor, la atmósfera, las condiciones de trabajo...
Oyó a los hombres que cuchicheaban en el porche del taller.
-Todo el mundo se marcha. ¿Te enteraste?
-Sí, todos se marchan. Y está bien así.
Bittering salió.
-¿Adónde se marchan?
Vio un par de camiones, cargados de niños y de muebles, que se alejaban por la calle polvorienta.
-A las villas -dijo el hombre.
-Sí, Harry. Yo también me marcho. Y Sam, ¿no es cierto, Sam?
-Por supuesto. ¿Y tú, Harry?
-Tengo que trabajar, aquí.
-¡Trabajar! Podrías terminar el cohete en el otoño, cuando el tiempo es más fresco.
Bittering tomó aliento.
-Ya tengo lista la armazón.
-En el otoño será mucho mejor.
Las voces eran indolentes en el calor.
-Tengo que trabajar -dijo Bittering.
-En el otoño -insistieron los otros. Y parecían tan sensatos, tan lógicos.
En otoño será mejor, pensó Bittering. Tengo tiempo de sobra.
¡No!, gritó una parte de sí mismo, muy adentro, desplazada, encerrada, sofocándose. ¡No! ¡No!
-En el otoño -dijo.
-Vamos, Harry -dijeron todos.
-Sí -dijo Bittering, sintiendo que la carne se le fundía en el líquido aire caliente-. Sí, en el otoño. Entonces empezaré a trabajar de nuevo.
-Conseguí una villa cerca del canal Tirra -dijo un hombre.
-Te refieres al canal Roosevelt, ¿verdad?
-Tirra. El antiguo nombre marciano.
-Pero en el mapa...
-Olvídate del mapa. Ahora es Tirra. Bueno, descubrí un lugar en las montañas Pillan...
-La cordillera Rockefeller, querrás decir -observó Bittering.
-Las montañas Pillan -repitió Sam.
-Sí, sí -dijo Bittering, hundido en el aire caliente, hormigueante-. Las montañas Pillan.
Todos ayudaron a cargar el camión en la tarde calurosa y apacible del día siguiente.
Laura, Dan y David llevaban paquetes. O, como ellos preferían que los llamasen, Ttil, Linnl y Werr llevaban paquetes.
Los muebles quedaron abandonados en la casa blanca.
-Quedaban muy bien en Boston -dijo la madre-, Y aquí, en la cabaña. Pero allá arriba, en la villa... No. Los dejaremos aquí para nuestra vuelta, en el otoño.
Bittering no decía nada.
-Tengo algunas ideas para el mobiliario de la villa -dijo después de un rato-. Muebles cómodos, grandes.
-¿Y tu enciclopedia? Me imagino que querrás llevarla.
El señor Bittering apartó los ojos.
-Vendré a buscarla la semana que viene.
Los padres se volvieron hacia Laura.
-¿Qué harás con los vestidos que te compramos en Nueva York? ¿Piensas llevarlos?
La niña los miró perpleja.
-¿Para qué? No. No los necesito.
Cerraron el gas, el agua, atrancaron las puertas y se alejaron. El padre echó una mirada al camión.
-Diantre, no llevamos casi nada -dijo-. Trajimos tantas cosas a Marte, y esto cabe en un puño.
Puso en marcha el camión.
Miró largamente la casa blanca, y tuvo el deseo de correr hacia ella, de tocarla, de decirle adiós, porque sentía que partía en un largo viaje, que abandonaba algo que nunca recuperaría, que nunca comprendería.
En ese momento Sam y su familia pasaron en otro camión.
-¡Hola, Bittering! ¡Aquí vamos!
El camión avanzó bamboleándose por la antigua carretera hacia las afueras de la ciudad. Otros sesenta camiones iban en la misma dirección. En el pueblo flotó un polvo grávido, silencioso. Las aguas azules del canal resplandecían al sol, y un viento sereno movía los árboles raros.
-¡Adiós, pueblo! -dijo el señor Bittering.
-Adiós, adiós -dijo la familia, agitando los brazos.
No miraron hacia atrás.
El verano resecó los canales. El verano avanzó como una llama por encima de las praderas. En la desierta colonia terrestre, la pintura de las casas se resquebrajó y descascaró. Los neumáticos de automóvil que habían sido las hamacas de los niños, en los jardines, colgaban como relojes de péndulo, detenidos en el aire ardiente.
En el taller el casco del cohete empezó a enmohecerse.

Había llegado el otoño. Desde la escarpa que coronaba la villa, el señor Bittering, muy moreno ahora, con los ojos muy dorados, contemplaba el valle.
-Es hora de regresar -dijo Cora.
-Sí, pero no iremos -dijo Bittering con calma-. No queda nada allí.
-Tus libros -dijo ella-. Tus ropas buenas. Tus llles y tus ior uele rre.
-La ciudad está desierta. Nadie regresa -dijo Bittering-. No hay ninguna razón para volver, ninguna.
La hija tejía tapices y los hijos tocaban canciones en flautas y gaitas antiguas. Las risas resonaban en la villa de mármol.
El señor Bittering echó una mirada a la colonia terrestre, en la profundidad del valle.
-Qué casas tan absurdas, tan ridículas edifican los hombres de la Tierra.
-No conocían nada mejor -murmuró la mujer-. Qué gente tan fea. Me alegra que se hayan ido.
Se miraron, sorprendidos por lo que acababan de decir. Se rieron.
-¿Adónde se han ido? -se preguntó Bittering en voz alta.
Miró de soslayo a su mujer. Dorada y esbelta como la hija. Cora lo miró a su vez, y él también parecía casi tan joven como el hijo mayor.
-No lo sé -dijo Cora.
-Tal vez el año próximo, o el otro, o el siguiente, regresemos al pueblo -dijo Bittering, con calma-. Ahora..., tengo calor. ¿Te gustaría nadar un rato?
Dieron la espalda al valle. Tomados del brazo, caminaron silenciosamente por un sendero de aguas claras y primaverales.

Cinco años más tarde cayó un cohete del cielo. Se posó, humeando, en el valle. Unos hombres descendieron gritando.
-¡Ganamos la guerra! ¡Hemos venido a rescatarlos! ¡Eh!
Pero el pueblo norteamericano, el pueblo de durazneros y teatros estaba mudo. En un taller vacío encontraron la armazón de un cohete, cubierta de herrumbre.
La tripulación recorrió las colinas. El capitán había establecido sus cuarteles en un bar abandonado. El teniente llegó con el informe.
-El pueblo está desierto, pero encontramos nativos en las colinas, señor. Gente muy morena. De ojos amarillos. Marcianos. Muy amables. Hablamos un poco con ellos, no mucho. Aprenden inglés rápidamente. Creo que nuestras relaciones serán sumamente cordiales.
-¿Morenos, eh? -murmuró el capitán-. ¿Cuántos?
-Seiscientos, ochocientos quizá. Viven en las ruinas de mármol de las montañas, señor. Altos, sanos. Mujeres muy hermosas.
-¿No le dijeron qué les pasó a los terrestres que fundaron la colonia, teniente?
-No tienen la más remota idea.
-Curioso. ¿Le parece que los marcianos pueden haberlos matado?
-Parecen gente muy pacífica. Una peste probablemente, señor.
-Tal vez. Se me ocurre que nunca lo sabremos. Será cómo uno de esos misterios de los que hablan los libros.
El capitán miró el cuarto, las ventanas polvorientas, las montañas azules que se alzaban a lo lejos, los canales que se movían a la luz, y oyó el viento suave en el aire. Se estremeció. Luego, recobrándose, tocó con los dedos un mapa grande y nuevo que había desplegado sobre una mesa. -Hay mucho que hacer, teniente. -La voz se arrastró mientras el sol se ponía detrás de las colinas azules-. Nuevas colonias. Minas, prospección de minerales. Especímenes bacteriológicos. Trabajo, tanto trabajo. Los viejos archivos se han perdido. Será una verdadera tarea dibujar los mapas, poner nuevos nombres a las montañas, a los ríos, a todo. Necesitamos imaginación... ¿Qué le parece si a estas montañas las llamamos las montañas Lincoln, a este canal el canal Washington, a estas colinas..., a estas colinas podemos ponerle el nombre de usted, teniente. Diplomacia. Y usted, en cambio, puede darle mi nombre a un pueblo. Cortesía ante todo. ¿Y por qué no llamar a esto el valle Einstein y a aquello...? Teniente, ¿me escucha?
El teniente apartó bruscamente los ojos del color azul y de la bruma serena de las colinas, más allá del pueblo.
-¿Cómo? ¡Oh, sí, sí, señor!


Eran morenos y de ojos dorados de Ray Bradbury




miércoles, noviembre 18, 2015

Undertaker Vol.1: El devorador de oro, en una frase


Un western con mayúsculas, de la primera a la última página redondo en dibujo, guión y color, fresco a la vez que clásico, y sobre todo divertido!

Puntuación: Quiero más ya!

lunes, noviembre 16, 2015

No hay camino al paraíso

Yo estaba sentado en un bar de la avenida Western. Era alrededor de medianoche y me encontraba en mi habitual estado de confusión. Quiero decir, bueno, ya sabes, nada funciona bien: las mujeres, el trabajo, el ocio el tiempo, los perros... Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado, totalmente noqueado, y esperar; como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte.
Bueno, pues yo estaba allí sentado y aquí entra una con el pelo largo y moreno, un bello cuerpo y tristes ojos marrones. Yo no di la vuelta para mirarla, seguí con mi vaso. La ignoré incluso cuando vino y se sentó a mi lado a pesar de que todos los demás asientos estaban vacíos. De hecho, éramos las únicas personas que había en el bar sin contar al encargado. Pidió un vino seco. Entonces me preguntó lo que estaba bebiendo.
-Escocés con agua -contesté.
-Y sírvale al señor un escocés con agua -le dijo al cantinero.
Bueno, esto no era muy normal.
Abrió su bolso, cogió una pequeña jaula, sacó de ella unos hombrecitos y los puso sobre la barra. Tenían alrededor de diez centímetros de altura, estaban apropiadamente vestidos y parecían tener vida. Eran cuatro: dos mujeres y dos hombres.
-Ahora los hacen así -dijo ella-. Son muy caros. Me costaron cerca de 2000 dólares cada uno cuando los compré. Ahora ya valen cerca de 2400. No conozco el proceso de fabricación pero probablemente sea ilegal.
Estaban paseando sobre la barra. De repente, uno de los hombrecitos abofeteó a una de las pequeñas mujeres.
-¡Tú, perra! -dijo-. No quiero saber nada más de ti.
-¡No, George, no puedes hacerme esto! -gritaba ella llorando-. ¡Yo te amo! ¡Me mataré! ¡Te necesito!
-No me importa -dijo el hombrecito, y sacó un minúsculo cigarrillo, encendiéndolo con gesto altivo-. Tengo derecho a hacer lo que me dé la gana.
-Si tú no la quieres -dijo el otro hombrecito- yo me quedo con ella, la amo.
-Pero yo no te quiero a ti, Marty. Yo estoy enamorada de George.
-Pero él es un cabrón, Anna, un verdadero cabronazo.
-Lo sé, pero lo amo de todos modos.
Entonces el pequeño cabrón se fue hacia la otra mujercita y la besó.
-Creo que se me está formando un triángulo -dijo la señorita que me había invitado al whisky–. Te los presentaré. Ese es Marty, y George, y Anna y Ruthie. George va de bajada, se lo hace bien. Marty es una especie de cabeza cuadrada.
-¿No es triste mirar todo esto? Eh... ¿Cómo te llamas?
-Dawn. Un nombre horrible, pero eso es lo que a veces les hacen las madres a sus hijos.
-Yo soy Hank. ¿Pero no es triste...?
-No, no es triste mirar todo esto. Yo no he tenido mucha suerte con mis propios amores, una suerte horrible, a decir verdad.
-Todos tenemos una suerte horrible.
-Supongo que sí. De todos modos, me compré estos hombrecitos y ahora me entretengo mirándolos, es como no tener ninguno de los problemas, pero tenerlo todo presente. Lo malo es que me pongo terriblemente caliente cuando empiezan a hacer el amor. Es la parte más difícil para mí.
-¿Son sexys?
-¡Muy, muy sexys! ¡Dios, me ponen de verdad caliente!
-¿Por qué no los pones a que lo hagan? Quiero decir, ahora mismo. Podremos mirarlos juntos.
-Oh, no se pueden manejar, tienen que ponerse a hacerlo por su cuenta.
-¿Y lo hacen a menudo?
-Oh, son bastante buenos. Lo hacen cerca de cuatro o cinco veces por semana.
Mientras tanto, ellos paseaban por la barra.
-Escucha -decía Marty-, dame una oportunidad. Sólo dame una oportunidad, Anna...
-No -decía la pequeña Anna-, mi amor pertenece a George. No puede ser de otra manera.
George estaba besando a Ruthie, acariciando sus pechos. Ruthie estaba empezando a calentarse.
-Ruthie está empezando a calentarse -le dije a Dawn.
-Sí que lo está. Está empezando de verdad.
Yo también me estaba excitando. Abracé a Dawn y la besé.
-Mira -dijo ella-, no me gusta que hagan el amor en público. Me los voy a llevar a casa y que lo hagan allí.
-Pero entonces no podré verlo.
-Bueno, sólo tienes que venir conmigo y podrás.
-De acuerdo -dije- vámonos.
Acabé mi bebida y salimos juntos. Ella llevaba a los hombrecitos metidos en la jaula. Subimos al coche y los pusimos entre nosotros en el asiento delantero. Miré a Dawn. Era realmente joven y bella. Parecía también inteligente. ¿Cómo podía haber fracasado con los hombres? Bueno, había tantos modos de fracasar unas relaciones... Los hombrecitos le habían costado 8000 dólares. Todo eso sólo para alejarse de las relaciones sexuales sin alejarse de ellas. Su casa estaba cerca de las colinas, un sitio agradable. Salimos del coche y fuimos hacia la puerta. Yo llevaba a la gentecilla en la jaula mientras Dawn abría la puerta.
-Estuve oyendo a Randy Newman la semana pasada en el Trobador. ¿Verdad que es grande? -me preguntó.
-Sí que lo es -contesté.
Entramos y Dawn abrió la jaula y los sacó y los puso sobre la mesita de café. Entonces se metió en la cocina y abrió el refrigerador y sacó una botella de vino. La trajo en compañía de dos copas.
-Perdona -dijo- pero pareces un poco chiflado. ¿En qué trabajas?
-Soy escritor.
-¿Y vas a escribir algo acerca de esto?
-Nunca se lo creerá nadie, pero lo escribiré.
-Mira -dijo Dawn- George le ha quitado las bragas a Ruthie. Le está metiendo el dedo. ¿Un poco de hielo?
-Sí, ya lo veo. No, no quiero hielo. El tipo va bien derecho.
-No sé -dijo Dawn-, pero de verdad que me excita mirarlos. Quizás es porque son tan pequeños. Realmente me calientan.
-Entiendo lo que quieres decir.
-Mira, George la está tumbando, se lo va a hacer.
-Sí, allá van.
-¡Míralos!
-¡Dios o la puta!
Abracé a Dawn. Comenzamos a besarnos. Cuando parábamos, sus ojos pasaban de mirarme a mí a mirar a los hombrecitos fornicando, y luego volvía a mirarme de nuevo a los ojos. Yo seguía siempre su mirada.
El pequeño Marty y la pequeña Anna también estaban mirando.
-Mira -decía Marty-, ellos lo están haciendo. Nosotros deberíamos hacerlo también. Incluso las personas grandes van a hacerlo. ¡Míralos!
-¿Oíste eso? -le pregunté a Dawn-. Ellos dicen que vamos a hacerlo, ¿es verdad eso?
-Espero que sea verdad -dijo Dawn.
La tumbé sobre el sofá y le subí la falda por encima de los muslos. La besé a lo largo del cuello.
-Te amo -dije.
-¿De verdad? ¿De verdad?
-Sí, de alguna manera, sí...
-De acuerdo -dijo la pequeña Anna al pequeño Marty- podemos hacerlo nosotros también, pero que quede claro que yo no te quiero.
Se abrazaron en medio de la mesita de café. Yo le había quitado ya a Dawn las bragas. Dawn gemía. La pequeña Ruthie gemía. Marty se la metió por fin a la pequeña Anna. Estaba pasando en todas partes. Me pareció como si toda la gente del mundo estuviese haciéndolo. Entonces me olvidé de toda la otra gente del mundo. Nos fuimos al dormitorio y allí se la metí a Dawn en una larga y tranquila cabalgada...
Cuando ella salió del baño yo estaba leyendo una estúpida historia en el Playboy.
-Estuvo tan bien -dijo.
-Fue un placer -contesté.
Se volvió a meter en la cama conmigo. Dejé la revista.
-¿Crees que nos lo podemos hacer juntos? -me preguntó.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que si tú crees que podemos seguir así, juntos, durante algún tiempo.
-No sé. Las cosas ocurren. El principio siempre es lo más fácil.
Entonces escuchamos un grito proveniente de la salita. «Oh oh», dijo Dawn. Se levantó y salió corriendo de la habitación. Yo la seguí.
Cuando llegué, ella estaba sosteniendo a George en sus manos.
-¡Oh, Dios mío!
-Qué ha pasado?
-Anna se lo hizo.
-¿Qué le hizo?
-¡Le cortó las pelotas! ¡George es un eunuco!
-¡Uau!
-¡Tráeme algo de papel higiénico, rápido! ¡Se está desangrando!
-Ese hijo de puta -decía la pequeña Anna desde la mesita de café- si yo no puedo tener a George, nadie lo tendrá.
-¡Ahora las dos me pertenecen! -dijo Marty.
-Ah no, tienes que elegir una de nosotras -dijo Anna.
-¿A cuál prefieres? -preguntó Ruthie.
-Yo las amo a las dos -dijo Marty.
-Ha parado de sangrar -dijo Dawn -se está quedando frío.
Envolvió a George en un pañuelo y lo puso sobre el mantel.
-Quiero decir -dijo Dawn- que si tú crees que lo nuestro no va a funcionar, no quiero seguir por más tiempo.
-Creo que te amo, Dawn -dije.
-Mira -dijo ella-. ¡Marty está abrazando a Ruthie!
-¿Crees que van a hacerlo?
-No sé. Parecen excitados.
Dawn cogió a Anna y la metió en la pequeña jaula.
-¡Déjenme salir! ¡Los mataré a los dos! ¡Déjenme salir! -gritaba.
George gimió desde el interior del pañuelo sobre el mantel. Marty le había quitado las bragas a Ruthie. Yo me atraje a Dawn. Era joven, bella e inteligente. Podía volver a estar enamorado. Era posible. Nos besamos. Me sumergí en sus grandes ojos marrones. Entonces me levanté y eché a correr. Sabía dónde estaba. Una cucaracha y un águila hacían el amor. El tiempo era un bobo con un banjo. Seguía corriendo. Su larga cabellera me caía por la cara.
-¡Mataré a todo el mundo! -gritaba la pequeña Anna. Se agitaba sacudiendo su jaula de alambre a las tres de la madrugada.

No hay camino al paraíso de Charles Bukowski


viernes, noviembre 13, 2015

The Admiral, peliculón


Allá por 1597 se dió en Myeongnyang, actual Corea del Sur, la mayor hazaña habida y por haber dentro del campo de las batallas navales del mundo mundial, poco conocida en occidente. Esta película nos la cuenta, ciñéndose a la historia real, la de como Yi Sun-Shin, el almirante del título, consiguió por sus cojones, por su locura, por su genialidad, vencer increiblemente en esta contienda.

12 barcos coreanos, con sus soldados, capitanes, oficiales, remeros y demás, ayudados por media docena de monjes guerreros, y por tres o cuatro decenas de aldeanos subidos en un acantilado con vistas a la batalla, consiguieron derrotar a la todopoderosa flota japonesa, 330 barcos de guerra, que se habían cepillado con anterioridad a decenas de miles de expertos soldados en otras batallas. Una victoria vital, ya que de haber sido derrotados o de haberse retirado, es más posible que la Corea de aquella época hubiese sido definitivamente conquistada por los hombres del Sol Naciente, que se encontraban con esta victoria a las puertas de Hanseong, actual Seoul.


Choi Min-Sik borda un nuevo papel protagonista absoluto, en este peliculón con dos partes claras, una primera pausada, clásica en los films de aquellos países,en la que van sucediendo cositas, pero que principalmente sirve de presentación de lugar, hechos y personajes secundarios, muchos y potentes. Y otra segunda parte apabullante, demoledora, en la que la música atronadora y los efectos especiales nos llevan por la mayor y mejor batalla jamás vista en un cine, sin soltarnos un segundo, sin darnos un respiro, con la épica desbordando las pantallas como el agua del mar donde transcurre. Mar que sin duda es el otro principal elemento de la historia, no solo por ser en sus aguas donde sucede todo, sino por lo importante que va a ser en si mismo para el devenir de la batalla...

Una verdadera joya de cine histórico y de acción, con estupendo diseño de producción, maravilloso vestuario, decorados y demás, es decir para no enredar más, muchos medios muy bien utilizados. Una gozada.

Puntuación: Sobresale
La historia siempre da las mejores historias.

PD: Espadas, escudos, mosquetes, puñales, nunchakus, palos, piedras, cuchillos, katanas, cañones, arcos y flechas, polvora, dinamita...lo que sea, lo que se te ocurra, todo ello y más verás en esta batalla, que pese a la época que era, por tener, tuvo hasta misiles de larga distancia,duelos de francotiradores y armas de destrucción masiva...acojonante...

martes, noviembre 10, 2015

Posesion infernal (The evil dead), la película original de 1981, completa en español


Ya que estamos ahora disfrutando en televisión de la magnífica, más que recomendable serie Ash vs Evil Dead, secuela de esta saga de cine con el mismo director e interprete, aquí os dejo esta Posesión infernal, ópera prima de Sam Raimi, que escribe y dirige, con Bruce Campbell de prota por primera vez al frente de este entuerto.... en el que cualquier cosa que diga yo sobra...

Una de las películas de mi vida, de la de muchas personas, a la que seguirían las sin duda igualmente disfrutables Terrorificamente muertos y El ejercito de las tinieblas, ambas igual de cojonudas. Aunque para mi esta es la mejor, porque fue la primera, y aún recuerdo como la vi con 15 años, sin cerrar ojo a las dos de la mañana en los sillones de un bar, el único con vhs del lugar en el que yo estaba por entonces, que ejercía de cine para perdidas almas en vela.....

Cinco chicos van a pasar el fin de semana a una cabaña perdida en un espeso bosque en las montañas de Tennessee. Una vez instalados, y cuando se encuentran cenando, la trampilla que da acceso al sótano se abre de golpe. Extrañados, deciden bajar a investigar. Allí encuentran un magnetófono, un extraño cuchillo ritual y un libro antiquísimo....el resto es leyenda....

lunes, noviembre 09, 2015

El Parlamento catalán aprueba la declaración de independencia


La propuesta de Junts pel Sí y la CUP logra el apoyo de la mayoría absoluta de la Cámara catalana con 72 votos. El resto de los grupos de la oposición han sumando 63 votos en contra de la propuesta. La resolución prevé iniciar en el plazo de 30 días "la tramitación de las leyes del proceso constituyente, de seguridad social y de hacienda pública". El texto advierte de que no se hará caso a las decisiones que adopten "las instituciones del Estado español, en particular del Tribunal Constitucional"

 Mas en la fuente aquí.

sábado, noviembre 07, 2015

Tormenta sangrienta brevemente


Sabes esos libros que leías de pequeño, que no podías soltar, y que te hacían ir corriendo al baño por la noche sin mirar atrás, o cerrar más la persiana, o no mirar al armario, o sobre todo huir del silencio y la oscuridad y lo que habita en ellos...??

Esta especie de apartahotel Chapel  de Tony Jimenez es un lugar donde se desarrolla uno de esos

Miedo, miedo del bueno, del bien narrado, con pausa de inicio, delicioso, presentando a los personajes de su amplio reparto coral y el lugar, que no es uno más, para que vayas entrando, poco a poco, hasta que sea demasiado tarde para escapar de la lluvia de la tormenta Lisey, y de lo que viene con ella,  de la tensión, de esa sensación continua de que algo va a suceder (y sucede), de que hay algo que te impide levantar la vista del libro, algo que no solo es la sangre del título....

Puntuación: Acojona  y engancha a partes iguales, como los buenos.
Si llega Lisey a tu ciudad pirate cuanto antes.

PD: Para leer de noche y con poca luz.

lunes, noviembre 02, 2015

Golpe de Estado, la película comentada brevemente


Pués me ha gustado esta peli oiga. Survival horror camuflado sin tapujos, con una pareja y sus dos hijas pequeñas, metidos por casualidad en medio del Gran Marrón, cuando les pilla por el Sudeste Asiático el Golpe de Estado del título en español, especialmente rencoroso con los yankis, pais de origen de esta familia....

Mas allá de lo plano o sencillo de todo, (guión , secundarios...), que realmente da igual,  penalizan algunas situaciones de verguenza ajena de media peli pa'lante, aunque simplemente no necesitan ser demasiado pensadas, ya que el disfrute de su ritmo imparable, y de los varios muy buenos momentos de tensión compensan con holgura, en una historia palomitera a tope, pero de palomitas que entran bien, sin darte cuenta de que el tiempo ha pasado y se te han acabado.

Puntuación: Notable
Los cuarenta minutos desde voy a por el periódico, hasta la primera pausa refugiados postanque, son cojonudos, a tiempo real, sin tiempo para respirar.

PD1: Resulta curioso ver a Owen Wilson haciendo (bien) un papel de este tipo.


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